(cuentos para niños)

de Patricia Morales

La Carta de la Tierra en los cuentos de Oikodoro

Patricia Morales

La Carta de la Tierra comienza así: Todos nosotros estamos muy preocupados porque la Tierra y la gente que vivirá en el futuro está en peligro. Por eso juntos nos comprometemos seriamente a cuidar de la naturaleza y a respetar a todos los seres humanos, los animales y las plan­tas. Para ello pronun­ciamos estos principios de la Carta de la Tierra, que nos guiarán para actuar de la mejor manera posible.

Los orígenes de la Carta de la Tierra

I. NUESTROS FUNDAMENTOS

Principio 1: Respetemos la Tierra y todas las formas de vida, pues ellas tienen en sí mismas un valor. Y afir­memos con todas nuestras fuerzas la dig­nidad que todos los seres humanos y duendes tienen en sí mismos y la impor­tancia de todo lo que juntos realizaremos como pen­sadores, artis­tas y personas de buen corazón.

1. La lupa y el telescopio de Oikodoro

Principio 2: Cuidemos de toda la comunidad de la vida. Usemos para ello entendimiento, compasión y amor. La libertad, el conocimiento y el poder que ten­gamos no nos debe apartar de esa tarea.

2. El cuidado de la planta

Principio 3: Construyamos sociedades democráticas en las que reine la justicia y la paz y en las que todos par­ticipemos, cuidando tam­bién de no dañar la Tierra para el futuro. Los derechos humanos y la libertad de todos nos guiarán para ello.

3. Los cubos de colores

Principio 4: Aseguremos que la Tierra se mantenga bella y mag­nífica, tanto para todos nosotros como para todos los que vivan en el futuro. Protegien­do nuestros ideales y cul­turas, for­mularemos a continuación prin­cipios más par­ticulares.

4. La solidaridad de los árboles

II. LA TIERRA ES COMO UNA CASA QUE DEBEMOS RESPETAR Y CUIDAR

Principio 5: Protejamos y restauremos la integridad de la Tier­ra. La sabiduría de la naturaleza consiste en todas sus maravillosas variaciones y en su sistema para proteger la vida. Por ello cometemos un error cuando no respetamos su sabiduría o abusamos de ella.

5. El caleidoscopio de la naturaleza

Principio 6: Debemos entonces prevenir en todo lo posible el daño a la naturaleza, sobretodo debemos ser muy precavidos cuando no sabemos lo suficiente.

6. La caída del edificio

Principio 7: Debemos controlarnos al producir, consumir y reproducir, pues de otro modo estaremos maltratando a la Tierra y quedará agotada. Tratemos entonces de en­contrar buenas soluciones para problemas como reducir la basura y producir energía y así alcanzaremos una forma de vida adecuada para el medio ambiente que pertenece a todos.

7. La venta de la Tierra

Principio 8: Avancemos en el estudio de conocimientos con planes duraderos sobre la ecología y brin­démoslos generosamente, sobretodo a quienes más lo necesiten.

8. El laboratorio de las flores

III. VIVAMOS TODOS CON JUSTICIA REPAR­TIENDO DE LA MEJOR MANERA LO QUE TENEMOS

Principio 9: Nos comprometemos a que los pobres dejen de ser pobres. Y para ello los ayudaremos a que disfruten de agua potable, aire limpio, comida, vivien­da, así como tam­bién de es­cuelas y otras instituciones. Ayudaremos también a todos los que sufren para que alcancen su felicidad.

9. El concierto del parque

Principio 10: Aseguremos que todos los negocios se hagan con justicia, honestidad y corrección. En par­ticular, hay que tener muy en cuenta el medio ambiente, la protec­ción de los trabajadores y el futuro de la Tierra. También ayudaremos a las comunidades más pobres y en­deudadas.

10. El árbol, los mercaderes y los niños

Principio 11: Hagamos realidad que los hombres y las mujeres sean tratada como iguales, pues sabemos que ningún género es mejor o peor. Muchas veces las mujeres y las niñas son maltratadas. Nos comprometemos a que ellas disfruten de todos los derechos, como ir a la escuela, ser artistas o gober­nantes. Y proclamemos que el amor sea así el centro de todas las familias.

11. La igualdad de las duendas

Principio 12: Respetemos a todos por igual, sin que nadie sea maltratado. Todos somos diferentes por nuestra propia iden­tidad de color, nuestra lengua, religión o manera de pensar, pero todos merecemos idén­tico respeto. Por eso también ayudaremos a que se respeten bien a los pueblos indígenas y minorías. Y confiaremos en los jóvenes a los que apoyaremos para alcanzar un futuro mejor.

12. Los duendes diferentes y los animales

IV. VIVAMOS CON DEMOCRACIA, SIN USAR VIOLENCIA Y EN PAZ

Principio 13: Procuremos que nuestras decisiones estén bien com­par­tidas, con honestidad, respon­sabilidad y siempre con jus­ticia. Para ello dialogaremos libremente, buscaremos las mejores soluciones y cuidaremos todos y cada uno desde lo más pequeño hasta lo más grande.

13. La piedra de la concordia

Principio 14: Nos educaremos a lo largo de toda nuestra vida para cuidar de la Tierra y su futuro con nuestro conocimiento, valores y capacidades. En particular para los niños y los jóvenes las puertas del saber estarán bien abiertas. Las artes, las letras, las ciencias y los medios de comunicación contribuirán a que todos vivamos correctamente.

14. El lápiz maravilloso

Principio 15: Tratemos a todos los seres vivos con respeto y consideración. Para ello no seremos crueles con los animales, tratando de evitar su sufrimiento.

15. El puente de estrellas

Principio 16: Vivamos con tolerancia, sin violencia y en paz. Tratémonos con entendimiento, solidaridad y cooperación, tanto dentro de nuestra comunidad como fuera de ella. Para ello condenemos la violencia, la guerra y promovamos el desarme. Así la paz llegará hasta las estrellas y viviremos en armonía con nosotros mis­mos, los demás y la Tierra a la que pertenecemos.

16. El duelo sobre la luna

AVANCEMOS JUNTOS:

Todos juntos nos comprometemos desde lo más profundo de nuestro corazón a hacer realidad estos principios en todas nuestras actividades. Hon­remos y celebremos con alegría el regalo de la vida.

La amistad de Oikodoro y Kosmodoro

La Carta de la Tierra en los cuentos de Oikodoro

Oikodoro es un duende muy sabio que vive en el bosque, y que por su bon­dad es muy querido por todos los niños y adul­tos. Oikodoro nos muestra aquí como podemos nosotros también cuidar de la Tierra y de todos sus habitantes. Y para ello nos va a narrar a través de cuentos la Carta de la Tierra, que es un pequeño libro sobre cómo cuidar mejor la Tierra y todos sus habitantes.

La Carta de la Tierra comienza así:

Todos nosotros estamos muy preocupados porque la Tierra y la gente que vivirá en el futuro está en peligro. Por eso juntos nos comprometemos seriamente a cuidar de la naturaleza y a respetar a todos los seres humanos, los animales y las plan­tas. Para ello pronun­ciamos estos principios de la Carta de la Tierra, que nos guiarán para actuar de la mejor manera posible.

Los orígenes de la Carta de la Tierra

Hace algún tiempo cuando los duendes encontraron su morada en el bosque, un duende muy sabio colocó como piedra fundamental una pequeña pirámide triangular de mármol blanca con una piedra en cada lado: una esmeralda, un topacio y un rubí. Esa pirámide orientaría la comunidad de los duendes hacia el futuro. Antes de partir les entregó también una pluma y un gran papiro. Aquel sabio duende dijo que los elementos de la pirámide se transformarían en sus­tancias fluidas que guiarían la vida de los duen­des y se despidió para ir a ayudar a otros duen­des a en­contrar un hogar.

Pero que sig­nificaba ese mensaje, se preguntaron los duen­des? Ellos estudiaron la piedra para convertirla en líquido: primero la calen­taron, y luego la sumer­gieron en agua. Pero nada sucedía. Solo relucía más y más, y cuan­do recibía la luz del sol irradiaba colores maravillosos. Primero el reflejo blanco de la punta de la pirámide, más tarde el verde, luego el amarillo acaramelado y por último el rojo profundo. Como los reflejos bril­laban al­rededor de toda la región, que los proveía de alimen­tos, comen­zaron a pensar de qué maneras podía hacerse la piedra líquido. Y así fue que descubrieron que el sol iluminaba al amanecer el blanco de la pirámide que fluía en la leche que generosamente alimentaba y cuidaba de tantos animales y per­sonas. El verde era el nutriente de las plan­tas y los árboles, que al mediodía ofrece una fresca sombra y recorre la naturaleza sin pausa ni prisa. El topacio era reflejado en el color de la miel que las sabias abejas, sin tomar el descan­so de la siesta, producían de las flores. Y por último el rojo profundo fluía en el jugo de uvas que los cam­pesinos recogían al atar­decer.

Así fue que ellos comprendieron el mensaje del sabio duende: llenemos la pluma con la tinta de las piedras y escribamos una Carta de la Tierra, para orientar nuestras costumbres y cuidar de la Tierra. Al inicio del amanecer, cuando el papiro estaba todavía oscuro, escribieron con el blanco de la leche los prin­cipios básicos de cuidado y respeto para con todos las partes de la Tierra, que como en la piedra blan­ca estructuran la pirámide. Luego escribieron con salvia la responsabilidad que tomarían para proteger a la naturaleza. Llenaron después la pluma con miel y allí escribieron su compromiso por un mundo justo y ordenado por el cual trabajarían. Por último culminaron la carta con un emocionado mensaje de paz y amistad, que escribieron con el delicioso jugo de uvas. Los racimos de uvas habían sido tantos que pudieron además fes­tivamente celebrar lo allí escrito. Así fue como la Carta de la Tierra tiene cuatro partes, y para los duendes también cuatro colores y cuatro piedras que supieron transfor­marse en líquido.

NUESTROS FUNDAMENTOS

Principio 1: Respetemos la Tierra y todas las formas de vida, pues ellas tienen en sí misma un valor. Y afir­memos con todas nuestras fuerzas la dig­nidad que todos los seres humanos y duendes tienen en si mismos y la impor­tancia de todo lo que juntos realizaremos como pen­sadores, artis­tas y personas de buen corazón.

Los regalos de Oikodoro

Como todos los duendes Oikodoro está muy vin­culado a la Tierra. Pero como ya de niño él estaba tan dedicado a llenar de cuidados la Tierra y junto a ella a los seres humanos, los animales y las plan­tas, los demás duendes lo quisieron llamar Oikodoro, que viene del griego y significa “el que da regalos a la casa, la Tier­ra”, pues los duendes creen que el cuidado es el mejor regalo para la Tierra, que es la casa de todos y también de los duendes. Si lo pronunciamos OIkodoro significa “el que recibe regalos de la Tierra”, y es también verdad, pues es toda la naturaleza es un maravilloso regalo para todos.

Oikodoro es también muy famoso por sus regalos para los niños. Para ello llena una bolsa muy original. Pero una vez alguien tomó su bolsa de regalos y desapareció con ella. Sin encontrar rastro alguno, Oikodoro resolvió con­tar lo sucedido a los niños. Con mucha ternura los niños con­solaron a Oikodoro. Entonces resolvió regalarles su propia lupa y su teles­copio, que el mismo había construido. Para sus travesías eran muy impor­tan­tes, pues con el telescopio observa el curso de las estrellas y se deja guiar por ellas, y con la lupa estudia los rastros en el bosque y la com­posición del agua. Estos dos regalos fueron muy festejados por los niños. Oikodoro les contó que el mundo mismo es un regalo y que el mundo esta lleno de muchos regalos todav­ía por descubrir: con la lupa un mundo desconocido llega a nuestra visión, y con el telescopio se acercan a nosotros el mundo de las estrellas y los planetas, y nuestro lugar en el universo. Junto a nuestros ojos se puede contemplar el universo. Lo que también significaba que debíamos proteger la naturaleza y la humanidad cuando ellas no son respetadas desde sus pequeñas hasta enormes maravillas.

Los niños disfrutaban de esos regalos tan valiosos, cuando uno de los niños miró con el telescopio hacia una mon­taña cercana a la ciudad. Y quien apareció en la lente sino el ladrón de la bolsa con los regalos! Con la lupa los niños fueron siguiendo las huellas que subían por la montaña. El hombre avergon­zado pidió disculpas a todos por su acción, y explicó que el mundo le resultaba abur­rido, donde nada había por des­cubrir o por realizar, y que su última esperan­za eran los juguetes de Oikodoro.

Los niños habían aprendido la lec­ción del duende: el mundo está lleno de regalos para quien sabe des­cubrirlos, y también todos nosotros debemos brindar nuestra protección a la naturaleza. Todos los regalos fueron devueltos a Oikodoro, que los repartió entre los niños. Los niños quisieron entregarle la lupa y el teles­copio, pero él encontró tan bello como habían sido ubicados en el parque de la ciudad, que prefirió dejar­los allí, no sin antes encomendarle al hombre travieso la tarea de limpiar y cuidar los utensilios. Él tendría así la opor­tunidad de descubrir el mundo de lo pe­queño y de lo grande a través de aquellos regalos y sus propios ojos, y encontrar su lugar en el universo como ser humano y el respeto a la dignidad de las personas.

Principio 2: Cuidemos de toda la comunidad de la vida. Usemos para ello entendimiento, compasión y amor. La libertad, el conocimiento y el poder que ten­gamos no nos debe apartar de esa tarea.

El cuidado de la planta

Para el aniversario de la ciudad los niños fueron invitados a llenar sus calles de belleza. Uno de los niños encontró una planta muy bonita y exótica en el bosque que sería un buen adorno para la ciudad. Cuando el niño le dijo a Oikodoro que llevaría la planta al concur­so, el duende trató de disuadir­lo, explicándole que de esa especie ella era la única en el bosque y ya pocas existen en el planeta. Sin embar­go el niño hizo un agujero en la tierra y se llevó la planta. Oikodoro le pidió que la protegiera mucho del sol y la regara todos los días. Y el niño prometió hacer­lo. Pero al poco tiempo se olvidó de cuidar la planta y por el calor y la se­quedad la planta se marchitó y murió. El día del aniver­sario el niño no tuvo nada que brindar y apenado fue a contar lo ocurrido al duende. Y Oikodoro estaba muy enojado. El niño le dio lo único que le había quedado de la plan­ta: una semilla. Oikodoro vio que la semilla era buena y le indicó todos los cuidados que debía tomar para que la plan­ta viviera. Al año siguiente llegó el aniversario y el niño llevó la planta que había cuidado, dándole agua y protegiéndola del sol todos los días. La planta tenía muchas flores bonitas, que ni Oikodoro había visto en el bosque. El niño fue con­decorado por la ciudad tanto por la belleza de la planta, como por el cuidado que él le había dado. Al final todos fueron al bosque con Oikodoro, pues el niño había prometido colocar la planta en el bosque, en el agujero que tiempo atrás había hecho el mismo.

Principio 3: Construyamos sociedades democráticas en las que reine la justicia y la paz y en las que todos par­ticipemos, cuidando también de no dañar la Tierra para el futuro. Los derechos humanos y la libertad de todos nos guiarán para ello.

Los cubos de colores

Una vez Oikodoro dio a los niños de la ciudad un gran juego para armar. Eran unos cubos rojos, amarillos, ver­des, naranja, turquesa, violeta y azules que se podían apilar para hacer construcciones.

Los niños quisieron armar la ‘mejor’ torre para sorprender a Oikodoro. Al poco tiempo hubo muchas peleas, pues unos querían usar colores que no fueran ni tan claros ni tan oscuros; otros querían ocultar los cubos gran­des, que eran los azules y ver­des, y por último otros querían usar solamente las piezas rojas, amaril­las y azules, pero no las restan­tes, pues no eran colores primarios.

Entonces primero probaron sin los cubos azules, pues eran muy os­curos y sin los amaril­los, pues eran demasiado claros. Con los cubos restan­tes la torre que armaron fue pequeña y nadie estaba satisfecho.

Luego decidieron que mejor utilizar los cubos azules, pues eran los más grandes, pero ocultándolos para sostener toda la construcción junto a los verdes, que también eran grandes. Pero la construcción quedó tan desbalan­ceada que la torre cayó al poco tiempo.

Por último probaron utilizar solo las piezas rojas, azules y amarillas, pero eran tan diferentes que no encajaban bien y no llegaron siquiera a armar una torre.

Cuando Oikodoro fue a visitarlos imaginaba que iba a en­contrarse con una bella torre, pero en lugar de ello, solo estaba la caja vacía y las piezas desor­denadas en el piso. Que ha sucedido, preguntó Oikodoro?

Los niños le explicaron que esos cubos no eran buenos, pues o formaban una torre muy pequeña, o poco equilibrada, o ni si­quiera armable. Oikodoro ya no estaba tan extrañado de lo ocur­rido, y pidió a los niños que se sentaran junto a él a construir la gran torre. Primero, dijo Oikodoro, conviene or­denar las piezas y observar su figura, más que su color. Los colores le darán bel­leza, pero la construcción se basará en las figuras. Oikodoro tomó las piezas más sólidas y grandes para la base, y así fue creciendo la torre, hasta formar toda ella un gran arco iris de madera. Oikodoro les indicó que absolutamente todas las piezas eran necesarias y también todos los colores, pues ellos con­formaban el despliegue de la luz y reflejaban la sabiduría del universo.

Oikodoro les explicó que todos los cubos debían participar en la construcción, de la mejor y más equilibrada manera, respetando las propias figuras y sin utilizar criterios extraños que solo perjudicarían la gran obra maestra.

Principio 4: Aseguremos que la Tierra se mantenga bella y mag­nifica tanto para todos nosotros como para todos los que vivan en el futuro. Protegien­do nuestros ideales y cul­turas, for­mularemos a continuación prin­cipios más par­ticulares.

La solidaridad de los árboles

Una vez el gran árbol del bosque no tuvo casi hojas al llegar la primavera. Después de un in­vierno muy duro, en el que los niños casi no jugaron en el bosque, los niños vol­vieron a ser rondas al­rededor del ár­bol, aún sin flores. El árbol, que siempre ayuda a los pájaros viajeros en otoño, tam­poco pudo comunicarse con ellos.

-Qué le pasa al árbol?, quién podrá ayudarlo a florecer?, los niños fueron a pregun­tarle a Oikodoro. Los niños corrían y los pájaros volaban de copa en copa en busca de una respuesta.

Oikodoro invitó a los niños a visitar los árboles del parque que estaban muy floridos y buscar allí una solución. En el parque también hay un gran árbol, cuya fron­dosa sombra gira de la mañana a la tarde, dando frescor a toda la ciudad.

-El gran árbol del bosque no ha florecido, cuen­tan apenados al gran árbol del parque. Este árbol es­cuchó a los niños y recordó un tiempo de muchas heladas:

-Una vez hubo un invierno tan frío, en el que los niños no visitaron el parque. Los juegos es­taban vacíos y por el parque pocas per­sonas caminaban de paso. Al llegar la primavera yo no florecía porque había estado muy solo durante el invierno y me había debilitado. Los niños en ronda can­taban y bailaban, pero yo poco los veía y es­cuchaba. Hasta que uno de los niños en­contró la solución. ‘Quizá, nosotros no entendemos el lengu­aje de los ár­boles. Busquemos algún árbol que pueda hablar con él’, sugirió. Los niños caminaron todo el día en busca de un árbol florido, y llegaron hasta el bosque, donde esa vez el gran árbol del bosque estaba muy florecido. Aquel duro invierno los niños habían construido sobre el árbol del bosque nidos para los pájaros­ y una casita para otros animales, pues no todos habían podido viajar por el frío tan intenso. Durante ese invier­no el gran árbol se había esfor­zado mucho por man­tener muchas ramas y hojas, para proteger a los animales. Tan grande fue su fuerza, que en la primavera sus hojas y flores eran tan enor­mes como bonitas. Después del relato a los niños, el árbol del bos­que sacudió sus ramas y llenó de hojas y de flores las manos de los niños y las alas de los pájaros. Si llevan rápidamente estas hojas y flores al gran árbol del par­que y también mi amis­tad, él florecerá, dijo el árbol del bosque tiernamente.

Oikodoro comentó a los niños que los árboles no se mueven, pero que tienen entre ellos una profunda amistad, y son los niños quienes pueden ayudarlos a comunicarse. Esa vez el gran árbol del parque cubría de sus bellas hojas y flores las manos de los niños y los pájaros, que las llevaron con mucho cuidado al gran árbol del bosque. El árbol del bosque recibió emocionado las hojas y las flores, y el men­saje de amistad del árbol del par­que. Los niños subieron a sus ramas y las llenaron de hojas y flores, y el gran árbol del bosque floreció como en toda primavera. Con el sol y la luz del verano los niños jugaron mucho con los árboles. Los niños supieron de su afecto y, cuando estaban juntos, formaban una larga ronda desde el bosque hasta el par­que para unir a los grandes ár­boles amigos.

LA TIERRA ES COMO UNA CASA QUE DEBEMOS RESPETAR Y CUIDAR

Principio 5: Protejamos y restauremos la integridad de la Tier­ra. La sabiduría de la naturaleza consiste en todas sus maravillosas variaciones y en su sistema para proteger la vida. Por ello estamos en un error cuando no respetamos su sabiduría o abusamos de ella.

El caleidoscopio de la naturaleza

Oikodoro no solo brinda regalos, sino también ha recibido regalos muy valiosos y originales de muchas regiones de la Tierra. Un día le mostró a los niños su regalo más querido: el caleidoscopio. Este instrumento le muestra en una variación infinita la sabiduría de la naturaleza, y ayuda a orientarlo hacia el futuro con ideas y sueños para un mundo mejor.

Una vez Oikodoro estuvo muy enfermo, pues había comido demasiado, y con una fiebre muy alta, tuvo grandes pesadillas. En su mal sueño el espejo mágico que contiene el caleidoscopio, se agitaba hasta quebrarse en pedazos. De allí pequeños hombrecitos, animalitos y otros seres vivos salían heridos y se perdían entre los cris­tales. Oikodoro había despertado consternado y fue a mirar a su caleidoscopio que, inalterado, guardaba el secreto de la naturaleza y sus ideales para un mundo mejor. Al día siguiente amaneció ya sin fiebre y se dedico a imaginar todas las acciones que ayudarían a cuidar de las diferentes formas de vida y del futuro de los seres humanos y de la Tierra.

Principio 6: Debemos entonces prevenir todo lo posible el daño a la naturaleza, sobretodo debemos ser muy precavidos cuando no sabemos lo suficiente.

La caída del edificio

Una vez uno de los niños quiso construir un edificio de ladril­los y palos de madera. La obra comenzó a crecer y crecer y llegó a ser por casualidad el edificio más alto de toda la ciudad. El niño estaba muy contento con esa obra de arte y la ofreció a la ciudad. Pero nadie estaba conforme todavía. Todos exigían que el edificio fuera más alto todavía. El niño estaba muy agotado y enfermo de desconsuelo. Durante la noche se acercaron dos bandidos a continuar la construcción con palos y ladril­los. Pero esta se desplomó sobre las casas vecinas y los árboles del bosque, causando mucho daño. ¡La torre ya no existía más! Oikodoro despertó por tanto ruido, y acudió a ayudar de inmediato. Los habitan­tes del pueblo comen­zaron a pelear, pues unos querían la torre otra vez y otros que nada se construyera en el lugar, evitándose más alboroto. El niño estaba algo triste por lo ocurrido, pero también aliviado por aquella tarea tan imposible como inútil. Finalmente, el niño y Oikodoro propusieron restaurar el daño causado a los hogares y al bosque, pues tanta acción desmedida había mostrado que aprender los límites propios y respetar los de los demás es el único camino para la felicidad.

Principio 7: Debemos controlarnos al producir, consumir y reproducir, pues de otro modo estaremos maltratando a la Tierra y quedará agotada. Tratemos entonces de en­contrar buenas soluciones para problemas como reducir la basura y producir energía y así alcanzaremos una forma de vida adecuada para el medio ambiente de todos.

La venta de la Tierra

Cuenta Oikodoro que una vez un gran hombre de negocios, muy respetado y temido, decidió realizar su gran negocio. Y para ello gastaría todas sus pertenencias. El decidió poner en venta la Tierra. Grandes propagandas que volaban en el cielo proponían el gran negocio. Como nadie hasta ahora ha reclamado la Tierra como propia, reflexionó, y como quizá alguien la quisiera comprar…

Los otros hombres de negocios y la gente común lo observaban preocupados. Y de pronto tres gigantes monstruosos llegaron desde el fondo del Universo hasta la Tierra y se acercaron al hombre de negocios:

-Si la Tierra esta en venta, nosotros deseamos comprarla.

El hombre de negocios sintió respeto y temor por los gigantes y les preguntó: -Qué recibiré a cambio, porque la Tier­ra es de mucho valor?

-Nosotros pagaremos el mejor precio, con la mejor moneda es­telar.

-Y que puedo comprar con ese dinero?, preguntó el hombre de negocios.

-Bueno, una gran estrella o un meteorito, dijeron los gigantes.

-Ser dueño de una estrella! Nunca antes había sido dueño de una estrella!

-Por ejemplo esa estrella roja es muy grande y te la podemos vender a buen precio… dijeron los gigantes.

-¡Sí la compro! Trato hecho!, exclamó el hombre de negocios.

Y entonces el hombre de negocios volvió a su casa, habiendo vendido la Tierra y comprado una estrella. Él contó a su hijo su gran negocio y mostró los mapas donde se encontraría la estrella y como llegar a ella. Pero el niño se mostró desconsolado.

-Para qué quieres una estrella? Y cómo te atreviste a vender la Tierra si no era tuya?, preguntó el niño.

-Pero tampoco era de nadie, respondió el padre.

Los otros hombres de negocios estaban muy enojados por ese negocio.

Los tres gigantes regresaron pronto a la Tierra a cumplir el contrato, y dijeron:

-Hemos observado la situación de nuestra Tierra y consideramos que vosotros, los humanos, la estáis perjudicando mucho. Así decidimos que vosotros debéis abandonarla.

La decisión de los gigantes fue terrible para casi todos. Menos para el hombre de negocios, que ofrecería la estrella como vivienda para los seres humanos.

Seré el rey de la estrella, pensó con satisfacción.

-Pero cómo nos trasladaremos, exclamaron los otros hombres de negocios? Entonces el hombre de negocios se dispuso a pagar unas naves a los gigantes para transportar a los humanos.

En toda la Tierra se veían largas hileras humanas con rostros muy entris­tecidos, maletas repletas, mirando hacia la Tierra y esperando las naves. La hilera estaba encabezada por el hombre de negocios, que comenzaba a inquietarse, y su hijo que abrazaba un pequeño oso de peluche.

-Por favor, puedes deshacer el trato?, pidió el niño a su padre.

-Pero ya es demasiado tarde, además ya gasté el dinero en la estrella y las naves. Negocios son negocios. Y los gigantes comenzaron a impacientarse, le respondió.

-Entonces hablaré yo, exclamó el niño a su padre.

Y el niño comenzó a hablar:

-Estimados gigantes, yo no creo que la Tierra nos haya per­tenecido nunca. En cambio, nosotros si per­tenecemos a la Tierra. Por favor, podemos deshacer el trato?

Los gigantes no estaban sorprendidos en realidad. Ellos sabían que los humanos no sobrevivirían fuera de la Tierra. Entonces le propusieron al niño un nuevo trato:

-En negocios, cuando no se respeta lo acordado, hay que compensar la situación. Es así que pedimos que la Tierra no ensucie el Universo, que sea una parte tan bella como siempre lo fue, y eso depende solo de ustedes.

-Nosotros aceptamos vuestro trato y nos comprometemos a honrar la Tierra, respondió el niño con el apoyo de todos los humanos y también de su padre.

Los gigantes partieron, las naves nunca llegaron y el hijo del hombre de negocios creció y fue muy respetado por sus grandes argumentos para cuidar de la Tierra.

Principio 8: Avancemos en el estudio de conocimientos con planes duraderos sobre la ecología y brindémoslos generosamente, sobretodo a quienes más lo necesiten.

El laboratorio de las flores

Los niños deseaban descubrir el secreto de la belleza de las flores. Oikodoro les comentó que azul, rojo y amarillo son los materiales primarios en el laboratorio de las flores. Si bien recorremos con la vista infinitas gamas y colores y pensamos qué complejas deben ser las decisiones de las flores al elegir sus ropas, podemos visitar una flor y encontrar en su simpleza el secreto de la creación, y así de la variada mezcla. Oikodoro dijo que la sabiduría de las flores se encuentra en no repetir una forma o un color. Cada una tiene su propia idea de belleza y así ellas adornan el horizonte y junto a las mariposas comparten un diálogo de artis­tas. Azul y amarillo forman verde, rojo y amarillo forman naranja, y azul y rojo forman violeta. Así comienza la com­binación sin fin, que divierte a las flores y a nuestros ojos. Más amarillo que rojo, pues será un naranja suave; más rojo que azul será un violeta más intenso, más azul que amarillo, dará un verde más oscuro. Y resulta muy interesante si las flores deciden mezclar los tres colores: amarillo, azul y rojo.

Una vez, cuenta Oikodoro, de la chimenea maloliente de una fábrica se escapó una furiosa nube negra que, cubriendo el cielo, comenzó a burlarse envidiosa de los colores de las flores.

-Qué sin sentido!, protestaba celosa, todas esas flores diferen­tes y tan pe­queñas!

La nube produjo una negra tormenta sobre las flores, y en su maldad se des­vaneció. Enton­ces, las flores se tornaron todas negras y pesadas, y su bel­leza se perdió. El laboratorio estaba casi destruido y los colores se habían diluido. Las flores estaban desoladas. Más tarde unas nubes de fina lluvia bañaron las flores con agua cris­talina. Sin embargo, las flores ya no lucían como antes. Como ellas habían sido maltratadas, sus colores ya no relucían.

Entonces la naturaleza volvió a ofrecer su belleza. Junto al sol, el arco iris vistió el cielo y roció la tierra con sus siete colores. Las flores pudieron colmar de tintes y colores su laboratorio, y se las vio retornar a sus propios colores con idéntica belleza.

Con la ayuda de Oikodoro los niños construyeron también un laboratorio de colores, que sirvió para el arte y la imaginación, e invitaron a todos a par­ticipar y disfrutar de la sabiduría de la naturaleza.

III. VIVAMOS TODOS CON JUSTICIA REPAR­TIENDO DE LA MEJOR MANERA LO QUE TENEMOS

Principio 9: Nos comprometemos a que los pobres dejen de ser pobres. Y para ello los ayudaremos a que disfruten de agua potable, aire limpio, comida, vivien­da, como también de es­cuelas, y otras instituciones. Ayudaremos también a todos los que sufren para que alcancen su felicidad.

El concierto del parque

Oikodoro cuenta que hubo un tiempo lejano en que una guerra había des­bastado la ciudad, y por ello todos fueron pobres. Porque los niños habían dejado de jugar por la crueldad de la guerra y la pobreza, Oikodoro ayudó a reconstruir el parque de juegos y el colegio para los niños. Aquellos niños vol­vieron a la escuela y a la plaza a com­partir los juegos. Y así vol­vieron también los sueños y fantas­ías. Apren­dieron a leer y a escribir recibiendo un hori­zonte rico que nadie ar­rebatar­ía, ni aún la pobreza, y se dieron cuenta también que jugar era un derecho de todos los niños.

Para los niños era muy importante la clase de música de la escuela. Allí todos soñaban con ser grandes músicos y acom­pañaban al violín hasta sus últimas consecuen­cias, vibraban junto a los coloridos tonos de la flauta, se­guían sin pausa al piano, tan bello como sonoro. Cada cual tra­taba de descubrir en sí mismo la música que su boca y el resto del cuerpo les ofrecía.

Un día formando una or­questa sin in­stru­mentos, y con la partitura en la memo­ria, llegaron al parque. Se creía que en el parque se había escondido de la guerra un mago musical muy talen­toso, que sólo por las noches aparec­ía a ves­tir de colores y sonidos a los árboles y los juegos. Nadie lo había vis­to, sin embar­go, muchos noctámbulos habían escu­chado una música bellísima. Aquel día fue muy especial para todos. Los niños fueron a los juegos que Oikodoro había construido y tararea­ron el con­cierto que habían escuchado. Una niña balanceó el subibaja, recordando en su chillido el clamor de la flauta. Un niño buscó la escala del do-re-mi, zambulléndose en el tobogán. Varios niños se balanceaban sobre elegante de las hamacas, que se bam­boleaban como finos violines. Final­mente juntos encontraron la melodía del piano en la rueda de la calesita a pedal.

-Y quién no sabe ver en los ojos de los niños sus anhelos! Exclamó Oikodoro.

Los pájaros que viven en la plaza, que reconocían en el tarareo de los niños las gran­des obras musicales, disfrutaban la fres­cura del arte vivido por primera vez a través de los niños. Y fue así que aquel día a plena luz del día los pájaros fueron a llamar al mago. Para sorpresa y felicidad de los niños, un gran concier­to irrumpió en la plaza, donde cada uno de los juegos: la hamaca, el tobogán, el subibaja y la calesita, se convirtieron un instrumento musical. Los pájaros agitaban sin cesar sus alas aplaudiendo el espec­táculo vir­tuoso. Varios de los niños soñaron luego con tocar un concierto en la plaza y para ello con­struyeron junto a Oikodoro un es­cenario junto a los juegos.

La paz volvió a reinar y la pobreza se desvaneció. La música hizo a la ciudad muy famosa. Y todavía se recuerda ese día, en que nadie vio al mago, pero todos escu­charon el memorable con­cierto del parque.

Principio 10: Aseguremos que todos los negocios se hagan con justicia, honestidad y corrección. En par­ticular, hay que tener muy en cuenta el medio ambiente, la protección de los trabajadores y el futuro de la Tierra. También ayudaremos a las comunidades más pobres y en­deudadas.

El árbol, los mercaderes y los niños

El bosque tiene un árbol de sabrosos frutos, que tanto se le cuida por sus flores como por sus frutas y su frondosa sombra. Oikodoro cuenta que hace un tiempo tres niños amigos amaban mucho al árbol y disfrutaban de su bon­dad. Uno de los niños recogió algunas de sus flores para decorar la escuela de la ciudad. Más tarde otro niño recogió sus cerezas que se regalaron durante la fiesta de la ciudad. Y luego en el invier­no el otro niño recogió unas ramas secas e hizo una fogata en el parque para dar calor a los visitantes.

Con un afán desmedido tres mercaderes, al observar a los niños, decidieron hacer un gran negocio. El primero tomó todas las flores del árbol y las vendió en el mercado. El segundo todas las cerezas y el tercero todas sus ramas. Tal fue su voracidad que habían prohibido a los niños acercarse al árbol, y cada flor, cereza o rama que le salía al árbol era cortada enseguida. Y tal fue el maltrato de los tres mercaderes que al año siguiente el árbol estaba casi seco. Los mer­caderes se pelearon, diciéndose los unos a los otros que habían destruido el árbol, y se marcharon muy ofendidos. Los tres niños regresaron juntos al árbol. El primer niño lo adornó con cin­tas de colores, recor­dando la belleza de sus flores; el otro niño lo regó, recordando el alimento de sus frutos; el último niño lo protegió con unas mantas durante los días más duros del invier­no, recordando el calor de sus ramas. El árbol fue sal­vado y los habitantes del pueblo decidieron que los niños protegerían al árbol, y que nadie más comerciaría con él.

(libro de inspiración: The Giving Tree by Shel Sil­verstein)

Principio 11: Hagamos realidad que los hombres y las mujeres sean tratados como iguales, pues sabemos que ningún género es mejor o peor. Muchas veces las mujeres y las niñas son maltratadas. Nos comprometemos a que ellas disfruten de todos los derechos, como ir a la escuela, ser artistas o gober­nantes. Y proclamemos que el amor sea así el centro de todas las familias.

La igualdad de las duendas

Hace mucho tiempo, recuerda Oikodoro, en que las duen­das no eran valoradas como se lo merecían. Sus maravil­losos trabajos y cuidados eran poco estimados. Ellas no tenían derecho a decidir, pero estaban obligadas a obedecer lo que los hombres pretendían. Hasta que un día hubo una guerra muy violenta entre los hombres. Ellos decidieron también que las mujeres tenían que participar en la guerra. Pero ellas se escon­dieron todas jun­tas, y escondieron también a sus hijos, pues temían por ellos. Los hombres se molestaron con las mujeres y continuaron su disputa.

Al poco tiempo, sus ropas estaban todas rotas, y tenían hambre y des­cubrieron también que añoraban a las mujeres y los niños. Mientras tanto las mujeres comenzaron a construir una ciudad tan sólida como nunca antes se había visto, muy bella y cuidada, y escribieron una ley de paz, jus­ticia y solidaridad que nunca debía ser quebrada, si se quería vivir en esa ciudad. Cada día la ciudad se embellecía y ellas rápidamente se adaptaron a la situación nueva.

En la ciudad vieja, ya nada quedaba en pie, solo duendes heridos y cansados, que nada tenían para comer. Estaban tan agotados que casi olvidaron por qué había sido la guerra. La guerra había sido por que unos querían embellecer la ciudad pintándola de blanco y otros de color, pero ya no quedaba ladrillo para pin­tar. La guerra había perdido su sen­tido. En­tonces resol­vieron buscar juntos a las mujeres, que quizá habrían tenido la culpa de la guerra.

No tuvieron que caminar mucho y se en­contraron con la nueva ciudad. Enseguida resol­vieron que había que pin­tarla de otro color, y allí comen­zaría un nuevo conflic­to. Pero las mujeres advertidas por lo ya sucedido, les entregaron la ley y los invitaron a abandonar la ciudad a reflexionar sobre la ley. Los hombres ya no entendían nada, pero les era claro que esa ciudad era mucho mejor que la anterior, y ahora la única. La ley era también clara, hablaba de respeto, igualdad y justicia, y sabían que a su pesar era mucho mejor dentro de la nueva ciudad. Transcurridos algunos años, nadie ya recor­daba esas antiguas costumbres y todos estaban muy agradecidos a las damas que habían fundado la ciudad.

Principio 12: Respetemos a todos por igual, sin que nadie sea maltratado. Todos somos diferentes por nuestra propia iden­tidad de color, nuestra lengua, religión o manera de pensar, pero todos merecemos idéntico respeto. Por eso también ayudaremos a que se respeten bien a los pueblos indígenas y minorías. Y confiaremos en los jóvenes a los que apoyaremos para alcanzar un futuro mejor.

Los duendes diferentes y los animales

Cuenta Oikodoro que cuatro duendes estaban muy tristes, pues se sentían diferentes. Uno pues era más pequeño, el otro por ser más alto, otro más por tener un color diferente y el último por sentirse feo. Cuando un duende está apenado se recomienda que vaya de paseo por el bosque a encontrar en la sabiduría de la naturaleza una solución al problema.

Así fue que el primero de los duendes se encontró con un conejo que le preguntó:

-Por que estas apenado, pequeño duende?

-Por no ser tan grande como los otros duendes, y así alcanzar todas las cosas mejor? Respondió el primer duende.

-Yo también soy pequeño, respondió el conejo, pero como doy grandes saltos también alcanzo con facilidad lo que necesito. Has saltado alguna vez?

-Nunca lo había pensado, dijo el duende sorprendido.

-Ser pequeño o ser grande no hace diferencia, cuando uno sabe aprovechar de las buenas virtudes, dijo el conejo.

-Gracias, conejo. Seguiré tu consejo, y el primer duende marchó contento.

Luego un caballo se acercó al duende grande, y le preguntó:

-Estimado duende grande, por qué se te ve tan cabizbajo?

-Pues por ser más grande que los demás duendes, y tener dificultades para ver de cerca las cosas, respondió el segundo duende.

-Yo también soy algo elevado, pero por eso puedo ver mejor y disfrutar del paisaje, además anticipo mejor los problemas. Si tu aprovechas de tu tamaño, todos los demás duendes te estarán agradecidos, le sugirió el caballo.

-Yo también estoy a ti agradecido por el consejo, dijo el duende.

Más tarde se aproximaron al duende más colorido un pavo real y un pato que venían conversando amistosamente, y le preguntaron:

-Que sucede contigo duende colorido?

-Me siento diferente, y desearía tener un color más suave como los demás duendes, se lamento el tercer duende.

-Nosotros disfrutamos de nuestros colores, y los demás también disfrutan. Regalamos algunas de nuestras plumas para adornar a las otras aves, y enseguida pueden acudir a nosotras pues nos identifican velozmente, le comentaron las aves.

-Muchas gracias por vuestra oda a los colores. Yo creo que también aprenderé a que mi color adquiera su propio brillo, dijo agradecido el duende.

-Los colores también nos han unido en amistad, dijeron el pavo y el pato.

Por último un canguro llegó hasta el duende que se veía feo y le preguntó:

-Por qué no se puede ver tu rostro, duende escondido?

-Pues porque no soy bello como los demás duendes, respondió el cuarto duende.

-Yo creo tampoco ser bello, confesó el canguro, con una cola tan larga, unas orejas tan grandes y una bolsa tan gruesa.

-Qué dices? Nunca diría que un canguro es feo! Con una cola que evita que te caigas. Nosotros no tenemos tu bello equilibrio, y tus orejas te permiten alcanzar muy bien los sonidos, y tu bolsa es una maravilla de cuidados! exclamó el duende.

-Creo que tienes razón. En realidad, me he convencido de mi propia belleza. Pero también estoy convencido de tu propia belleza, que has sabido encontrar la belleza en los demás, le aseguró el canguro.

-Muchas gracias por tu bello mensaje, canguro, dijo el duende.

Y fue así que los cuatro duendes volvieron del paseo y fueron muy felices y queridos, siendo ellos como eran y dando lo mejor de sí.

IV VIVAMOS CON DEMOCRACIA, SIN USAR VIOLENCIA Y EN PAZ

Principio 13: Procuremos que nuestras decisiones estén bien com­par­tidas, con honestidad, respon­sabilidad y siempre con jus­ticia. Para ello dialogaremos libremente, buscaremos las mejores soluciones y cuidaremos todos y cada uno desde lo más pequeño hasta lo más grande.

La piedra de la concordia

Unos amigos que paseaban por el bosque descubrieron una piedra tan valiosa como pesada y decidieron llevarla consigo. Quien era más fuerte logró levan­tarla, quien más creativo ideó un carro para transportar­la, quien más diestro la transportó por el camino y el más cuidadoso protegió la piedra durante el camino. Cuando llegaron no hubo acuerdo de qué hacer con ella, pues cada uno quería tener la razón. Las discusiones no tenían fin y la amis­tad parecía no existir más. La piedra quedó abandonada en medio de la ciudad. La piedra era muy bonita para todos, pero resultaba muy incómoda haberla dejado en medio de la vía y los habitantes de la ciudad pidieron ayuda de Oikodoro. Oikodoro llamó a los amigos, que en la discordia, habían roto el diálogo. Él les enseñó que la piedra allí colocada no tenía mucho valor y que la amistad perdida si era de gran valor. Piedras como esa había visto Oikodoro muchas veces, pero la amistad, dijo, es algo único. Oikodoro les mostró que esa piedra sólo pertenecía a la amis­tad, pues por ella habían visitado el bosque y por ella la habían logrado traer todos juntos. Pero como la amistad se había quebrado, la piedra debía retornar a la armonía del bosque. Los amigos pidieron a Oikodoro les ayudara a recuperar la amistad, pues descubrieron que la amistad tiene el valor de incon­tables piedras. Y como Oikodoro vio que la armonía volvió a reinar entre ellos les invitó a conservar la piedra. Es así como en el parque se encuentra una piedra como símbolo de la amistad muy duradera.

Principio 14: Nos educaremos a lo largo de toda nuestra vida para cuidar de la Tierra y su futuro con nuestro conocimiento, valores y capacidades. En particular para los niños y los jóvenes las puertas del saber estarán bien abiertas. Las artes, las letras, las ciencias y los medios de comunicación contribuirán a que todos vivamos correctamente.

El lápiz maravilloso

Como todos los duendes Oikodoro se despierta al amanecer y dedica las primeras horas del día a la lectura de sus originales libros. Los niños están convencidos que por ello Oikodoro sabe tanto sobre la tierra y todo lo que existe sobre ella. Una vez los niños pidieron acompañar a Oikodoro durante todo un día, para que él compartiera con ellos la sabiduría de los libros. Oikodoro los invito a su biblioteca y juntos leyeron algunos capítulos del libro duende de la naturaleza e hicieron anotaciones con un lápiz que Oikodoro había recibido de un mago. Los duendes están convencidos que los ob­jetos que más se valoran deben tam­bién com­par­tirse. Luego de la apasionante lectura Oikodoro tomó el lápiz y los invitó a dar un paseo por el bosque. Durante el paseo el duende hizo una ronda con los niños y en medio ubicó el lápiz mágico que lleno de brillo y de colo­res, dibujó en el aire el libro de la naturaleza y se fueron desplegando sus sabias hojas. El libro comenzó a mover sus hojas y en el aire el lápiz bailó su melodía. De esa danza nació un pájaro de plumas fabulosas tomando el lápiz con su pico. El lápiz espar­ció en el vuelo del ave se­millas maravil­losas que, al lle­gar a la tierra, se convertían en flores muy bellas. Junto a la última semilla cayó el lápiz, que una flor protegió antes de rozar el piso. De los impercep­tibles movimientos de las flores surgió una mariposa multi­color, que en un gran esfuerzo hizo girar con sus alas al lápiz sobre la tierra, for­mando un bello charco de agua. El lápiz flotaba en el agua hasta que, guiado por la corriente, dibu­jó el sol reflejado. El sol tomó el lápiz con uno de sus rayos. El sol y los niños ayudaron al lápiz a iluminar al pájaro de plumas fabulosas, las maravillosas flores, la mariposa multicolor y el charco. Y luego dieron al aire el lápiz que se fue dan­zando entre nubes de colores. El mundo es una galera mágica junto a la cual los seres humanos están in­vitados a participar, cuidar de ella y gozar de la creación.

Principio 15: Tratemos a todos los seres vivos con respeto y consideración. Para ello no seremos crueles con los animales, tratando de evitar todo su sufrimiento.

El puente de estrellas

Los niños conocían un gato que de día juega con las mariposas y de noche canta con las estrellas. Oikodoro contó entonces un cuento que había es­cuchado hacía algún tiempo.

“En las orillas de la selva un gato perseguía cruelmente una mariposa. La maripo­sa voló sobre el río hasta llegar a una isla. Con la ayuda de la cor­riente del agua, el gato atravesó el río sobre un árbol seco. La maripo­sa revolo­teó por la isla y luego se mar­chó. El árbol seco se perdió en la cor­riente, y el gato, temeroso del agua, debió quedarse en la isla.

Algunos días más tarde los animales del bosque buscaron al gato, y con sorpre­sa descubrieron que estaba en la isla. Para ocultar su miedo al agua, el gato dijo a sus amigos que quería explorar cuidadosamente la isla. Ellos lo es­cucharon poco con­vencidos y se fueron. Constantemente los ani­males se acer­caban a la orilla de la selva a preguntarle al gato si deseaba algo. Pero el gato respondía: “la isla es maravillosa. Gracias, me quedaré algún tiem­po”.

El invierno había llegado, y el agua estaba muy fría. El gato aparecía triste en la isla y sus amigos estaban preocupados. Un día muy frío de invierno era el cumpleaños del gato, los animales del bosque habían hecho una gran torta con una vela encendida, que acercaron tierna­mente a la orilla:

-Feliz cumpleaños, querido gato. Te hicimos una torta, pero el agua está ahora casi helada y no podemos compartirla. Te fes­tejamos desde aquí.

El gato emocionado agradecía desde la isla. Al llegar la noche, la luna y las estrel­las comenzaron a adornar el cielo, y en medio de los animales la torta per­manec­ía iluminada.

La luz de la vela llamó la aten­ción de las estrellas y se preguntaban:

-Qué es esa luz allí en el bosque? Se ha caído alguna estrella?

Las estrellas del cielo em­pezaron a bajar a la tierra y se encontraron con los animales reunidos. Ellos explicaron el motivo de la torta encendida, que nadie comía. Las estrel­las iluminaron al gato, que permanecía desolado en la otra orilla. Enton­ces, las estrellas tuvieron una idea bril­lante. De una en una, en hilera con­struyeron un largo puente que unió la selva con la isla. Los animales camina­ron por el puente de estrellas y llevaron la torta lentamente. Los animales le dieron la torta al gato y le dijeron:

-Piensa un deseo.

Al soplar la vela el gato agradeci­do, deseó viva­mente volver a la selva con sus amigos y prometió no ser nunca más cruel con otros animales. Todos juntos comieron la sabrosa torta y festejaron alegremente. Los animales iban a partir, cuando el gato hizo rea­lidad su deseo:

-Puedo partir con vosotros?

Los animales, recor­dando el miedo y el orgullo del gato, exclamaron poco sorprendidos:

-Sí, vamos ahora todos por el puente de estrel­las, y festejare­mos juntos las fiestas en el futu­ro!

Y así es que el gato mira respetuoso a las mariposas y acom­paña agradecido a las estrellas en la noche.

Principio 16: Vivamos con tolerancia, sin violencia y en paz. Tratémonos con entendimiento, solidaridad y cooperación, tanto dentro de nuestra comunidad como para con las demás. Para ello condenemos la violencia, la guerra y promovamos el desarme. Así la paz llegará hasta las estrellas y viviremos en armonía con nosotros mis­mos, los demás y la Tierra a la que pertenecemos.

El duelo sobre la luna

Oikodoro cuenta que no muy lejos del bosque los duendes marinos viven en dos islas y que ellas son muy famosas: la una por su gran puerto y la otra por sus pes­cadores. Una vez la buena fortuna de ambas sorprendentemente dañó la amistad y los celos y la discordia se interpusieron entre ambas islas. Sus gober­nantes rivalizaron de tal modo que dispusieron un duelo sobre la luna, pues la luna que se acerca por las noches a las islas, no representaría riesgo para las mismas. La luna que con mucha generosidad iluminaba esas islas escuchó aquel plan de guerra, y entris­tecida fue a ocultarse detrás el sol. Los días pasaron y la luna no aparecía. La marea no subía al atardecer, y cada día el mar se retiraba más y más de la costa. Ni los gobernantes ni los cien­tíficos encontraban una explicación ni solución al problema.

Tanta fue la mala fortuna de ambas islas, que el puerto quedó sin agua para los barcos, y los pescadores sin peces. La preocupación reunió tanto a los habitantes de las islas que volvieron a compartir como era su costumbre lo que les quedaba. Los habitantes se lamentaban por haber rivalizado y tenido la idea del duelo sobre la luna. Los duendes transmitieron el mensaje a la luna de que la paz reinaba ver­daderamente sobre las islas, pero la luna estaba tan débil y el mar tan lejano, que el agua no retornaba a las islas. Entonces, el sol deseó ayudar a la luna a acercar el mar a la playa y con unas sogas mágicas ató sus rayos a las olas del mar y junto a la fuerza natural de la luna el mar volvió a las islas y la paz fue sellada para siempre, poniendo por testigo a la noble luna.

AVANCEMOS JUNTOS

Todos juntos nos comprometemos desde lo más profundo de nuestro corazón a hacer realidad estos principios en todas nuestras actividades. Hon­remos y celebremos con alegría el regalo de la vida.

La amistad de Oikodoro y Kosmodoro

El gran amigo duende de Oikodoro se llama Kosmodoro, quien hace algunos años decidió partir hacia las estrellas para hacer amigos e invitarlos a visitar la Tier­ra. Kosmodoro y Oikodoro construyeron, entonces, una nave espacial alimentada por energía estelar y solar. Con esta energía también ellos pueden enviarse mensajes. Ellos tienen un lenguaje de signos, que se transmite a través de señales de luces sobre las estrellas. Muy preocupado Oikodoro lee a los niños el último mensaje de Kosmodoro que dice así:

-Mi querido Oikodoro, dónde esta nuestra casa, donde se halla la Tierra? No logro ver la esfera verde azulada. Estoy muy lejos? Ha ocurrido algo con vosotros? Ya la nave ha envejecido y yo tengo gran nostalgia de la Tierra y de vosotros. Ayúdame a regresar.

Por vez primera, Oikodoro lloró ante los niños. Su gran amigo de la infancia no puede ser ayudado. La Tierra se ha opacado, una nube gris la ha ocul­tado y la luz de Oikodoro para transmitir mensajes no logra atravesar la nube. Los niños estaban muy conmovidos, pero habían aprendido de Oikodoro que ninguna tarea es im­posible, cuando hay amor, compasión y entendimiento. Un niño cuenta que su abuela le ha dicho que los sueños del futuro son como cristales de colores que iluminan el buen camino. Otro niño dijo que cuando todos juntan sus sueños estos llegan a las estrellas y ellas los reflejan sobre la Tierra. Otro niño comentó que cuando a los sueños se los cuida y se los alimenta con acciones se fortalecen tanto que navegan entre los aires llenando de colores el cielo. Los niños decidieron sonar una tier­ra cuidada y respetada por la reunión de Oikodoro y Kosmodoro. Fue tanto el esfuerzo puesto que el cielo se llenó de luz y colores. La nube gris sobre la Tierra se llenó de agujeros y como una tela vieja se hizo jirones. Oikodoro estaba emocionado por esa honra que los niños hacían a su amigo viajero y sonreía agradecido. Su son­risa fue car­cajada cuando una luz lejana, tenue pero permanente, llegaba a los ojos de Oikodoro.

-Es Kosmodoro que nos saluda! El ha visto vuestra señal y en­contrado el camino. La tierra vuelve a relucir ante sus ojos, y ante los ojos del univer­so, exclamó Oikodoro y todos los niños aguardaron el retorno de Kosmodoro.

Nota del autor:

Todos los comentarios y sugerencias son bienvenidos.

Muchas gracias por anticipado.

Estos cuentos procuran ilustrar la Carta de la Tierra. Aquí se realiza una versión no oficial para niños. La versión completa y oficial de la Carta de la Tierra se encuentra en www.earthcharter.org

MC. Patricia Morales

Contamos con la autorización de la maestra Patricia para publicar sus cuentos en nuestra página

El desierto es una metáfora y una realidad fichas