La fiesta de la vida

Luis Armando Aguilar Sahagún

En memoria de Jorge Manzano SJ

La vida en la tierra se ha desplegado, aparentemente, de forma salvaje, azarosa. Tanto la fuerza de su despliegue como la variedad de sus formas han sido desde la antigüedad motivo de intriga. Es común encontrar patrones que buscan descifrar ese “orden” subyacente. Los calendarios, las mitologías, las narraciones y las sagas que recogen las tradiciones de los pueblos dan cuenta de cierta circularidad, asombro de sabios e ignorantes en todas las épocas. La cosmología contemporánea ha renovado el interés por el “diseño fino” de las condiciones para que apareciera la vida sobre la tierra. En el orden de la vida y la convivencia humana las fiestas reproducen ese asombro que queda como telón de fondo de la forma en que las fiestas disipan la solemnidad, la seriedad que puede estar a la base de su respectiva celebración: una  boda, un funeral, la toma de poder de un gobernante, jefe o líder, la memoria de una lucha.

Una fiesta es un lugar de encuentro. Celebración, fundamentalmente, de la vida. Podría decirse que en la fiesta el hombre se expande en vitalidad por el gozo del estar con otros compartiendo. Y lo que sobre todo se comparte es la vida.

Las fiestas suponen una iniciativa. Es ella la que establece el motivo, la fuerza de convocación. Los motivos pueden ser muy variados. Pueden responder a razones de envergadura claramente reconocible, como puede ser el aniversario de la fundación de una comunidad, la celebración de un cumpleaños, o bien no tener una razón aparentemente insuficiente. Un “porque sí” porque queremos celebrar. Cuando no es el interés el que guía la acción es esa voluntad de expansión de vida en la alegría la razón de fondo de todo pretexto.

En el caso de una auténtica fiesta los pretextos nunca estarán de más. La aparente superficialidad de los motivos puede no revelar que siempre que el hombre se reúne con otros para celebrar, la mera posibilidad de hacerlo es ya un motivo de peso. Esto se hace evidente al considerar el valor de la vida, sobre todo, cuando se advierten sus momentos más significativos en todos los niveles: personal, de parejas, de familias, de pueblos.

La fiesta requiere de una cierta estructura. De otro modo, deriva en relajo,  hasta la tragedia y el caos. El hombre que celebra se relaja, da curso espontáneo al impulso de vida dentro de cierto orden más o menos previsto que, sin embargo, deja abierta la puerta a la novedad y a la sorpresa.   Las expresiones de la vida que se celebra acontecen en el marco de la cordialidad, la amistad, la camaradería, la familiaridad. Se crea un ambiente único en el que se traban amistades, se comparten experiencias, nacen amores, proyectos comunes, nuevos sueños.

La índole de los vínculos de quienes celebran determina en buena medida el estilo de la fiesta. Así, peculiaridad de una fiesta que celebran esposos que han convivido por largos años  está marcada por la hondura del amor, las pruebas superadas, los mutuos sacrificios que ha supuesto el estar juntos a través de innumerables circunstancias. Los invitados a esa fiesta se verán contagiados por la fuerza de ese lazo, y el ambiente, clave de toda celebración festiva, llevará el sello de la hondura de ese amor. El gozo de los novios que se casan e invitan a una fiesta de bodas contagia el candor de las promesas, la ternura de los gestos. Es una incitación a la cercanía, señal de lo que hace al hombre feliz. Las rencillas, los resentimientos quedan como suspendidos. Hay también fiestas para la reconciliación.

Es tema de investigación de los antropólogos la variedad de las formas de celebración, la tipificación de las fiestas (nacionales, religiosas, biográficas, conmemorativas) y los elementos simbólicos y rituales que acompañan a cada una de ellas. Desde la iniciativa, los preparativos, los aspectos financieros, la ubicación de un espacio y de un lugar adecuados, la elaboración de las invitaciones o las modalidades de hacer llegar a los invitados, el trasfondo musical, lo que se ofrecerá de comer o de beber, etc. En cada cultura pueden identificarse ciertos patrones de esta naturaleza que se mantienen gracias a las tradiciones. Es propio del hombre como ser cultural el poder recrear estos patrones, renovar las formas, los estilos celebrativos con gran creatividad. Todo para que las condiciones sean las óptimas para que la alegría se exprese en risa, el amor y la gracia en el canto y la danza.

 Las fiestas guardan un significado importante para los celebrantes. Son momentos en que algo culmina, desde una semana de intenso trabajo hasta un ciclo escolar, o bien el ciclo de una vida. Culmen dice medida colmada, al que sigue un tipo de desbordamiento gozoso. Eso es la fiesta. Toda fiesta es, en alguna medida, inolvidable. En ella la memoria registra la irrupción de un tiempo distinto del tiempo ordinario, de lo cotidiano. Es un tiempo que “suspende” las rutinas, y en él se conjugan lo esperado y lo inesperado. Una fiesta aburrida es un fracaso. Una fiesta rígidamente ritualizada se convierte en un “deber” por el que la asistencia difícilmente podrá encontrar sentido.

Es instructivo observar la diversidad y disparidad de los motivos de celebración festiva. Desde el gozo de lo efímero a los llamados “grandes relatos”, la celebración por motivo de la libertad, la justicia, la unidad o, en concreto, la liberación de un pueblo de tal o cual situación, de un preso, el haber sobrevivido a una catástrofe, el haber sido salvados. En todos los casos es el homo ludens quien protagoniza el escenario de la vida festiva. Es el juego, la danza, la música, el vino. La memoria conserva los susurros, las irrupciones espontáneas de júbilo, la expresión de los sentimientos más profundos, todo en un clima de una comunión, en distintos grados de intensidad y duración.

Dondequiera que los hombres pueden expresar las experiencias de su vida, muestran su libertad. La expresión misma es un efecto liberador. Los rituales desempeñan importantes funciones. Entre ellas, está la de estabilizar el flujo de lo impredecible. Aun la fiesta espontánea tiene su “forma”. Como expresión fundamental de la vida y la comunidad muestran que al celebrar, el hombre no solo vive en función de lo que resulta útil o adecuado, sino de lo que tiene sentido en sí mismo. Ya en el mundo de la naturaleza hay rastros de esa expresión de la alegría y de la vida.  El biólogo holandés Buytendijk decía en este sentido: “Hasta los pájaros cantan más de lo que, según Darwin, les está permitido”. Las cosas que, vistas desde fuera resultan inútiles, resultan ser las más sensatas. Pero en la fiesta se rebasa incluso el orden de la sensatez. De ahí el aspecto de exceso, de gratuidad y, por eso, de promesa de algo más, de un tiempo que apunta a lo definitivo y que en las religiones tiene su expresión en visiones escatológicas de comunión y de paz.

Son numerosos los pueblos en los que se rinde culto a los muertos. Hay sin duda en este fenómeno una raíz de carácter religioso. Frente al misterio sagrado el hombre experimenta extrañeza y distancia. Se vive rebasado y al mismo tiempo inserto en lo incomprensible de lo que lo rebasa por su poder, su fuerza, y que al mismo tiempo lo atrae por su fascinación, y que, por su exceso de bondad y amabilidad, e contrasta con la propia condición finita y falible, y pide su reconocimiento. Nacen así sentimientos de respeto y veneración. Ese misterio es la raíz de las fiestas religiosas. El culto a los muertos es un modo de querer que la vida continúe con ellos, en una suerte de suplencia, de la espera de un reencuentro.

El hombre ve en la muerte un punto de inflexión a todo cuanto es motivo de celebración. No obstante, convierte ese evento justamente en todo lo contrario,  en ocasión y motivo para celebrar, y lo que se celebra es la vida. Se celebra a los ancestros, por cuanto se reconoce en ellos, quizá, cómo proviene de ellos el torrente de la vida que, de generación en generación, hace posible el estar aquí y ahora de una familia o una comunidad. Se celebra a los ancianos que mueren, por la deuda que se experimenta frente a lo que haya habido de don, enseñanza, herencia a las generaciones que los suceden. La celebración tiene tonos de agradecimiento. Con la celebración se cierra el ciclo. Por eso resulta tan difícil, si no es que casi imposible, celebrar la muerte de los niños y de los jóvenes. Un gran dolor atraviesa los signos de interrogación que suscita la promesa truncada de una vida que comienza o que se expande.

Las fiestas populares recogen esta experiencia y la perpetúan en formas variadas. El motivo de celebración puede combinarse con otros, al grado de perder su sentido o de quedar asociado con otras expresiones de forma abigarrada. En cualquier caso, son modos de alivio, formas en que los pueblos procuran su propia salud.

Los “funerales” tienen tonos menores, luto, convocan la condolencia, siempre en el estar juntos, en la mayor cercanía posible, así sea simbólicamente expresada en el abrazo y la condolencia. Los funerales son como una fiesta al revés. Los hombres se reúnen a consolarse juntos. El estar juntos es ya un alivio. Mayor alivio es la celebración en donde la muerte queda como negada o exorcizada. Donde se convierte incluso en motivo de risa y chacoteo. Es en la fiesta donde la muerte pierde la seriedad a que obliga el dolor, el abatimiento, la agonía, la lucha. Se neutraliza al punto de lograr un nivel de aceptación suficiente. La muerte se aceptará plenamente, tal vez, solo cuando la vida se vea colmada en función del cumplimiento de un deseo largamente anhelado. Como el anciano Simeón, al ver a María cargando en brazos al Emmanuel tan largamente esperado: “Ahora, Señor, según tus promesas, puedes dejar a tu siervo irse en paz …”

Es bien sabido que Jesús de Nazareth fue un hombre que gustaba de las fiestas. El Evangelio de San Juan comienza su primera sección de “signos” con la escena de Jesús en una fiesta de bodas. Celebró la vida con sus amigos, seguidores y todo tipo de personas, al punto de escandalizar, de ser tenido por “borracho y comilón” por la forma tan libre en que aceptaba a sus anfitriones y comensales. Jesús celebró las fiestas populares y religiosas de su pueblo y, poco antes de morir en una condena injusta y brutal, quiso celebrar una de ellas, la Pascua, no solo rememorando las hazañas de Yahvéh, como gran liberador de la esclavitud, sino invitando a la conmemoración de su “vida”, de lo que realmente quiso ser y del sentido que él le daba: cuerpo y sangre, “entregada por la multitud”.

El calendario de la humanidad ha quedado sustancialmente modificado con motivo de la vida que los creyentes reconocen como un triunfo en el acontecimiento Pascual de la resurrección. La muerte ha quedado trocada en vida. Esta es la piedra angular de toda celebración cristiana. Y donde quiera que haya llegado su influjo, la celebración, la fiesta solo puede ser ya celebración de la vida.

El día de los muertos, es también el día de “todas las almas”, de las “ánimas benditas”. Lo animado es lo que está vivo. Es un prodigio de la cultura popular el haber sido penetrada por esta fuerza ahí donde los cultos y ritos ancestrales tenían ya por motivo a los muertos.

Los mexicanos, como tantos pueblos golpeados por la tragedia y la desmesura de violencia y la destrucción, conservamos una natural proclividad a relativizar la vida. El riesgo de la fiesta es degradar su valor, su sentido, su más hondo significado. Los elementos rituales, los colores, los cantares y bailables llevan la semilla de lo cristiano en la medida en que, sean cuales fueren las creencias o adhesiones religiosas, al celebrar a los muertos se celebra el triunfo de la vida en ellos, del Dios de la vida.