Fuentes Mares y la Realidad

(Presentación con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del filósofo.

Mesa compuesta por Luis Carlos Salazar y Jorge Ordóñez Burgos.

Charla previa a la representación teatral de Su alteza serenísima).

 

Por: Jorge Ordóñez Burgos

En este mundo que vivimos, lleno de intersubjetividades, de estudios multi, intra, ultra y transdisciplinarios; atiborrado de diálogos entre líneas de investigación y áreas del conocimiento, aparece un anuncio novedoso: existe relación entre la literatura, la historia y la filosofía. Una buena nueva que cimbraría a la humanidad de no existir claras muestras de dicho vínculo desde siglos antes de Cristo. Sin embargo, en el ambiente postmoderno que nos asfixia, la “noticia” puede pasar como derroche de la originalidad en este momento. A través del diálogo que se da entre estas tres áreas, siempre surgen algunos temas que es necesario revisar con un poco de calma, para no aburrirlos con disquisiciones teóricas, sólo echaré mano de un tópico que me parece es de gran pertinencia para reflexionar sobre el autor que nos tiene reunidos esta tarde. ¿Cómo se perfila la idea de Realidad en el área donde convergen la literatura, la historia y la filosofía? El primer asunto que hemos de aclarar es qué es la Realidad. “Realidad” puede ser entendida como el ámbito en el que existe consenso absoluto sobre las personas, los lugares y las cosas. Por ejemplo, Antonio López de Santa Anna era un bípedo, aunque su anatomía debió recibir ciertos ajustes para mantener tal condición. Mamífero americano, nacido en Veracruz a finales del siglo XVIII. Sin duda respiraba, defecaba y hablaba castellano. Fue militar y presidente de la república en algunas ocasiones. Como cualquier ser vivo, murió. Estas notas constituyen una base sobre la que difícilmente se polemizaría. Podríamos juzgar moral, histórica, estética o políticamente a Santa Anna, llegando a conclusiones no aceptadas por todos, pero, por necesidad, tendremos que remitirnos a esos hechos dados, que no dependen del punto de vista de nadie. Movernos dentro de un margen tan seguro, y estrecho a la vez, hace imposible crear historia, literatura o cualquier actividad propia de una criatura medianamente inteligente. Esos datos, pues, pueden ser un punto de partida y sólo eso.

 

Un nivel más alto y complejo en el que se entiende la Realidad es a partir de las condiciones propias de un personaje y una época. Aquí, la Realidad se identifica como las circunstancias que envuelven a los individuos/personas (dependiendo del posicionamiento epistemológico del que partamos) y los hechos. Dicho marco tiene dos componentes, el primero, estrecho también, se integra de los aspectos particulares de una temporalidad concreta. Por ejemplo, es impensable hablar de utensilios de plástico elaborados en la época de Enrique VIII o de hispanoparlantes durante el esplendor de Sumeria. No siempre resulta tan sencillo y obvio evitar anacronismos, pero, en el reducido campo que puede hacerse, es de gran utilidad para extraer ciertas conclusiones lógicas del pasado. Por otro lado, cuando se estudia desde esta perspectiva la “realidad histórica del siglo XIX mexicano” no son pocas las adiciones que el historiador introduce dentro de sus investigaciones. Sin duda un terreno espinoso, porque de aquí comienzan a surgir realidades paralelas. Mundos posibles sobrepuestos al ambiente inmodificable antes descrito. De forma alguna pretendo demeritar la labor del historiador, todo lo contrario. Sólo busco describir la configuración de panoramas históricos, todos válidos siempre y cuando se sustenten en evidencia sólida y reflexiones rigurosas. En este terreno fértil el historiador reconstruye, por ejemplo, las primeras décadas del México, digámosle independiente. Los métodos de la paleografía, la numismática, la archivística, la geografía, la cronología, la filología, la historiografía, y la antropología, conviven con la intuición, el genio, los prejuicios y las vivencias codificadas en la psychē de quien escribe la historia. Este nivel de Realidad es un híbrido que, a pesar de los esfuerzos desmedidos del historiador por mantenerse lo más alejado posible del teatro que recrea con empeño, es imposible que no deje impresa alguna huella en él. No habría historia sin historiador, no habría historia sin sesgos ni matices. Suele tenérsele miedo a la subjetividad, vista como un cáncer que carcome los estudios científicos; en el caso de la historia, la subjetividad es un marco referencial del que no puede deshacerse el heredero de Heródoto.En este mundo que vivimos, lleno de intersubjetividades, de estudios multi, intra, ultra y transdisciplinarios; atiborrado de diálogos entre líneas de investigación y áreas del conocimiento, aparece un anuncio novedoso: existe relación entre la literatura, la historia y la filosofía. Una buena nueva que cimbraría a la humanidad de no existir claras muestras de dicho vínculo desde siglos antes de Cristo. Sin embargo, en el ambiente postmoderno que nos asfixia, la “noticia” puede pasar como derroche de la originalidad en este momento. A través del diálogo que se da entre estas tres áreas, siempre surgen algunos temas que es necesario revisar con un poco de calma, para no aburrirlos con disquisiciones teóricas, sólo echaré mano de un tópico que me parece es de gran pertinencia para reflexionar sobre el autor que nos tiene reunidos esta tarde. ¿Cómo se perfila la idea de Realidad en el área donde convergen la literatura, la historia y la filosofía? El primer asunto que hemos de aclarar es qué es la Realidad. “Realidad” puede ser entendida como el ámbito en el que existe consenso absoluto sobre las personas, los lugares y las cosas. Por ejemplo, Antonio López de Santa Anna era un bípedo, aunque su anatomía debió recibir ciertos ajustes para mantener tal condición. Mamífero americano, nacido en Veracruz a finales del siglo XVIII. Sin duda respiraba, defecaba y hablaba castellano. Fue militar y presidente de la república en algunas ocasiones. Como cualquier ser vivo, murió. Estas notas constituyen una base sobre la que difícilmente se polemizaría. Podríamos juzgar moral, histórica, estética o políticamente a Santa Anna, llegando a conclusiones no aceptadas por todos, pero, por necesidad, tendremos que remitirnos a esos hechos dados, que no dependen del punto de vista de nadie. Movernos dentro de un margen tan seguro, y estrecho a la vez, hace imposible crear historia, literatura o cualquier actividad propia de una criatura medianamente inteligente. Esos datos, pues, pueden ser un punto de partida y sólo eso.

A pesar de la pluralidad de ideas que se dice existe en nuestro medio, todavía se pueden encontrar expresiones desbordadas de entusiasmo “científico” en las que se refleja la obsesión por distinguir el conocimiento “falso”, “poco elaborado” y “arbitrario”, de aquél que está provisto de método y dotado con instrumentos agudos de análisis. Con tal algarabía, se afirma que los trabajos pseudocientíficos y laxos son “literatura”, es decir, especulaciones, ocurrencias; elucubraciones personales que no toman en cuenta los cánones establecidos por una comunidad compuesta por expertos. Relatos de castillos, princesas y príncipes armados con espadas mágicas que montan en unicornios de color blanco. Quienes se expresan así de la “literatura” lo hacen con tal desparpajo y certidumbre que logran persuadir a uno que otro incauto. Sin embargo, sus afirmaciones no son otra cosa que manifestaciones de un pensamiento cerrado y comodino. Una tarea esencial de la literatura consiste en producir ficción, es decir, mundos cuya extensión, habitantes y leyes cósmicas varían enormemente. El ambiente de las fábulas del viejo Esopo, donde los animales platican entre sí, puede ser tan ficticio como el diseñado por el autor contemporáneo de novelas donde, con erudición y buen conocimiento del presente, aborda temas históricos y políticos con más pertinencia que muchos científicos sociales.

Recordemos que la palabra “ficción” se conecta con fingir, pero, no se entienda como sinónimo de mentir. Cuando la literatura, finge, ensaya conductas, espacios, nombres y lenguajes. Construye escenarios probables, posibles o hipotéticos, mas con ello no significa que el narrador, el poeta o el dramaturgo introduzcan la anarquía para revelarse contra el más esencial sentido común, fomentando la irrupción de triángulos de cuatro lados o esferas con vértices a nuestra preciada cordura, limpia de absurdos y contradicciones. La ficción es un ejercicio humano que, por igual practica el legislador, el juez y el abogado cuando exploran condiciones posibles en el ejercicio y la aplicación de la ley. Los programadores que día con día desarrollan simuladores para hacer más eficiente el diseño de aeronaves, mejorar los materiales sintéticos de construcción o mejorar la ruta de una carretera, trabajan con la ficción. Mangue el derecho, la ingeniería y la literatura partan de fundamentos distintos y tengan propósitos dispares, la ficción es un instrumento de suma importancia en cada uno de sus campos. Es por ello, antes de calificar despectivamente a la literatura de ficticia ha de vislumbrarse el alcance que tiene un adjetivo tan poderoso.

Como ya se apuntó, la ficción no es sinónimo de absurdo, mentira o fantasía (esta última no en un sentido etimológico de imagen). En una pieza teatral como la que hoy se presenta, la ficción no se realiza en los diálogos de Santa Anna con los demás personajes, sino que se exhibe a plenitud en las profundidades de su alma enferma de poder. Enajenada a grado tal que está impedida de ver la ruina a la que el mismo dictador ha conducido a México. El desmantelamiento del país, va más allá de la subasta territorial, es, como en nuestros días, un resquebrajamiento expansivo que afecta a las personas, las ideas y las creencias. El discurso políticamente correcto que está hoy en vigencia, habla de la crisis de valores que nos aqueja, empero, Fuentes Mares, a través de Santa Anna denuncia un serio problema nacional. La negación de la pesada densidad de los hechos, que, en repetidas ocasiones a lo largo de nuestra historia nos han aplastado inmisericordemente. Que el mexicano es feliz y vive para la fiesta es una generalización engañosa, no aplicable a todos ni siempre. En algunos casos, como el del Santa Anna teatral de Fuentes Mares, se diseña una escenografía tan colorida y vistosa que es capaz de recubrir la crudeza de los acontecimientos a los que sólo puede escaparse mediante la ilusión. El talento que han poseído algunos gobernantes de este país consiste en ir más allá del autoengaño para contagiar a los ciudadanos con sus delirios de grandeza y fe en un futuro de pronóstico reservado. No hace tanto que López Portillo o Vicente Fox cometieron la imprudencia de soñar despiertos y en voz alta.

El teatro cuenta con excelentes recursos para describir, delimitar y explorar múltiples áreas de la Realidad. Por ejemplo, los espejismos del soberano –convencido de ser el mayor conquistador de todos los tiempos- proyectados en medio del desierto o de un pueblito sin nombre ni sitio en el mapa; constituyen un amplio universo por sí mismos. Al mismo tiempo, se pueden explorar otros horizontes como la consciencia de los súbditos, tanto de quienes reconocen la falsedad del esquizofrénico, como de los que la abrazan con fe desmedida, acogiéndose a la esperanza, al patriotismo o a una interpretación más bien infantil de la historia. El teatro es el medio perfecto para traspasar con soltura y elegancia las fronteras de del yo para adentrarse en las del nosotros o del . Viajes de ida y vuelta que se desenvuelven en una dinámica del tiempo y los acontecimientos, trascendiendo los paupérrimos alcances de la oposición objetividad-subjetividad, así como de las predecibles meditaciones fenomenológicas que no respetan nada. El dramaturgo se mueve entre mundos que serían infranqueables por otros medios, Fuentes Mares experimentó abordar la historia echando mano de los recursos teatrales, haciéndose de las licencias suficientes para adentrarse en espacios que el historiador o el filósofo convencionales no pueden hacerlo, dados los materiales poco finos y sutiles con los que cuentan para desempeñar sus investigaciones. Fuentes Mares escribió un teatro histórico y filosófico que goza de plena autonomía, con alma propia y en constante diálogo con el mundo abierto.

 

Su alteza serenísima es un juego donde coinciden diversos planos de la realidad, a saber, la dimensión íntima del protagonista donde compiten la ingenuidad con la soberbia. El repugnante mundo servil de su secretario, la indiferencia de “los demás” y la contundencia de los hechos que a todos los rodean, la pobreza, el descrédito, la derrota. Su alteza serenísima es una pieza que toca las fibras más sensibles de la historia mexicana, tan dolorosas y actuales que, pudo haberse desarrollado durante el siglo XIX o hace dos horas. Los delirios de grandeza que tanto han afectado al país, la necesidad por figurar en los anales heroicos del mundo civilizado y poderoso, la pequeñez de espíritu de quienes han tenido en sus manos el destino de este pobre país. Hoy que nos desborda la victoria republicana, no olvidemos que Antonio López de Santa Anna fue también un transformador de México.