HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA MEDICINA

Albert Schweitzer. El hombre como símbolo1

Eliexer Urdaneta-Carruyo*

Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina e Instituto Latinoamericano
de Bioética y Derechos Humanos (ILABID), Hospital Universitario de Los Andes, Mérida, Venezuela

RESUMEN

Albert Schweitzer, el gran médico-misionero del siglo XX, poseía una personalidad versátil integrada en múltiples talentos, lo cual produjo la conjunción poco frecuente del pensador con el hombre de acción y del humanista con el científico y el artista. Estudió diferentes disciplinas y en todas fue brillante: Filosofía, Teología, Música y Medicina; además, fue un gran erudito sobre la obra de Bach, de Jesucristo y de la historia de la civilización.

Este gran hombre renunció, en su madurez, a la fama y a la gloria que había logrado como intelectual y músico para consagrar como médico su vida a los nativos olvidados de África. Su espíritu, profundamente religioso, le permitió penetrar en lo más recóndito del alma humana; su personalidad expresó en su más amplia dimensión, el deseo eternamente insatisfecho del hombre solitario frente a la inmensidad del universo. Desarrolló su filosofía, basada en el respeto por la vida, a través del noble ejercicio de la medicina. Su grandeza radicó en el hombre como símbolo ya que no fue tanto lo que él hizo en favor de los demás sino lo que los demás pudieron hacer gracias a él. Su singular ejemplo representó una fuerza moral en el mundo, mayor que la de millones de hombres armados para la guerra.

En 1953 recibió el Premio Nóbel de la Paz por su obra filantrópica en África durante más de cincuenta años y por su amor profundo hacia todos los seres vivos; se transformó en una leyenda perenne como el médico de Lambaréné.

Palabras claves:

Albert Schweitzer , África, Lambaréné,

 

 

 

SUMMARY

Albert Schweitzer, the great missionary physician from the XXth century, had a versatile personality that integrated multiple talents, leading to the slightly frequent conjunction of the thinker with the man of action, and the humanist with the scientist and the artist. He studied all these disciplines in a brilliant manner: Philosophy, Theology, Music and Medicine; he was also a great scholar of Bach’s work, Jesus Christ and the civilization history.

In his maturity, this great man renounced to the fame and glory gained as intellectual and musician, to dedicate his life as a physician for the forgotten African natives. His deeply religious spirit allowed him to penetrate into the most recondite of the human soul; in his personality, he expressed in its entire dimension the eternally unsatisfied desire of the solitary man, against the immensity of the universe. His philosophy, based on the respect for life, was realized throughout the practice of the medical profession.

His noble character and personality was based on the man as symbol, since it was not so much what he did helping people but what people could do to others due to him. His singular example represented a moral force in the world, superior to millions of men armed for a war. In 1953, he received the Nobel Peace Prize for his philanthropic work in Africa during more that fifty years, and for his deep love to the living beings. He was transformed in a perennial legend as the Lambaréné doctor .

Key word:

Albert Schweitzer, África, life reverence, symbol,

reverencia por la vida, símbolo, obra filantrópica. philanthropic work.

 

Sin duda alguna, Albert Schweitzer fue un gran hombre, uno de los más grandes de esta o cualquier otra época. Polifacético en su pensamiento y acción, estudió diferentes disciplinas universitarias y en todas fue brillante: Filosofía, Teología, Música y Medicina. Escribió libros eruditos, vigentes hoy día, acerca de Bach, Jesucristo y la historia de la civiliza- ción.1 Fué, en su tiempo, la máxima autoridad mundial en materia de construcción de órganos y, al mismo tiempo, uno de los organistas con más fama mundial.2,3 Además, era muy versado y poseía amplios conocimientos sobre estética, zoología tropical, agricultura, antropología, veterinaria y farmacia, conocimientos mucho más profundos de los que podía poseer cualquier persona en su época que hubiese dedicado su vida a alguna de estas especialidades.4 Fue también, en su vida prodigiosa y versátil, un experto carpintero, albañil, dentista, constructor de botes, mecánico y jardinero.1,4

Infancia y juventud

A la entrada de la pequeña ciudad medieval de Kaysersberg, en Alsacia, se encuentra una casa, coronada por una pequeña torre de la cual pende un campanario que sirve de centro comunitario a la Iglesia Evangélica. Junto a la puerta, está una inscripción que reza: Casa natal del Dr. Albert Schweit- zer, 15 de enero de 1875.4 Allí nació de padres descendientes de alemanes y franceses.5 En su niñez, tardó mucho en aprender a leer y escribir, quizás por su carácter soñador, razón por la cual no destacó, inicialmente, como estudiante.5 A causa de ello, según fue creciendo, se impuso la obligación de estudiar y dominar temas particularmente difíciles como el hebreo. Desde niño, llamó la atención de sus profesores, no solo por su precocidad y talento, -el cual era asombroso para sentir y ejecutar la música-; sino también por su sensibilidad y percepción frente a las injusticias, la crueldad y la discrimi- nación que observaba a su alrededor.5,6 Debido a ello, se rebeló a los seis años, contra la violencia y la intolerancia.6

A los cinco años, su padre comenzó a darle lecciones en el viejo piano de su abuelo Schillinger; a los siete, sorprendió a la maestra de su escuela, ejecutando en el armonio, melodías de corales con arreglos propios; a los ocho, cuando sus piernas aún no llegaban a los pedales, tocaba el órgano de la iglesia y, a los nueve, ya remplazó a su organista en un servicio religioso. En 1885, asistió al liceo de Mulhouse y estudió órgano con el Profesor Eugene Munch durante 8 años.5,6

En su feliz infancia, acostumbraba tomar notas de cuanto observaba. Estas, más que descripciones, eran vivencias que reprodujo posteriormente en sus obras, las cuales nos permi- ten conocer mucho más su personalidad compleja.6 Su libro, Recuerdo de mi infancia y juventud, es un canto a la vida en el cual relata su infancia en su pequeño pueblo alsaciano; describe como recorría valles y bosques, disfrutando de la naturaleza de Gunsbach y narra como los niños eran educados en la libertad y la tolerancia.7 No obstante la firmeza de su carácter, lo que más destacaba en aquel niño, era su propensión a la bondad. Era especialmente receptivo con los sufrimientos de otros, estuviesen próximos o lejanos y le apenaba, sobre todo, ver cómo los hombres hacían sufrir a los animales.6

Por otra parte, parecía como si la misma naturaleza se hubiera confabulado para distinguirle de otros niños. Schweitzer demostraba tener más aplicación que aquellos, más memoria, más sentido exacto de las cosas y mucho más destreza, agilidad y fuerza en los juegos infantiles.2 Los temas que realmente consideraba como serios, eran inusuales a su corta edad como cuando pensó, por primera vez en su vida, en el explotado continente africano. Tal pensamiento le llegó a la mente el día que, en compañía de sus padres, fue a visitar la cercana ciudad de Colmar.6

Por aquellos años, Alsacia pertenecía a Alemania, desde la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871).4 Pese a esto, en la ciudad continuaba en pie el monumento que Francia había erigido en honor del almirante Bruat ya que, gracias a sus conquistas, la nación francesa era una de las potencias coloniales más importantes en el continente africano.6 En el monumento al almirante Bruat, el escultor Bartholdi había conseguido grandes efectos plásticos; pero lo que llamó la atención al pequeño Schweitzer fue la figura de un negro que, como símbolo de sumisión, reposaba lánguidamente a los pies del gran almirante.7 Aquel contraste entre el pobre negro, sumiso, desnudo, desamparado y triste y el almirante altivo, con su flamante uniforme de sobrias charreteras, cubierto de medallas y distinciones impresionó hondamente a aquel niño soñador. Uno representaba la humildad y el resignado sufrimiento y el otro, la soberbia y la grandeza.6 Ese sentimiento invadió su alma infantil y, en su madurez, le permitió reflexionar sobre el total desamparo de la raza negra en África.7

Sus estudios académicos y su contribución al arte

En 1893, sin cumplir aún los diecisiete años, ya se había convertido en lector apasionado y en entusiasta musicólogo.8 Ingresó a la universidad de Estrasburgo y recibió hospedaje en el seminario protestante de Teología de Santo Tomás. En la universidad, inició sus estudios en forma simultánea en la facultad de Teología y en la de Filosofía. En ambas instituciones, asombró a sus profesores, no solamente por su enorme capacidad de atención y trabajo sino por su despierto espíritu de contradicción y discusión.5,9 Además, recibía enseñanza teórica de música con Ernest Munch, hermano de su antiguo maestro en Mulhouse.

Pero aunque, durante su adolescencia, fuera la música la vocación más firme y decidida que Schweitzer sentía, no por eso descuidó sus otros estudios.7 En octubre de 1896, realizó su primer viaje a Francia. En París, conoció al famoso organista Charles Marie Widor quien posteriormente sería su mentor. Allí también, tomó la decisión de dedicarse al servicio de los hombres a partir de los 30 años; sin saber aún lo que haría, ni cómo, ni dónde.7

En mayo de 1897, aprobó su primer examen de Teología con la tesis: De la Santa Cena en Schleiemacher, comparado con las interpretaciones dadas en el Nuevo Testamento y en las profesiones de fe de los reformadores.10

El 2 de Agosto de 1899, obtuvo su doctorado en Filosofía, el primero de los tres que alcanzará en su vida, con una tesis sobre La Filosofía de la Religión de Kant. Desde la crítica de la razón pura hasta la religión en los límites de la razón pura;9 que, para muchos filósofos, sigue siendo, aún hoy, la obra más notable sobre la filosofía religiosa de Kant. Al culminar esta carrera, muchos de sus amigos creían que obtendría la cátedra de tal disciplina en la Universidad de Estrasburgo; pero aunque las autoridades académicas de la universidad se la ofrecieron, él la rechazó. Ese mismo año, realizó un corto viaje a Berlín; allí conoció a la mejor intelectualidad alemana y presintió el peligro que representaba el nacionalismo extremo; hecho que lo indujo a escribir un libro que obtiene inmediatamente gran éxito: “Nosotros, los Epígonos”. En esta obra, afirmó que el amor a la patria no debía fundarse, precisamente, en el desprecio del resto de la humanidad.7 Cuatro meses después, realizó sus pasantías para Vicario a fin de convertirse en predicador de la iglesia de San Nicolás de Estrasburgo y, a la vez, comenzó sus estudios teológicos sobre el Nuevo T estamento.

En París, Charles Widor se convirtió en su mejor amigo. Schweitzer se adaptó rápidamente a ese ambiente dinámico, alegre, culto y encantador de la Ciudad Luz.8 Allí, se relacionó con Romain Rolland, otro idealista quien le hizo conocer la obra de Johann Wolfgang von Goethe en toda su dimensión. Motivado con ello, se dedicó a comprender al gran poeta alemán hasta convertirlo en su guía espiritual y protagonista de innumerables escritos y conferencias que le valieron, durante su vida, grandes satisfacciones, honores y premios.8

A sugerencia de Widor, escribió una monografía sobre la naturaleza del arte de Juan Sebastian Bach, su obra de musicología más famosa, titulada J. S. Bach, el músico-poeta. Publicó inicialmente esta obra en francés en 190511 y, posteriormente, en alemán en 1908, la cual alcanzó varias ediciones en las dos lenguas. En este libro, expresó que la música de Bach se basaba en la coral religiosa protestante, es decir, en cantos laicos basados en la poesía medieval y en himnos antiguos que Lutero tomó y tradujo al alemán. Por otra parte, enunció con insistencia la objetividad del insigne músico; negó la supuesta abstracción del lenguaje empleado por Bach y defendió más bien una interpretación sencilla y directa de su estilo.11 Además expuso que el destacado músico había inventado una ingeniosa relación entre imágenes musicales e intuición pictórica, que más adelante fue aceptada como forma de interpretación modélica.11 Este libro es aún conside- rado, por los críticos, un clásico de musicología universal.8

Por otra parte, fue, como músico, un virtuoso y un profundo conocedor del órgano, este instrumento tan antiguo y, a la vez, un experto en la construcción de este instrumento.4 Por ello, escribió en 1906 una monografía fundamental El arte de fabricar órganos y el arte del órgano en Alemania y Francia.3 En esta obra, proporciona, a los interpretes del mismo, consejos y pautas para la interpretación práctica de las obras de Bach para órgano de cuyas composiciones publicó, posteriormente, junto con su maestro Widor, una edición completa.8 En fin, sus escritos, sobre las personalidades de J.S. Bach,11 de San Pablo12,13 y de Goethe;14 aunado a su filosofía sobre la reverencia por la vida, 15 reflejan distintos aspectos de su personalidad multifacética, conmovedora y única.5,9,15

Schweitzer, durante sus estudios, concibió el proyecto de escribir su tesis sobre la Historia de la Última Cena, en sus relaciones con la vida de Jesús y la historia del cristianismo primitivo.10 La primera parte, denominada Representación crítica, de varias concepciones recientes, de La Última Cena le valió el 21 de julio de 1900, el diploma de Licenciado en Teología. Con la segunda parte, que trataba sobre el Misterio de la mesianidad y de la pasión de Jesús obtuvo, en 1902, el título de Doctor en Teología.10 En su tesis, realizó un estudio profundo sobre el misterio del mesianismo y la pasión de Jesús y expresó que la fe cristiana se debe concretar en la práctica como un principio de vida. Puso en práctica, el resto de su vida, este principio que lo haría famoso años después. Por otra parte, a partir del 14 de noviembre de ese mismo año, se le concedió el cargo de Vicario de la iglesia de San Nicolás.6 A los veintiséis años, estaba en la cumbre de sus éxitos académicos; había obtenido dos de los tres títulos de doctorado que obtendría en su vida, en Fiosofía y en Teología; ya era considerado, por la critica mundial, un brillante interprete de la música de Bach y un connotado organista.2,8

En 1902, a los 27 años, fue nombrado Maestro de Conferencias, al obtener la cátedra de Teología Protestante, en la Facultad de Estrasburgo. Tituló su lección inaugural La doctrina del Logos en el Cuarto Evangelio16 en la cual plasmó opiniones originales sobre el Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, lo nombraron director del Seminario de Santo Tomás y aceptó, a la vez, el puesto de Vicario en la iglesia de San Nicolás.17 Para la época, su pensamiento teológico era el mayor exponente del neoliberalismo religioso. Expresaba con firmeza que el avance arrollador de la civilización hacía que el progreso material predominara sobre el espíritu. Aseguraba, además, que el futuro de una sociedad dependía de la valora- ción del individuo, en contra del poder que ejercían las masas, postura que asumió al defender al individuo del colectivismo.18 Por otra parte, se interesó por la simultaneidad de las dos confesiones más importantes del cristianismo: el catolicismo y el protestantismo; en una época, en que aún se desconocía el ecumenismo.19 Esto lo hizo con la influencia de sus vivencias en su pueblo natal en el que católicos y protestantes alternaban la celebración de sus cultos religiosos en la misma iglesia. Esto lo veía como ejemplo de la armonía y de la tolerancia que deberían imperar en todos los cristianos y que, posteriormente, relató en su libro Recuerdo de mi Infancia y juventud.7

Por otra parte, a principio del siglo XX, todo parecía indicar que Schweitzer, entonces joven de treinta años, estaba destinado al más grande triunfo artístico e intelectual.1 Para ese tiempo, cuando otros tenían que terminar aún sus estudios, ya era un intelectual reconocido y aclamado en el viejo continente.2 Nada le faltaba para ello: inteligencia excepcional, fina sensibilidad social y conocimientos filosóficos y humanísticos profundos.2,4 Gozaba de inmenso prestigio en las áreas a las cuales había dedicado nueve años de su vida. De haber seguido por la misma ruta, se hubiese podido convertir en un personaje de talla universal en cualquiera de estos ámbitos: música, teología o filosofía o, quizás, de los tres.4-6,8 Para entonces, sus obras literarias, musicales y filosóficas le habían granjeado enorme prestigio académico a nivel internacional. En la interpretación musical, sobresalía como un talentoso organista, destacándose en el estudio y la ejecución de las más difíciles partituras de Juan Sebastián Bach8,11 y en la publicación de libros sobre las características especiales de los órganos viejos.3 Además, su fama como organista había sobrepasado las fronteras europeas y su nombre ya era conocido y respetado a nivel internacional.

Sin embargo, en el otoño de 1904, sucedió un hecho imprevisto que marcaría su vida para siempre. Sobre el pequeño escritorio de su habitación, encontró una revista de la Sociedad de las misiones evangélicas de París en la cual aparecía un anuncio solicitando ayuda para curar aborígenes desampara- dos en África Ecuatorial Francesa.5 En el folleto, se describía ampliamente la miseria de los pobladores de Gabón que venían a ser -y así lo señalaba la publicación- las personas más abandonadas de la Tierra. Esos nativos vivían en la miseria más absoluta y deprimente en la profundidad de la selva, allende de las riberas del río Ogooué y en la más desesperada desesperanza.20 Esa lectura permitió a Schweitzer precisar el rumbo definitivo de su vida. En ese instante, reflexionó sobre aquellas personas y fue a ellas que decidió consagrar su vida.

Creyó que, en ese momento, si sabía lo que podía y debía hacer por la humanidad y esa fue su gran elección.15 Sin embargo, comprendió que no estaba en situación inmediata de poderles servir porque no bastaba con llevarles palabras espirituales o consuelos morales. Debía ofrecer algo más práctico a esa gente que nada tenía. Schweitzer entonces creyó que debía ir a luchar contra el dolor lacerante y contra enfermedades que el hombre blanco desconocía. Estimulado por esa idea, resolvió entonces, en una decisión de gran coraje y desprendimiento, estudiar Medicina.20

En octubre de 1905, sorprendió a sus padres y amigos, comunicándoles sus intenciones de comenzar la carrera de Medicina para trabajar más tarde como médico en África Ecuatorial. Es decir que a los 30 años, cuando parecía destinado a un porvenir brillante y era considerado uno de los más prometedores intelectuales de Europa;1 destacado profesor universitario y erudito filósofo y teólogo;2 gran organista3,4 y máxima autoridad en Juan Sebastián Bach;8,11 conocedor profundo de la obra de Goethe14 y experto destacado en la construcción de órganos;3,4 tuvo el coraje de abandonar todas las satisfacciones, comodidades y privilegios que gozaba la sociedad de su época para dedicarse al servicio de aquellos seres miserables y abandonados que nada poseían.20 Entonces, asumió con firmeza este compromiso y se inscribió para ello, en la facultad de Medicina de Estrasburgo.

En este caso particular, la grandeza de su alma se manifestaba al rechazar los caminos fáciles por otros difíciles e inciertos.1,2 El mismo se hacía preguntas que muy pocos entenderían.15 ¿Tenía algún sentido ser un famoso artista o un intelectual célebre cuando los hombres continuaban siendo, lo que hasta sus días, habían sido? ¿Qué hacía la humanidad contra la injusticia, la pobreza, la ignorancia y tantos otros males que reinaban sobre la Tierra? ¿Había llegado el momen- to de realizar la promesa que se había hecho a los veinte años: dar algo a sus semejantes, algo a cambio de lo mucho que había recibido en la vida?15

Schweitzer tenía conocimiento de Dios a través de la Teología.10,12,13 También, había escudriñado el sentido de la vida y del mundo a través de la Filosofía.2,6 Con la Música, había logrado captar la más pura esencia artística del hombre.8,11 Por lo tanto, era un profundo conocedor del espíritu humano en sus tres aristas medulares: lo divino, lo humano y lo trascendente.

Por otra parte, durante los estudios de medicina que realizó de 1905 a 1912, siguió, con intenso ritmo, su destaca- da actividad como músico, como profesor de Teología, como profesor de Filosofía y, al mismo tiempo, como pastor en la iglesia de San Nicolás.2,6 Durante esos años, publicó también varios libros que causaron profunda admiración entre los profesionales de la música. Unos eran brillantes con esmera- dos y profundos estudios sobre la música del sublime Juan Sebastián Bach.11 Algunos más eran estudios filosóficos, que encerraban la esencia pura del pensamiento humano.2,6 Otros eran textos de teología como la Historia de las investigaciones sobre la vida de Jesús;17 en la que interpretó la vida del Nazareno a la luz de sus creencias escatológicas. En este último, expresó que el cristianismo era fundamentalmente un anuncio del advenimiento del reino de Dios, lo cual causó un auténtico revuelo en todo el mundo protestante anglosajón.

En la primavera de 1912, estudiaba Medicina Tropical al mismo tiempo que redactaba su tesis doctoral. Así, finalizó la carrera de medicina que significó su mayor esfuerzo físico y mental al aprobar los exámenes finales ante el eminente cirujano Madelung en la facultad de Ciencias Físicas, Naturales y Antropológicas de Estrasburgo.15 En Febrero 1913, recibió su tercer título académico, Doctor en Medicina después de defender brillantemente su tesis sobre el Análisis psiquiátrico de Jesús.21 En esos momentos, estaba seguro, le había llegado el tiempo crucial de desprenderse de todo lo que hasta entonces había logrado y de dejar su pasado para asumir su nueva tarea en África. Para ello, tuvo que presentar su doble dimisión de catedrático de Teología en la universidad y de pastor de almas en la iglesia de San Nicolás, dejar de escribir, por un tiempo, libros de filosofía y de dar conciertos como organista en toda Europa.15

Su estancia en África

En marzo de 1913, después de arreglar inconvenientes burocráticos, emprendió su viaje de Günsbach al África Ecuatorial Francesa (hoy, Gabón), acompañado de su esposa, Helene Bresslau (con quién se había casado en 1912 y quien sería para él, su inseparable compañera y enfermera abnegada hasta su muerte), debido a que eran alsacianos y luteranos y Gabón, una colonia francesa y católica. El 16 de abril, remontando el río Ogooué, consiguió llegar al asentamiento europeo más remoto, prácticamente desconocido por el hombre blanco que hoy es famoso en todo el mundo, Lambaréné.

Allí en la orilla del río, se instaló, después de una larga travesía de más de 200 kilómetros por la costa, en plena selva tropical y virgen, al sur del ecuador, para construir su hospital. El paisaje evocaba la génesis del mundo; las nubes, el río y el bosque se difuminaban en el horizonte que daba la sensación de ser increíblemente antiguo. Durante la mayor parte del año, el calor era insoportable, la plaga fastidiosa y peligrosa, la humedad espantosa y todo aquello que la vista envolvía y podía abarcar estaba rodeado de nativos en la miseria más absoluta.20

Se encontró con negros que venían del fondo de la selva con enfermedades para las que no tenían otro recurso que el curandero y la magia; sobrevivían en la miseria física más espantosa. A esa gente, había que acogerlas; había que curarlas y había que convencerlas, a pesar del recelo con que lo aceptaban, que se estaba haciendo una obra para ellos. Además, había que levantar de una vez un hospital que, aunque sencillo, pudiese brindar las condiciones necesarias para la realización del acto médico y había que realizar toda esa obra, ciclópea e inmensamente desproporcionada, con el esfuerzo físico de un solo hombre.20

Allí, se dedicó, con ahínco, a construir, dirigir y administrar, junto con su mujer, el primer hospital de la misión en el cual atendió a más de 2,000 pacientes tan sólo durante el primer año.4 Lambaréné, por su parte, se transformó en centro de la redención de la raza negra. Allí, poco a poco, se hizo realidad el extraordinario ensayo de tolerancia y convivencia humana en el corazón de África.5

Dirigió ese hospital por más de cuarenta años, hasta su muerte, realizando en él, la digna tarea de asistir a los enfermos africanos, desposeídos de todo.5 Este hecho, con el transcurso de los años, representó para Schweitzer una gran alegría interior al haber logrado algo más valioso que todo cuanto pensaba haber sacrificado.20

Schweitzer llevó a África una manera de pensar que el negro desconocía en el blanco. Actuaba como si solicitase perdón ya que consideraba que cuanto hiciera en beneficio de los nativos era saldar una deuda, representada por los males que el hombre blanco había causado al hombre negro.6

En la época de su llegada a África, los médicos eran muy pocos en ese continente y, en los escasos hospitales maneja- dos por médicos militares, el número de camas reservadas a los africanos era ridículamente pequeño o inexistente. En las colonias de dominio británico, había un médico por cada 4,000 personas en Uganda, uno por cada 6,000 en Costa de Oro y uno por cada 12,000 en Nigeria.22 De allí, la enorme importan- cia médica del hospital que Albert Schweitzer quiso construir en Gabón en 1913. Por otro lado, el personal africano especializado que existía estaba concentrado en pocos países. En Nigeria, había 186 auxiliares de médicos formados en Dakar, 8 en Costa de Oro y 1 en Tanganika.22 Tanta era la escasez de personal sanitario en toda África que, aún en víspera de la segunda guerra mundial, el nivel sanitario seguía siendo deplorable ya que las 3⁄4 partes de la población del continente sufría desnutrición.5-22

En septiembre de 1915, emprendió un largo viaje por el río Ogooué. Al crepúsculo del tercer día, surgió repentina- mente en él, la expresión respeto por la vida,15 idea que le serviría de base y de sostén para erigir sobre ella, toda la moral schweitzeriana, una de las más valiosas con la que cuenta el hombre actual.20

Schweitzer se hizo la pregunta: ¿Quién soy yo? Y se respondió a la vez: yo soy vida, que quiere vivir, rodeado de otras vidas, que también quieren vivir.14 De la aceptación de este hecho, surgió una moral verdaderamente sólida y valedera cuya base sustentó con las palabras reverencias por la vida. Entonces, reflexionó sobre el mundo y sobre sí mismo; percibió que cuanto le rodeaba, tanto plantas como animales y semejantes, amaban la vida exactamente como él y conclu- yó que todo lo que vivía era digno de respeto. Nuestra propia vida, según él, no se realizaría plenamente sino en la reverencia y el respeto por lo que ella significa para nosotros y para los otros seres vivos. La ética de la reverencia por la vida comprendía en sí misma el fundamento esencial del cristianismo: el amor, el sufrimiento, las alegrías y el empeño siempre por lograr el bien.15 Esta fue la base de esa nueva ética que Schweitzer proclamó al mundo a través de sus libros y conferencias.20

Su pensamiento y su acción
en años de guerras (1914 -1945)

La primera guerra mundial (1914-18) puso fin abruptamente a la abnegada actividad que realizaba el matrimonio Schweitzer. Alsacia -para la época-, era territorio alemán, como consecuencia de la guerra Franco-Prusiana (1870-1871).4 Por lo tanto, él y su esposa, eran alemanes; pero la sociedad misionera con la cual trabajaban y el territorio en el cual residían correspondían a Francia. Es decir que fueron considerados como extranjeros y enemigos y, en esa colonia francesa, fueron tratados como prisioneros de guerra.4 Entre el 5 de agosto y los finales de noviembre de 1914, los Schweitzer fueron vigilados por soldados africanos; quienes, al principio, le permitieron proseguir con su actividad bajo vigilancia. Después, se les prohibió toda forma de comunicación con blancos o nativos y obviamente se les negó continuar su trabajo en el hospital.6 Schweitzer era el único médico en muchos kilómetros a la redonda; ello le causó gran indignación ya que se le prohibía ejercer su profesión solamente porque Francia y Alemania estaban en guerra. Posteriormente, fueron embarcados como prisioneros y devueltos a Francia. Esos inesperados días de ocios, le permitieron meditar sobre un problema que le preocupaba desde hacia tiempo. Durante los meses de cautiverio, buscó respuesta a la pregunta ¿cómo el hombre podría estar de acuerdo consigo mismo y con el mundo?15 La guerra exhibía, con brutal evidencia, la barbarie y la decadencia del hombre. Entonces, se dedicó a escribir los dos volúmenes de su obra Decadencia y restauración de la civilización.23,24 En ella, analizó el pensamiento ético desde una perspectiva histórica. Sostuvo que la civilización moderna estaba en decadencia, debido a su falta de voluntad para amar y, por ello, se desencadenaban las guerras.23 Expresó además que el porvenir estaba estrechamente ligado a la concepción de la vida que abarcaría todas las formas de existencia. Actuar de manera positiva frente a la vida y el mundo llevaba consigo un sentido ético.4 Entonces concluyó que civilización significaba “el respeto a la vida”.

Finalizada la I guerra mundial, Schweitzer fue invitado a Suecia por el Arzobispo Natham Soderblom, un admirador de su filosofía. En la ciudad de Upsala, dictó en 1920 varias conferencias sobre El problema de la afirmación y la Ética en al filosofía de las religiones.15 Su obra conmovió tanto a los europeos que lo invitaron de todo el continente para hablar de Lambaréné, de sus aborígenes, de filosofía, del cristianismo y de las grandes religiones.19 La Universidad de Zürich lo nombró doctor Honoris Causa y le ofreció, poco después, una cátedra que rechazó para poder continuar su tarea en África. Las casas editoriales de Europa y América se interesaron cada día más por sus libros. Su pensamiento filosófico, también, se volvió importante en todas partes. Ese mismo año, escribió su nuevo libro que tituló Entre el agua y la selva, el cual constituyó un gran éxito mundial al ser traducido a diversos idiomas.25

En abril de 1921, publicó sus recuerdos de África que tituló Al borde de la Selva Virgen.26 Los pensamientos que expuso en esta obra son útiles todavía para solucionar problemas inherentes al desarrollo que, en la actualidad, se han vuelto muy críticos. En 1922, realizó la última corrección, de las conferencias que había expuesto en Birmingham sobre El Cristianismo y las religiones mundiales19 y escribió su libro Recuerdos de mi infancia y juventud.7 En las dos obras, analizó problemas que hoy continúan vigentes.

En 1925, Schweitzer decidió construir otro hospital a tres kilómetros de distancia del original, río arriba. Dos años después, el 21 de enero de 1927, el hospital fue trasladado a su emplazamiento actual. En julio de ese año, nuevamente regresó a Europa y pronunció conferencias en Suecia, Dina- marca y Alemania, al mismo tiempo que trabajaba en su nuevo libro La mística del apóstol Pablo.13

En 1928, realizó una gira de conferencias y de conciertos por Holanda (Figura 1), Dinamarca, Suiza, Checoslovaquia y Alemania. En este ultimo país, la ciudad de Frankfurt le otorgó el premio Goethe, por servicios prestados a la humanidad.1,5

En 1932, tras una larga jornada en África, nuevamente regresó a Europa para dictar conferencias y conciertos en Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 22 de marzo de ese año, pronunció, en Alemania, el discurso oficial en memoria del centenario de la muerte de Goethe.5

Los años de 1934 a 1945 fueron de intensa actividad médica en Lambaréné. El 14 de enero de 1945, con motivo de su septuagésimo aniversario, la emisora de radio BBC de Londres le dedicó un homenaje como prueba que el mundo no había olvidado, -en aquellos terribles años, de la II guerra mundial- a aquel hombre que, callada y solitariamente, traba- jaba en África en favor de los desposeídos y olvidados. Al final del agasajo, se escuchó un disco de un concierto de Bach que, años atrás, el mismo Schweitzer había grabado en el órgano de la catedral de Estrasburgo.5 En mayo de ese año, se celebró en Lambaréné, -al igual que en el resto del mundo-, el fin de la guerra. Este hecho, le permitió inaugurar el hospital de leprosos y recibir nuevos medicamentos, -como el promín y otros-, que, provenientes de Estados Unidos, Inglaterra y Suecia, estaban produciendo una verdadera revolución en el tratamiento de la lepra hasta entonces paliativo.

Reconocimiento mundial a su obra filantrópica

En 1951, regresó a Europa. En Alemania, se le concedió El Premio de la Paz de los libreros alemanes. En 1952, se le otorgó la Medalla de Paracelsus; la Medalla del Príncipe Carlos en Suecia y la Medalla de la Royal African Society. También ese año, ingresó a la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia, como sucesor del mariscal Pétain.2,15 En su discurso de incorporación, expuso la idea fundamental de su filosofía la cual radicaba en el mandato moral de conservar la vida, de fomentarla y de llevarla a la cumbre de su valor, filosofía que sintetizó magistralmente en su magna dimensión con las palabras “yo soy vida que quiere vivir, en medio de otras vidas que también quieren vivir”.2

En 1953, fue nombrado miembro de honor de la Acade- mia Americana de las Artes y las Ciencias y se le concedió el Premio Nóbel de la Paz, correspondiente al año anterior.16 Cuando, en los Estados Unidos, Albert Einstein -el genio de la relatividad del tiempo-, se entera, públicamente reconoce que Albert Schweitzer era el hombre más grande del siglo XX pues, siempre, le había cautivado su teoría del respeto profundo a la vida. Además, se sentía muy feliz que le hubiesen concedido el premio Nóbel de la Paz ya que, a su juicio, era un homenaje que la ciencia ofrendaba al espíritu.27

 

En 1954, se le entrega en Oslo la más alta distinción que se puede conceder a un hombre por el valor ejemplar de su obra filantrópica que desarrolló, a lo largo de cincuenta años, con excepcional espíritu de sacrificio. Lo recibió con mucha humildad, en compañía de su esposa que, aunque muy enferma, insistió en acompañarlo, en tan solemne ocasión. Allí pronunció su discurso sobre El problema de la paz en el mundo actual.28 Con el dinero obtenido, terminó de construir la villa de los leprosos (Village Lumière) que años antes había iniciado en Lambaréné.

En 1955, con motivo de su 80 cumpleaños, dictó diversas conferencias por Europa y recibió numerosas distinciones honoríficas como ciudadano del mundo. Alemania le concedió la orden civil más prestigiosa y se puso su nombre a una calle de Frankfurt; París, lo distinguió con la Gran Medalla de Oro; Mónaco emitió cuatro nuevos sellos de correo en su honor; la corona británica le otorgó la Orden del Mérito y la BBC de Londres ofreció cinco programas especiales dedicados a él.29

En 1957, la amenaza de la guerra atómica en un mundo dividido en dos bloques antagónicos, hizo que Schweitzer nuevamente apareciese a la luz pública para hablar sobre la grave situación. Consideraba que la paz solo podría perpe- tuarse como corolario de un sistema de relaciones internacio- nales fundado sobre la ética individual y colectiva. El 23 de abril de ese año, desde Radio Oslo, realizó un llamado a favor del cese de los experimentos atómicos.30

En 1958, emitió nuevamente, por Radio Oslo, tres alocuciones sobre los peligros de la guerra nuclear que fueron retransmitidos a todo el mundo. Estos discursos fueron publi- cados posteriormente en forma de libro con el título Paz o Guerra Atómica.30

En 1962, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética reanudaron nuevamente los experimentos atómi- cos. Schweitzer, Bertrand Russel, Martín Niemöller, Robert Jung y otros renombrados científicos y humanistas redacta- ron un manifiesto que hicieron público, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, titulado Los experimentos atómicos no contribuyen a la paz.5,31 En esta proclama, los sabios enfatizaron que no existía justificación para mantener una polución radioactiva en la Tierra.

Tres años después, el 14 de enero de 1965, celebró sus 90 años. En la profundidad de la selva africana, contemplaba su obra admirable que considera aún inacabada1,16 y pidió a Dios, como última gracia, le concediera una copa llena de tiempo. Sin embargo, a finales de agosto, le abandonaron rápidamente sus fuerzas. El 4 de septiembre, cerca de la medianoche, el médico misionero, apóstol de la paz y la bondad, el hombre que había dedicado gran parte de su vida a mitigar los dolores físicos y espirituales de los nativos de África apagaba su luz sobre la tierra. Había muerto, querido y respetado por hombres y mujeres, de todo el mundo; en una cabaña de madera, en el hospital que el mismo había construido; medio siglo antes, en pleno corazón del África ecuatorial.1 Al día siguiente, fue enterrado, junto a su mujer, en el cementerio de Lambaréné.

Su labor médico-misionera en Lambaréné

Schweitzer logró mantener la amistad con los nativos de África durante más de 50 años; hasta los brujos y los curan- deros confiaron en él. No intentó convertir a los africanos a su religión; siempre, respetó la de ellos.1,2 En Lambaréné, nunca existió una capilla; los domingos, los enfermos se reunían al aire libre: Les leía un evangelio o un capítulo de la Biblia para luego escuchar cánticos genuinos de los enfermos negros; alabando al Dios de ellos o al nuestro.31 Por las tardes, los enfermos realizaban representaciones teatrales cuyo simbo- lismo era el perdón que los negros daban a los blancos como forma de reconciliación.31 Por otra parte, Schweitzer, poco a poco, les fue enseñando a los nativos, -de forma pintoresca pero práctica,- historias bíblicas y la doctrina del cristianismo. Lo hacía con palabras claras y sencillas, con simbolismos que ellos pudiesen entender, con comparaciones de su ambiente y con otros desconocidos para ellos.6

A su llegada a África, aquella gente de piel negra lo miraba esperanzada, los menos, de forma recelosa y otros de manera exigentes.20,32 Los había de todas las edades y clases pero con un denominador común, la enfermedad que los mantenía extenuados, enflaquecidos y con los rostros contraídos por el interno sufrimiento20 (Figura 2). Había hombres jóvenes que, alguna vez, fueron robustos, otros con úlceras purulentas en brazos y piernas, mujeres de edad indefinible con los vientres hinchados y las piernas deformes por la elefantiasis, niños de mirada fija y desorbitada con ulceras en la nariz y en las orejas, viejos claudicantes con bocas desdentadas y madres sollozantes y desfallecidas con sus pequeños en los brazos. Todos ellos, auténticas piltrafas humanas, esperaban las brujerías curativas del recién llegado hechicero blanco.5,16,20

Era una raza de hombres y mujeres vencidos que no sentían ningún estímulo para mejorar su existencia desgraciada. Schweitzer sabía que, para ellos, él era solo un hechicero más con la diferencia que su piel era blanca y sus conjuros más poderosos que los de sus colegas negros.6,30

Schweitzer fue muy comprensivo con la mentalidad de los africanos a los que nunca consideró, con la visión de un europeo culto, ni juzgó según el criterio de la organización social o los principios éticos dominantes en Europa.2,16 El hospital, fue una aldea africana más en la que podía contemplarse a diario el espectáculo abigarrado y patético de la enfermedad en sus diversas manifestaciones, lepra, enfer- medad del sueño, paludismo, disentería, etc.30

Por razones éticas, no abolió, entre los nativos, las costumbres ni la organización social ya que estaba convencido que la civilización europea, en sus manifestaciones menos edificantes, podía provocar estragos en las sociedades primitivas. Defendió la paulatina modificación de las condiciones sociales existentes, sin una brusca ruptura.32 En el diario quehacer, los africanos aceptaban trasladarse a Lambaréné porque allí podían seguir viviendo dentro de su marco de vida tradicional (Figura 3). Lo más probable era que no hubiesen podido soportar la estancia prolongada en un hospital que funcionara con las estrictas normas europeas, extrañas para ellos.30

Su legado perenne

Los escritos de Schweitzer, publicados después de su muer- te, nos muestran que su pensamiento sigue estando vigente. En una época en la que tantas personas dudan del sentido de la existencia y a duras penas pueden encontrar su camino, su vida y su pensamiento pueden ser muy valiosos.6,31

Urdaneta-Carruyo

¿En que consistía, el enorme ascendiente moral de este hombre modesto, sencillo y bondadoso, cuyo único poder surgió del ejemplo de su vida y de su obra?2 ¿Sobre que fundamentos, los historiadores del porvenir, juzgarán nuestra época y califica- rán a sus más altos pensadores?16,20 Nos atrevemos a decir, que personalidades como la suya serán altamente valoradas y exaltadas por sus profundas repercusiones en la humanidad.20,31 Schweitzer fue un hombre que sintió profundamente el llamado interior de su consciencia; producto de sus convicciones y principios humanitarios que lo llevaron a renunciar al prestigio y al poder que deparan los bienes materiales. En una verdadera transfiguración de su personalidad, siguió el camino del sacrifi- cio y de la renuncia y se consagró, por entero, a sus ideales de amor y de paz, a la gente sencilla y dolida por la injusticia de muchos siglos como lo eran los negros olvidados del continente africano.1,16,31

Fue poeta de su vida y de su obra, en el sentido trascendente del término. Nació en una región fronteriza, donde se enfrentaron y se confundieron dos poderosas naciones que, durante siglos, ensangrentaron a Europa, con sus luchas.7 Le agregó a la profundidad germana, el amor al raciocinio y la calidad humana propios de las mejores tradiciones galas.7 Esa síntesis, humanizada y proyectada hacia el mañana por sus elevados y nobles ideales de hombre sin limitaciones adjetivas, se reflejó en las tersas páginas de sus escritos que plasmaron el testimonio de su rica experiencia desde sus primeros años de estudio,6 seguidos por sus investigaciones teológicas,10,12,13,17 su profunda dedicación a la música,8,11 sus estudios de medicina1,6 y su labor en el África tropical como médico y misionero.16,20,31 Las dificultades, la incomprensión y los obstáculos no fueron sino un fuerte estimulo adicional para este gigante del quehacer humano. En él, la inteligencia y la devoción se hallaron en armonía tan perfecta como es de esperar de un alma superior en quien la religión y la música encontraron su exacta dimensión. Aunque el espíritu misionero influyó en su obra, su mensaje trascendió a la predicación de la fe y enfatizó siempre el valor primario de la razón.

Por otra parte, la doctrina de Schweitzer tuvo gran atractivo moral de la manera en que fue llevada a la práctica. La caridad activa, el fervor y la concepción del mundo, fundado en el ideal ético del respeto por la vida, le aproximaron a la esencia del cristianismo.18,19 Para él, todos los acontecimientos de la humanidad estaban enraizado en un principio espiritual a partir del cual era posible impulsar el progreso de la civilización.23,24 Frente a los que predicaban el carácter cíclico y perecedero de ésta, el apóstol de Lambaréné, defendió un principio ético universal, capaz de armonizar la acción con el pensamiento del hombre civilizado.24 Su principal merito fue el principio moral que constituyó su filosofía, la cual le permitió identificarse plenamente con otros seres humanos y ejercer una fuerza moral en el mundo, mucho mayor que la de millones de hombres armados para la guerra.

Schweitzer fue uno de los grandes ejemplos que nos legó el siglo XX. Muy pocas personas han estado tan cerca de alcanzar el ideal griego del hombre integral como él. Su personalidad versátil, maravillosamente integrada en disímiles facetas produjo la conjunción poco frecuente del pensador con el líder y del hombre de acción con el científico y el artista. Sus múltiples facetas, músico,8,11 teólogo,10,12,13,17 filósofo,23,24 médico,1,6 y escritor,25,29 fueron maravillosamente expresadas con profundidad y brillantez en toda su magnitud. Fue, un hombre de iniciativa y de coraje1,5 tan intrépido en sus concepciones intelectuales como en sus heroica decisión de servir a la humanidad desde todos los aspectos que asumió en su actividad. Este clérigo, inteligente y de gran cultura, practicó sin vacilación, en medio de las grandes convulsiones del mundo, la filosofía de la fraternidad y lo hizo, a través del ejercicio de la medicina.15 El Premio Nóbel de la Paz no fue sino el reconocimiento de su labor devota, silenciosa, útil, callada y a la vez desprendida, labor que, al mismo tiempo, significó para él la mejor manera de realizarse a plenitud.28

Su gran mérito radicó en el coraje que demostró al renunciar al despliegue de sus múltiples talentos para convertirse en humilde médico-misionero y cambiar así su brillante carrera literaria, filosófica, teológica y artística de amplia reputación internacional por la compañía cotidiana del sufrimiento, la miseria y la enfermedad, satisfaciendo con ello sus más hermosos anhelos.1,5,6,20,31 El ejercicio de la medicina significó para él la forma de practicar un servicio directo al hombre enfermo y realizó su labor con una amplia comprensión de sus cimientos científicos y humanísticos.20,31 En Lambaréné, no solo fue médico sino el amparo espiritual de los enfermos y sus familias20,31 (Figura 4).

En fin, su grandeza está representada en el hombre como símbolo. No fue tanto lo que él hizo en favor de los demás sino lo que los demás pudieron hacer gracias al poder maravilloso de su ejemplo.31 Ésta es la verdadera gloria de Schweitzer ya que poseía un espíritu profundamente religioso que le permitió penetrar en lo más recóndito del alma humana. En su personalidad, se expresó, con toda su magnitud, la inspira- ción eternamente insatisfecha del hombre solitario frente a la inmensidad del universo. Lo que surgió de su vida y de su filosofía, fue la inspiración sublime, capaz de fortalecer a toda una generación a la que le entregó, como testimonio real; el significado de la reverencia por la vida.

Para concluir, la destacada personalidad de Schweitzer y su amor profundo hacia los demás lo volvieron la leyenda del Médico de Lambaréné, el Apóstol de la Paz. Fue el San Francisco de Asís de nuestro tiempo;4 comparable, en su envergadura moral, con la Madre Teresa de Calcuta. El hospital que lleva su nombre, enclavado en el corazón de África, constituye una perenne avanzada civilizadora que representa, como monumento, ¡el amor a la humanidad!

 

Referencias Bibliográficas

  1. Anderson E. The Schweitzer Album. New York: Harper & Row; 1965.
2. Picht W. Albert Schweitzer: The Man and His Work. London: Allen & Unwin;

1964.
3. Schweitzer A. Deutsche und französische Orgelbaukunst und Orgelkunst.

Leipzig: Breitkopf & Härtel; 1906.
4. Gunther J. Albert Schweitzer. Filósofo de la Selva. En: Selecciones del

Reader‘s Digest. Grandes Vidas, Grandes Obras. Mexico: Reader‘s Digest

Mexico, SA de CV; 1967. p. 218-223.
5. McKnightG.VerdictonSchweitzer:TheManbehindtheLegendofLambaré-

né. New York: John Day; 1964.
6. Flores L. Albert Schweitzer. 2da ed. Barcelona: Ediciones Afha Internacional

SA; 1975.
7. SchweitzerA.MemoirsofChildhoodandYouthLondon:Allen&Unwin;1924. 8. Joy CR. Music in the Life of Albert Schweitzer: Selections from His Writings.

London: A & C. Black; 1953.
9. SeaverG.AlbertSchweitzer:TheManandHisMind.NewYork:Harper;1947.

  1. Mozley EN. The Theology of Albert Schweitzer for Christian Inquirers. New York: Macmillan; 1951.
  2. Schweitzer A. J. S. Bach: Le Musicien-poète. Paris: Costallat; 1905.
12. Schweitzer A. Paul and His Interpreters: A Critical History. London: A,&C

Black; 1912.
13. Schweitzer A. Die Mystik des Apostels Paulus. Tubingen: JCB Mohr; 1930. 14. Schweitzer A. Goethe: Five Studies. Boston: Beacon Press; 1961.
15. Montague, JF. The Why of Albert Schweitzer. New York: Hawthorn Books;

1965.
16. SchweitzerA.OutofMyLifeandThought:AnAutobiography.NewYork:Henry

Holt; 1933.
17. Schweitzer A. The Quest of the Historical Jesus: A Critical Study of Its

Progress from Reimarus to Wrede. London: A& C. Black; 1910.
18. SeaverG.AlbertSchweitzer:ChristianRevolutionary.London:A.&C.Black;

1944.
19. Schweitzer A. Das Christentum und die Weltreligionen. Bern: Paul Haupt;

1924.
20. Uslar-Pietri A. Albert Schweitzer. En: Uslar-Pietri A. Valores Humanos. Bio-

grafías y Evocaciones. Vol. IV, 4ta ed. Madrid: Editorial Mediterráneo; 1982. p.

181-186.
21. Schweitzer A. Die psychiatrische Beurteilung Jesu: Darstellung und Kritik.

Tubingen: JCB Mohr; 1913.
22. Caguery-Vidrovitch C, Moniot H. África Negra. De 1800 a nuestros días.

Barcelona: Editorial Labor, SA; 1976. p. 77.
23. SchweitzerA.KulturphilosophieI:VerfallundWiederaufbauderKultur.Bern:

Paul Haupt; 1923.
24. SchweitzerA.KulturphilosophieII:KulturundEthik.Bern:PaulHaupt;1923. 25. Schweitzer A. Entre el agua y la selva virgen. Buenos Aires: Librería Hachette;

  1. p.40.
26. SchweitzerA.OntheEdgeofthePrimevalForest.London:A&C.Black;1922. 27. Einsten A. Citado en referencia 6. p. 127.
28. Schweitzer A. The Problem of Peace. In: Haberman FW, editor. Nobel

Lectures. Peace (1951-1970) Vol 3. Amsterdam: Elsevier Publishing Co.; 1972.

  1. 46-57.
29. Jack HA, editor. To Dr. Albert Schweitzer: A Festschrift Commemorating His

80th His Birthday. Evanston (Illinois): Friends of Albert Schweitzer; 1955.
30. SchweitzerA.PeaceorAtomicWar?(ThreeappealsbroadcastfromOsloon

April 28, 29 and 30, 1958). London: A. & C. Black; 1958.
31. Cousin N. El Doctor Schweitzer de Lambaréné. Buenos Aires: Editorial de

Ediciones Selectas, SRL; 1965.
32. Schweitzer A. From My African Notebook. London: Allen & Unwin; 1938.

Gac Méd Méx Vol. 143 No. 2, 2007

Urdaneta-Carruyo

 

El hombre como símbolo