Reflexiones en torno al Ser humano

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Por Juan Pablo Contreras 

Licenciado en Filosofía.

      Hablar del ser humano es de entrada un tema inagotable, no hay enfoque que abarque satisfactoriamente todos los aspectos del fenómeno, razón de ello es que son precisamente “enfoques”, es decir,  puntos de vista desde los cuales se mira el tema. La historia nos muestra muchísimos intentos por descifrar la esencia del hombre (si es que existe tal cosa), sin embargo, lo que debemos tener presente es que  toda definición es un intento de categorizar o conceptuar, misma que no se da sino a través del discurso, de la palabra. También tenemos que tomar en cuenta que cualquier idea o creencia no se forma  aislada o separada de  un determinado contexto  histórico, cultural, ideológico, cosmológico, etc. De tal modo que si reunimos a muchas de ellas con la finalidad de compararlas, encontraremos que varias ideas formadas sobre el ser del hombre resultan incompatibles entre sí y hasta contradictorias.  La ambivalencia, la contradicción, las muchas lecturas e interpretaciones ponen de relieve la dificultad del asunto; no obstante, dichas variables nos empiezan a describir la condición de lo que es ser-humano. 

       Lo que intentaremos trazar en estas líneas es una reflexión  valorativa acerca de una pregunta que ha significado mucho para la historia de la humanidad,  asimismo, hemos de reconocer que  son los filósofos los que más tiempo han dedicado a formular respuestas; aunque a veces parecería más bien que se encargan de complicar más los cuestionamientos y llevarlos hasta las últimas consecuencias. Es por ello que haremos mención de algunos de ellos, aunque de manera superficial, para vincular algunas ideas que considero nos ayudarán a entender más la pregunta siguiente: ¿Qué es el hombre? Esta formulación parece muy simple, pues algunas ciencias modernas como la biología podría darnos una descripción muy basta de cómo es el hombre, cuál ha sido su proceso evolutivo, cómo se reproduce, cómo se alimenta, cómo funciona su cuerpo, etc., pero a pesar de todos esos datos estamos lejos aún de una respuesta satisfactoria que englobe la complejidad del fenómeno humano.  Es por ello  que esta pregunta por el ser del hombre representó para Kant la cuestión medular de su filosofía, ya que condensa tres  preguntas  que consideró fundamentales: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer?  ¿Qué me cabe esperar?

     Debemos dejar en claro que la reflexión filosófica actualmente no se da al margen de los datos que proporciona la ciencia, es decir,  la filosofía se sirve y  debe servirse de aquélla para que su discurso sea más inclusivo e integral. Por tanto hemos de partir del supuesto de que el ser humano, tal y como lo conocemos ahora, desciende de una línea evolutiva (aún con sus respectivas lagunas de datos faltantes) que consistió en un proceso de hominización que empieza hace 12 millones de años hasta la aparición del hombre como lo conocemos hoy hace 40 mil años.

     Una característica sobresaliente del ser humano es que está en un cambio constante, al igual que la naturaleza y el cosmos, está en constante movimiento, esto no significa solamente desplazamiento espacial; nos referimos a que está en constante evolución: adaptándose,  modificando su entorno, haciéndose y recreándose a sí mismo; y no lo hace aislado sino  en sociedad, en una constante interacción con los otros. Podemos hablar de un ser de naturaleza inquieta, misma que se  manifiesta en su curiosidad,  en su inventiva, en su originalidad y habilidad para aprender, para desarrollar habilidades  y transmitirlas a los demás.

    El ser humano depende y ha dependido de los otros para subsistir, esto lo convierte en un ser sociable y de convivencia. Aristóteles se refería al hombre como zoon politikón, es decir, como un animal político; el que vive en la polis (ciudad), el que dialoga con lo otros, se identifica con los otros buscado y busca el bienestar común.

    Ahora bien, el ser humano entendido como especie, coexiste en el mundo con otros seres, es decir, comparte el espacio físico terrestre  con variadísimas formas animales y vegetales. No sólo podríamos decir que comparte, sino que necesita de las demás especies para sobrevivir. Todos los seres vivos, incluido el hombre, dependen a su vez de recursos naturales y substancias no vivas para subsistir; como el agua, el oxígeno atmosférico, la tierra etc. No obstante, y he aquí un punto importante,  el mundo del hombre es otro al de los animales y al de las plantas porque entre éste y el mundo se coloca el lenguaje.[1]

    El lenguaje  es esencialmente símbolo, un símbolo es básicamente una representación de algo, de algún objeto o cosa. El símbolo puede ser una seña, un gesto, un sonido, etc. Conformé evolucionó el hombre, evolucionó a la par su capacidad de expresarse simbólicamente. De tal suerte que  el lenguaje se convirtió   en la herramienta que  permitió al hombre abstraer, unir significados, vincular ideas, formar conceptos complejos. Es así como este gran invento del ser humano, se ha convertido en un arma de doble filo, pues aunque le otorgue las capacidades mencionadas, al mismo tiempo lo distancia del mundo, lo separa de él y al mismo tiempo  le da poder sobre él; pues es con el mismo lenguaje con el que  puede explicar el mundo, analizarlo, reducirlo a conceptos, crear paradigmas, mitos, religión, hasta filosofía y ciencia. Inclusive el lenguaje le permitió al hombre concebirse a sí mismo como divino y superior al resto de las criaturas.

    Irónicamente el ser humano quedó preso de su invención,  y el lenguaje se convirtió en un parteaguas clave de la evolución  ya no solo biológica sino cultural, y es la  cultura  la expresión más auténtica y distintiva del ser humano en cualquiera de sus formas: arte, religión, organización social, instituciones, ciencia, tecnología, etc.

    El hombre no puede escapar a la cultura, y desde la aparición del lenguaje se ha formado   en y a través de la cultura, de tal manera que la evolución biológica pareciera ahora complementaria  su evolución cultural. Con respecto a dicha evolución cultura podemos señalar algo muy interesante, ésta ha dependido en gran medida de comportamientos adquiridos que son esencialmente imitados; es decir, nuestro aprendizaje es básicamente una imitación de lo que vemos, oímos,  etc. Por ejemplo la manera en que aprendemos a  usar una computadora hoy en día, es un proceso similar a cuando el hombre empezó a usar herramientas  como un piedra o después lanza. Esto quiere decir que en el hombre está una responsabilidad muy grande, pues nosotros mismos damos la pauta a las siguientes generaciones. Si alimentamos el egoísmo, la intolerancia, la desigualdad, etc., entonces tendremos un mundo más egoísta, más intolerante, y más desigual

   Dicho esto, un punto muy importante es indagar más sobre lo que motivó el surgimiento del lenguaje,  pues bien  apareció primeramente para expresar emociones no tanto ideas o pensamientos, dado que antes de la invención del lenguaje la única guía que tenía el hombre para conducirse en el mundo era seguir sus emociones e instintos. Por lo tanto, parafraseando a Humberto Maturana, existe un vínculo original entre el lenguaje y nuestra capacidad emotiva, especialmente la capacidad de amar, de identificarse con el otro, para el cuidado de uno mismo y de los  demás que no son yo.

    El punto clave en el pensamiento de Maturana es que la racionalidad tuvo su antecedente en el amar, es decir, el hombre en tanto que animal y en tanto que mamífero le es propia la capacidad de emocionarse y de interpretar la realidad  emotivamente y solo después racionalmente.

    Ahora bien, ¿por qué en nuestra cultura[2] se ha supervalorado la capacidad racional frente a la emotiva?,  dado que si el hombre fuera estrictamente racional en su forma de ser, jamás obraría contra  la razón, y sabemos que esto está lejos de ser realidad. En varias ocasiones hemos observado a distintas personas obrar de manera instintiva o viseral y decimos: ¡fulanito ha perdido la razón!, como si hubiera perdido todo rasgo de humanidad.

    Al parecer las definiciones tradicionales se preocupan mucho por situar al hombre por encima de los demás animales, aunque para hacer más justa dicha definición  tendríamos que añadir también que su orgullo y vanidad lo distingue de los animales; ejemplo de ello es que  mucho se ha insistido en que el hombre posee un alma, una naturaleza espiritual eterna, y por tanto se asemeja a dios.

    Nuestro objetivo no es discutir si el hombre tiene un alma o no, y si es de origen divino, mucho menos cuestionarnos sobre la existencia de dios o la divinidad. Lo que pretendemos es resaltar las creencias que han predominado en nuestra cultura occidental y que nos han influenciado determinantemente en nuestra manera de ver el mundo y al hombre en él.

   Para comprender nuestro legado cultural, tenemos que voltear nuestra mirada a la cultura griega antigua, pues en ella encontramos el antecedente a muchas  creencias que junto con el cristianismo (propiamente el pensamiento espiritual judeo-cristiano) conforman nuestra cosmovisión. Una de las grandes figuras en la filosofía griega fue y sigue siendo  Platón, este filósofo afirmaba la existencia del alma, y le confería  una gran importancia, dado que en el alma radica la racionalidad y la capacidad de conocer y comprender la realidad. Asimismo afirmaba que el alma era eterna y subsistente en sí misma, y que antes de unirse al cuerpo habitaba en un mundo ideal y perfecto en estado contemplativo.   Para Platón, el alma debe gobernar el cuerpo, pues éste no representa más que una prisión temporal para aquella.

   Estos planteamientos que hace Platón, como se puede observar, son sumamente compatibles con la concepción cristiana del hombre, donde se le otorga una mayor importancia al alma sobre el cuerpo, éste último se menosprecia y se coloca en un plano secundario. La vida terrestre o mundana se vuelve poco significativa ya que es transitoria, es decir, un medio para lograr un fin más alto: la eternidad (que desde el punto de vista cristiano se vería como la salvación).

   Para los grandes críticos de la cultura occidental como lo es Nietszche, el platonismo a dominado nuestra concepción del hombre, dividiéndolo en dos partes irreconciliables como son cuerpo-alma, de ahí la polarización razón-emoción(pasión), eternidad-temporalidad, divino-mundano, bien-mal, cielo-infierno, etc. Se ha afirmado culturalmente un dualismo antropológico y metafísico.

   Ahora bien, como habíamos afirmado, no es nuestra intención corroborar la existencia de entidades como el alma, sino considerar los elementos culturales que han determinado nuestras ideas sobre el ser humano. Es así como podemos señalar que, nuestra capacidad analítica y la forma de pensar de nuestra cultura ha tendido a dividir, a clasificar y jerarquizar  toda  realidad, incluida la del hombre. Recordemos que somos presos de un lenguaje que nos permite obrar de esa manera. De ahí que las ciencias naturales y humanas se desarrollen aparte unas de otras, como en apartados distintos, cuando el conocimiento debería estar integrado.  Es así como el conocimiento de lo humano, como diría Edgar Morin, “permanece cruelmente dividido, fragmentado en pedazos de un rompecabezas que perdió su figura”.[3]

   Si el hombre posee alma y ésta es divina no es importante para nuestro objetivo, pero sí el hecho de reconocer que es un ser, y su cuerpo es lo más inmediato y constatable; no hace falta especular tanto para maravillarnos del  funcionamiento mismo del cuerpo y sus órganos,  fascinante  y desconocido aún es.

   Con esto dicho, afirmamos entonces que el hombre además de ser racional y poseer capacidades intelectuales, tiene otras propiedades igual de preponderantes que también residen en su cuerpo (cerebro-mente) y que  no se pueden pasar por alto como  su capacidad afectiva; pero también podemos agregar otras como su imaginación, su locura, su deseo de trascendencia, y por qué no su irracionalidad. Además cada individuo posee una personalidad propia, un yo que es intransferible e insondable. La conciencia del hombre es autoconciente, es decir, es conciencia de sí misma.

   Decir que el hombre es animal racional, es una definición muy abreviada que no incluye otros aspectos igualmente humanos. Si la demencia, por ejemplo, se da en el hombre, entonces está en sus capacidades y se vuelve eminentemente humana.

   Lo que tratamos de plantear es que el ser humano, es difícilmente definible, su naturaleza es dinámica no estática, debido a que siempre está haciéndose y cambiando: así como ha evolucionado su cuerpo, también van evolucionando sus ideas, su manera de manifestar emociones, su conciencia, etc.    Buscar una definición que “congele” la esencia del hombre será un esfuerzo inútil. Pero lo que sí podemos hacer es describir al hombre en todos sus aspectos, y reconocer su complejidad, su dignidad y su inacabamiento, pues como hemos dicho, está en un constante hacerse.

  Algunos pensadores se plantearon la pregunta siguiente: ¿El hombre será por naturaleza bueno o malo? Desde luego habrá quienes pensarán que es bueno en estado natural y que el proceso social lo pervierte; otros que afirmarán lo contrario: el hombre es egoísta y malo por naturaleza y el estado permite la convivencia. Sin embargo lo que importa aquí no es decidirse por un argumento u otro; sino reconocer que en el ser humano está potencialmente la capacidad de convivir y fraternizar con los otros y asimismo la de cerrarse a los otros y nutrir el individualismo, el egoísmo y  la violencia. No decidiremos aquí si es una patología o no el comportamiento egoísta y violento del hombre, pero damos por sentado que es una de sus muchas capacidades que, sin embargo, sabemos  pone en riesgo la humanidad y el planeta mismo. Pues esta racionalidad exacerbada y el pensar calculador le ha permitido desarrollar tecnologías que no se emplean siempre para fines nobles.

  En resumen, podemos afirmar que el hombre es un ser complejo que no puede comprenderse a partir de sus características más loables culturalmente como la racionalidad, se debe integrar a dicha definición otras notas que nos ayudan a tener una valoración más integral; reconociendo sus potencialidades y su condición. El hombre es capaz de perfeccionarse y de degenerarse, es por ello que es libre y responsable  de sí mismo; no solamente como individuo sino como ser colectivo.

 

Juan Pablo Contreras. Es licenciado en Filosofía, por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH. Alumno de la Maestría en Desarrollo Humano y Valores, del IAPE CIENCIAS HUMANISTAS.

[1] Mismo que como veremos le permitió formarse la idea de que gobierna a las demás especies y que la Tierra misma está a su merced.

[2] Por nuestra cultura entendemos la cosmovisión occidental del mundo, es decir, la  herencia cultural europea, por ejemplo:  normas sociales, valores éticos, costumbres, creencias religiosas, lenguas, etc.

[3] Apuntes de Antropología Filosófica.