La precariedad del bien

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La precariedad del bien y la posibilidad del ser humano como bien común

 Luis Armando Aguilar Sahagún IFFIM

Introducción

Todas las cosas son buenas bajo algún aspecto, son bienes concretos. Pero su escasez, su carácter inaccesible para las grandes mayorías, los efectos negativos de muchos de ellos, la pluralización de sus significados respecto de cada cultura,  ponen en cuestión el sentido de un bien común. Pareciera que ya nada puede ser común respecto del bien. [1] En cualquier caso, lo que parece caracterizar al bien común es su precariedad. Precario, es decir, pobre, insuficiente, en gran medida ausente de la vida pública, en medio de una cantidad de bienes que se multiplican sin medida.

El ser humano vive bajo el signo de la precariedad, de la carencia, de la incompletud. ¿Cabe afirmar que el primer bien común de la humanidad es el ser humano concreto?  En el presente ensayo intento mostrar que la respuesta es positiva, que el mayor de los bienes sobre la tierra es el ser humano; que la persona concreta es el mayor de los bienes comunes. Existe una relación entre la precariedad concreta de los bienes, la percepción y comprensión que tenemos de la precariedad y el olvido del ser humano como el mayor de los bienes sobre la tierra y en relación con la cual es posible dar un nuevo sentido al bien común. Pero no basta con lo anterior. Es necesario mostrar además que la precariedad de todos los bienes tiene que ver directamente con el hombre. No sólo en cuanto a que puedan ser considerados como insuficientes para satisfacer sus necesidades y aspiraciones. Es posible argumentar que la precariedad de los bienes se deriva, en buena medida, de una carencia en el ser humano mismo: en la comprensión y valoración de sí mismo y de las cosas y de la relación que establece con el mundo. Tiene que ver con el hecho de que la bondad humana no es absoluta, plena. Todas sus obras están marcadas por el signo de su propia insuficiencia, de su incompletud. Su ser encierra una paradoja, a la luz de la cual es posible iluminar la “paradoja del bien”: escaso y sobreabundante a la vez. Una nueva mirada sobre el hombre y sobre el bien que sobreabunda en el mundo podría abrir caminos de solución más radical a los problemas de escasez.  Este trabajo se articula en tres partes. En la primera se examina el significado de la escasez de los bienes y el carácter precario del bien echando una mirada a los distintos tipos de bienes y ámbitos de la bondad, desde los bienes naturales hasta el bien en el ámbito cultural, religioso y ético. En la segunda parte se examina el significado del ser humano como bien común y, al mismo tiempo, como ser indisponible. En la tercera parte se exponen algunas conclusiones e implicaciones.

 

I  La escasez de los bienes y la precariedad del bien

La humanidad se ve avasallada por las fuerzas de la naturaleza. La situación actual del mundo muestra que las catástrofes naturales están ligadas directamente a un tipo de civilización en la que la explotación irracional de los bienes naturales cobra un carácter de depredación, como lo muestran los cambios climáticos, la contaminación de cuencas de ríos, de mares, los incendios forestales causados por negligencia, etc. La humanidad en su conjunto se ha vuelto vulnerable.

La multiplicación de las desgracias, por otra parte, ha llevado a pensar que el mal, los males concretos, exceden con mucho la bondad que hay en el mundo. Catástrofes naturales (Match, Stan, Nueva Orleans), procesos de deterioro cultural, social, dinamismos económicos que acarrean graves secuelas sobre los pueblos, guerras, terrorismo. Philip Nemo habla en este sentido de un exceso de mal.[2] Las secuelas del deterioro que producen los daños a la naturaleza suelen rebasar con mucho las previsiones de recuperación. Una catástrofe como el huracán Tsunami, que azotó a varios países asiáticos, por ejemplo, no sólo dejó secuelas sobre lugares por reconstruir, su infraestructura, etc. Hubo culturas completas que quedaron afectados en sus formas de vida al grado de que su sobrevivencia grupal ha quedado en riesgo.

Tsunami y Katrina son ya dos emblemas de la adversidad que embiste a la humanidad. Incontables muertes humanas, daños materiales irreparables.  En la actualidad no resulta claro sin más que las catástrofes naturales sean hechos brutos que se imponen de manera avasalladora e indefectible sobre el ser humano. Al padecimiento, la impotencia, la impredecibilidad total de lo que amenaza a la vida humana están cada vez más asociados otros términos, como la solidaridad, más o menos eficaz, y la responsabilidad o irresponsabilidad de lo que ocurre, con conocimiento de causa. Las omisiones, las acciones colectivas que se revierten en daños “naturales”, siendo así que en su origen hay hondas raíces de acciones y omisiones individuales o colectivas que desencadenan dichas catástrofes.

Lo que vale para las catástrofes naturales es igualmente válido, creo, en todos los ámbitos de la vida del hombre. Las siguientes reflexiones quienes ser una meditación sobre la precariedad del bien con el propósito de poder contrastarlo con el bien más olvidado sobre la tierra: la persona humana. Con el propósito de esclarecer lo que implica esta expresión, me serviré de un término más próximo y reconocible: el de escasez. La intuición que guía las siguientes reflexiones se basa en la constatación de un hecho simple y no por eso menos paradójico: Lo más abundante es lo más precario. Más exactamente, el bien más abundante está atravesado por un límite, casi de una mutilación en sus posibilidades de hacer del bien el horizonte evidente de acción y de sentido de la vida de la especie humana. Dicho con más precisión: El ser humano está atravesado por el carácter paradójico de la bondad de que es capaz. Esto se plasma en su mundo, sus obras, su cultura y su relación con todo tipo de bienes y en todos los ámbitos.

Escasez de los bienes naturales

La naturaleza es pródiga. El sentido positivo de esta verdad, aparentemente trivial, como lo advierten grupos sensibles a los problemas ecológicos, se encuentra amenazada. La prodigalidad, la abundancia de bienes sufre daños por causa del hombre. Los bienes de la naturaleza son abundantes, pero su permanencia, crecimiento y disfrute por parte de todos los miembros de la especie se encuentra sometido a la irracionalidad, la negligencia, así como a la falta de conocimientos suficientes para hacer de ellos bienes que puedan ser aprovechados por las mujeres y los hombres dentro de sus respectivos contextos culturales. Los bienes de la naturaleza están ahí, como tesoros escondidos, o bien como tesoros sometidos a la corrosión de la acción depredadora de quienes nos servimos de ellos para satisfacer las necesidades que hemos cultivado de forma poco atenta, incluyendo la capacidad de destrucción, despojo e imposición violenta.

Los bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades básicas de los pueblos son insuficientes. No son accesibles para todos en la misma medida. Hay un conjunto de bienes comunes a los que la humanidad como un todo tiene el derecho de disponer, que en la actualidad sólo pueden ser disfrutados por unos pocos: agua potable, aire, tierras cultivables y terrenos para la vivienda, el llamado “patrimonio cultural de la humanidad”: los fondos de los océanos, recursos naturales, vegetación, fauna…[3] Las urbes modernas cobran el perfil de enormes desiertos inhabitables, en las que los bienes se consumen y gastan como meras “cosas” sin otro valor que el de la satisfacción inmediata de necesidades, sin más sentido que el de su existencia efímera. El conjunto de todos los bienes parecen insuficientes para satisfacer las necesidades, los deseos, anhelos y representaciones de felicidad personal y colectiva.

Escasez económica

La economía parte del supuesto fundamental de la escasez de los bienes que pueden satisfacer las necesidades humanas. Los bienes naturales escasean, mientras proliferan una innumerable cantidad de bienes de consumo que se multiplican de acuerdo con una lógica de producción y oferta asociada al desarrollo tecno-científico y de la economía. Los desperdicios y las enormes cantidades de basura acumulada se convierten en focos de infección a nivel colectivo. Los equipos de reciclaje parecen insuficientes para compensar los daños que genera el consumo, o bien el dispendio de esa cantidad de bienes. Aquí se muestra la paradoja de esta palabra, el bien, o mejor, la marcada ambigüedad de este concepto.

En el ámbito económico es un lugar común hablar de bienes escasos. La ciencia económica parte de ese supuesto y hace de él una de sus premisas capitales. Escasez económica no es sinónimo de falta de dinero, como lo es para la gran mayoría de la población. La escasez económica tiene peculiaridades más hondas: La satisfacción de las necesidades humanas no puede ser cubierta por los modos de organización de los sistemas económicos vigentes. He aquí otro supuesto incuestionable de la economía moderna: las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas, de ahí que suela entenderse que  la  “reina de las ciencias sociales”,  la economía, suela entender su tarea fundamental como el estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante la adecuada administración de los bienes escasos (Samuelson).

La escasez económica cobra aquí un sentido más radical. La economía es ante todo un modo de relación humana. El del intercambio, la producción y la valoración de que necesita el ser humano para llevar una vida digna, en convivencia con los demás. Lo que escasea en la economía es entonces la índole, la calidad de las relaciones humanas, la capacidad de valorar las cosas y de compartir esos criterios de valoración; la capacidad de comunicación de todo tipo de bienes, en relaciones de simetría y reciprocidad, como relaciones de intercambio y, más en el fondo, de encuentro entre quienes se vinculan en virtud de las cosas valiosas que generan y son capaces de ofrecer a otros. La escasez económica se hace sinónimo, así, de un empobrecimiento humano, de una falta de alcance de miras en los modos de acercarse al mundo anónimo del mercado, en el que se imponen leyes de carácter casi-natural con una fuerza implacable: los precios, las fluctuaciones de las acciones en las bolsas de valores, la “ley” de la acumulación de capital, la demarcación de jerarquías que establecen claras relaciones asimétricas en las que sobresale el principio de auto-afirmación, poder y seguridad. Lo escaso de la economía es, entonces, fundamentalmente la escasez del hombre que se relaciona con el hombre de cara a un mundo dado, en el que la vista se obnubila frente a lo valioso y lo supremamente valioso: la vida digna, la convivencia cordial y el disfrute compartido de un mundo constituido y construido por personas con un rostro y una capacidad de ofrecer lo que son capaces de producir, generar e intercambiar en un clima se cooperación. La escasez de la economía es la incapacidad de administra la casa común, en que los bienes son, de manera fundamental, dones.

Escasez de los bienes sociales

Bienes sociales son ante todo las personas en cuanto lo que son y hacen se traduce en beneficio de otros, desde el ámbito de las relaciones interpersonales hasta las más extensas redes y vínculos, hasta abarcar la sociedad civil nacional  e internacional. Al hablar aquí de escasez el énfasis recae no en la existencia de numerosas formas de vinculación en todos los niveles, sino justo en su insuficiencia, a la luz del horizonte de demanda que exige nuestro mundo. Bienes sociales son las instituciones, las normas, los ámbitos de vinculación que hacen posible la extensión cada vez más amplia de posibilidades y oportunidades de crecimiento para todos los habitantes de la tierra.[4]

Entre los bienes sociales se encuentra, de una forma muy fundamental, la capacidad de reconocer al otro, en su riqueza y peculiaridad irreducible; la voluntad de escucha y colaboración, el movimiento excéntrico que pospone el propio interés o por lo menos es capaz de relativizarlo a la luz de la necesidad ajena. El hombre es un bien para el hombre y también puede ser un lobo para el hombre (Hobbes). Es su hermano y su enemigo, su competidor y camarada. Lo más escaso de los bienes sociales son, a mi modo de ver, las vinculaciones profundas o  la capacidad de establecerlas en términos de otro como a sí mismo.[5] Y la raíz de esa escasez no sea quizá el egoísmo, sino la incapacidad de descubrir que, en buena medida, “somos el otro” o nos debemos en buena parte a él , a ellos, a un contingente de seres con lo que nacemos vinculados, lo mismo que con la tierra y la corriente de la vida que siembra, en mayor o menor medida, un profundo anhelo de unidad.[6]

Escasez del bien político

Las libertades para ser y desarrollarse entre los demás en términos de reconocimiento, garantía de respeto y cooperación no parecen ser la marca del bien que vincula a los hombres entre sí, como tampoco la exigencia mínima de un trato en condiciones de igualdad para beneficiarse por igual del poder para emprender la empresa común de una comunidad en la que sean incluidos, el voz y el voto, la acción y la colaboración de todos. El bien e política tendría que ser tan común como los bienes naturales, económicos y sociales. La diferencia la marca, históricamente, los modos re organización; la estructura de los regímenes, las fórmulas de participación, representatividad y concepciones de la vida buena de la multitud.

La escasez del bien en política consiste en buena medida, en la pérdida de perspectiva de la política como bien, como ámbito no sólo de confrontación conflictiva, sino de posibilidades reales de soluciones, del ceder y el proponer. El desencanto ante las grandes máscaras que encubren las carencias y pasiones más elementales y se sirven de la violencia, la maña y la mentira han conducido a un escepticismo que toca a la misma naturaleza humana. La raíz de la escasez de los bienes políticos ¿no es el desconocimiento del homo politicus como condición humana, asumido conciente y responsablemente? ¿O es la desesperanza, la desconfianza en que, junto con los otros, incluyendo al gobernante, todo hombre posee la capacidad de gestar un bien que rebasa los intereses comunes? ¿Es la incapacidad de reconocer que hay un bien superior a los planes sin sentido de la acumulación del poder de grupos y partidos? ¿Es la maquinaria sin control de la ignominia organizada o el triste desconocimiento de que los modos más nobles de vida y de vinculación humanas radica justamente en la capacidad de construir un mundo en el que todos puedan ser protagonistas? ¿En la incapacidad de entender que ser zoón politikón es ser capaz de construir, por la vía de la auto-limitación del poder, de su cauce racional, la noble morada del hombre?

Escasez del bien en el ámbito religioso

Este ámbito parece estar referido al bien por excelencia: la vinculación del hombre con su origen y meta. Dios como fuente de la vida y de todo tipo de bienes; Dios como origen de la paz y sumo bien; Dios como fuente de toda bondad en el corazón humano y en todas las obras y relaciones humanas.

La religión ha sido siempre una fuente de bondad para el ser humano. Dispensa consuelo y esperanza, sentido y motivos para vivir y luchar contra todo tipo de adversidades, ofrece una mirada sobre el ser humano y sobre el mundo que no es posible encontrar desde ningún otro ángulo o visión del mundo. En la historia de las culturas la religión ha sido un manantial de fuerzas creativas y de creaciones artísticas y científicas, el ámbito en el que el hombre ha descubierto su propia humanidad, su insuficiencia y limitación así como su apertura a lo Infinito.

Sin embargo, es posible advertir que la religión no constituye un bien en todas sus formas concretas; no todos sus códigos humanizan al hombre; sus instituciones pueden llegar a  pesar más que la vida de sus miembros; los hombres pueden ser capaces de destruirse unos a otros por motivos religiosos; la religión ha llegado a ser un obstáculo para la comprensión entre los pueblos, para la fraternidad y la justicia. Desde la perspectiva más original de las grandes religiones,  la precariedad del bien religioso es la incapacidad humana para vincularse con el Dios de la vida y promover el bien de las personas, de los pueblos, o el desarrollo de la ciencia y de la sabiduría.

Escasez de los bienes de la cultura

La cultura es en cierto modo la fuente y la acumulación de todos los bienes que es capaz de producir el ser humano. La cultura es un bien constitutivo del ser humano, dado que el hombre es un ser cultural: su subsistencia y posibilidades de desarrollo están tan vinculadas con su acción sobre el mundo que resulta imposible concebir a la humanidad sin referencia a la cultura. Él la crea y, al  mismo tiempo, es creado por ella. Se le conoce por la cultura que hereda, en la que vive y encuentra sus posibilidades, y también por la que es capaz de transmitir a las futuras generaciones. Los bienes culturales son los productos de la praxis humana. Suele hablarse de los bienes culturales como “frutos” por la referencia directa que la cultura guarda con la vida en todas sus formas.  Podría decirse que la cultura es la vida humana plasmada en sus obras y que la historia de la humanidad es un enorme campo de cultivo en el que viven, crecen y mueren los hombres.

Una de las grandes paradojas de la civilización actual consiste en estar montada sobre la acumulación de productos culturales que encierran un carácter extremadamente ambiguo: la cultura no es sinónimo de humanidad; los bienes son abundantes, y están acaparados en pocas manos; los bienes naturales son al mismo tiempo bienes culturales que nos hemos hecho incapaces de aprovechar, administrar, cuidar,  distribuir y multiplicar adecuadamente. Jamás el ser humano había logrado una capacidad de controlar y prever el comportamiento de los fenómenos naturales como ocurre en la era de la tecno-cienicia.

Sin embargo, pareciera que el signo de nuestro tiempo fuera la incapacidad de actuar con libertad en un mundo de leyes autónomas. Nunca antes se había conocido una diversidad tan grande de productos con las que el hombre puede satisfacer sus necesidades básicas. Y sin embargo esta posibilidad se ha llegado a convertir casi en un privilegio de una parcela de la humanidad. Nunca como en nuestro tiempo se había penetrado en la estructura de la materia, en el conocimiento de las leyes a que responde su funcionamiento y a la posibilidad de predecir su comportamiento a futuro. Y sin embargo los productos de la ciencia y de la técnica han puesto en peligro la supervivencia de la humanidad. De suyo el contar con ellos no da garantía de una vida mejor.

Por otra parte el mundo actual parece sofocar cada vez más las capacidades de mayor creatividad en los ámbitos del arte y la expresión. Contamos con todo tipo de recursos para hacer accesibles las obras de arte heredadas en la historia, y, no obstante, esos bienes culturales están muy lejos de ser en los hechos un patrimonio común.  Numerosas expresiones artístico-culturales son un reflejo más de la confusión y, en muchos casos, de la abolición de lo humano, que de la riqueza de sus capacidades de creatividad e invención.

Precariedad del bien ético o la moral como bien escaso

Entre todos los tipos de bienes el mayor es sin duda el que es capaz de hacer el hombre. Es el bien ético. El bien ético cualifica toda acción humana realizada en conciencia, libertad y responsabilidad, todos los bienes están como impregnados por el bien ético, la bondad o maldad están referidas a lo que el hombre intenta y produce a través de su acción libre.

Los bienes naturales, culturales, económicos, políticos y religiosos tienen un plus en cuanto el hombre se orienta por ellos en favor de su propia humanización. Por el contrario, estos bienes se vuelven contra el hombre cuando no están envueltos ni orientados por el bien ético. La bondad de las cosas no tiene sentido para el hombre sin referencia a lo que él determine hacer de ellas. La bondad de los bienes económicos está íntimamente ligada a las decisiones por las que aquellos se convierten en medios para satisfacer necesidades y relaciones humanas. El bien de la política es esencialmente resultado de la voluntad de convivencia, de orden, de respeto, reconocimiento, justicia y paz. No existe el bien en el ámbito político al margen de la rectitud y de la responsabilidad social. En el ámbito religioso la bondad se pone especialmente a prueba en las acciones morales del hombre religioso, la bondad de la religión es, en el ámbito de la convivencia, fuente de la bondad moral. Los bienes culturales no son ajenos a la bondad o maldad de quienes los producen o se benefician de ellos.

Aun cuando en el hombre existe la capacidad de optar por el bien y de vivir conforme a el su ser y sus obras llevan la marca de sus propios límites. El ser humano puede llegar a ofuscarse y a vivir en la contradicción: como ser movido a su propia realización es capaz de optar por el mal y de escatimar el desarrollo de su capacidad ética. Se ha caracterizado al bien moral como un bien escaso (Nell-Breuning) para enfatizar la necesidad de optimizar los esfuerzos de la voluntad a fin de poder multiplicar el conjunto de todos los bienes necesarios para la vida.

El ser humano es capaz de grandes realizaciones morales, pero aun estas pueden suponer el costo de valores tan preciados como el de la propia vida,  el ámbito de su irradiación puede quedar sepultado al menos por largos períodos de tiempo ni sus frutos no siempre son perceptibles. Esto se puede ilustrar, por ejemplo, con el destino de la obra de grandes personajes como Mahatma Gandhi. La insólita capacidad de poner en marcha el proceso de independencia de todo un continente se vio empañada de violencia y división en pocos años por las luchas de autonomía entre la India y Paquistán, etc. Aun el bien que el hombre es capaz de realizar está marcado por cierta ambigüedad. La acción buena puede, a la larga, tener efectos negativos, no deseados. Un gran hombre puede  abrir el horizonte de liberación de todo un pueblo y, al mismo tiempo, sentar las bases de una situación de violencia.  El intento por refundar una institución puede traer aire fresco, pero producir descontrol y falta de dirección en ella, una vez que desaparece el lider que pone en marcha el movimiento, o que decae el clima espiritual generado por su personalidad, etc. A la larga se hace patente el carácter vulnerable del bien.

II   El ser humano como ser indisponible y bien común

En la historia del pensamiento el hombre ha sido considerado como bien bajo distintos aspectos. Como bien útil, como bien que puede ser intercambiado (mercancía), como bien en la medida en que forma parte de un todo (colectivismo).

La bondad del hombre también se ha visto sometida a una suerte gradación. El bien como valor y dignidad, que correspondería a los seres en función de otros bienes: posesiones, posición social, títulos, pureza de raza, etc. La concepción moderna de una igual dignidad para todos los seres humanos se funda en la valoración de la libertad como un bien común, que no depende de otros atributos. Aquí se da un desplazamiento. El bien ya no es la persona en sí misma, sino sus derechos, inherentes a su dignidad y libertad.[7]

Por otro lado, también se ha valorado al hombre en función del bien moral. El hombre sería un bien en la medida en que sea un hombre bueno. Se trata de una bondad que podría ser constitutiva o adquirida.  Dependería del mérito de la virtud y del impacto de su acción sobre el conjunto de la sociedad. Uno de los criterios decisivos para reconocer la calidad humana de una persona radica en su capacidad de donación. El hombre bueno es un bien para la comunidad. El hombre malo, un ser que hace daño, frente a quien es necesario ponerse en guardia, o a quien hay que poner bajo control o incluso eliminar de la sociedad.

Los hombres también pueden ser valorados en función de su utilidad, de sus aptitudes y capacidad para contribuir al buen funcionamiento de las instituciones, o de la sociedad entera. Los discapacitados, los ancianos, se convierten en una carga. Se les valora en función de cualidades o, en todo caso,  de los vínculos de afecto, pero no como un buen en sí. Para que esto ocurra -se ha propuesto- sería necesario tomar como punto de partida al hombre en su alteridad radical. Su ser otro se impondría como el bien primero y origen de toda obligación (Lévinas). Su vida, como interpelación de mi libertad y responsabilidad fundaría radicalmente toda otra pregunta y sería el primer parámetro de la conducta ética.

El individuo es un bien común en la media en que es donación, en la medida en que es bien-para-los-demás y bien para sí mismo. El valor de la persona es reconocible a través de la vinculación a los demás, como ser entre los otros. El valor de su individualidad no radica principalmente en lo que le es exclusivo, como si se tratara de una propiedad privada. Su individualidad, indivisible y enteramente propia, es ser sí mismo, no tener-se para sí. El propio valor, la dignidad de la persona es dignidad reconocida en un entramado de relaciones en la que la persona es. Ser alguien es ser reconocido, reconocible, como presencia que demanda atención y cuidado, o como ser que está ahí y es un bien por todo lo que da desde su individualidad. Para que la individualidad sea propiamente un bien común ha de conservar su carácter único, absolutamente insustituible. Además, esa individualidad ha de ser reconocible por la libertad con que se entrega, por un compromiso de toda la persona. Ya no se trata de salvar al individuo de la “masa”, sino de que el individuo sea fermento de la masa por su propia iniciativa, en libertad.

En medio del misterio del mal, despuntaría el milagro del bien cuya fuente es el mismo ser humano. En medio de la precariedad y de la escasez del bien común, la persona descubriría que su mera existencia es un bien para el hombre. El hombre vivo es el primero de los bienes para los demás y, por eso, él mismo es bien para la comunidad, es un bien común.

Esta afirmación encierra una paradoja: por una parte, la persona es un ser capaz del bien: de descubrirlo, nombrarlo, buscarlo, hacerlo y crearlo, en distintos grados y de múltiples maneras.  Es, a la vez, el ser que lo puede ocultar, negar. Un ser que destruye y hace daño. Pero sobre todo, un ser que puede olvidar que él mismo es un bien, para sí mismo y para otros, incluso, si existe, ante Dios mismo. 

 

III  La paradoja de la sobreabundancia

El bien común es un ideal inalcanzable y por eso todos los bienes nos parecerán siempre inalcanzables, insuficientes. El bien concreto es el ser humano. Por ser un fin en sí mismo, el ser humano es indisponible, un ser inalienable en su ser. Puede decirse que es un bien común en cuanto el mero hecho de su existencia encierra de suyo un bien para la humanidad. Es bueno que exista el hombre. Esta es una experiencia básica, una intuición fundamental de cada persona sobre el valor de su propia vida.  Esta afirmación se sustenta en la experiencia del descubrimiento de las cualidades, propias y ajenas, y en la capacidad de desarrollarlas, de hacer cosas de provecho para otros. Más fundamentalmente, se sustenta en la experiencia del amor que se constata en la familia, en la amistad, en la relación de pareja, de comunidad. Esto es válido también para las personas con fuertes discapacidades físicas o mentales. Aun las personas más limitadas pueden convertirse en objeto de cuidado, de amor y protección por parte de quienes sufren sus deficiencias.

Lo que genera la abundancia de bienes es la abundancia de seres humanos conscientes de sí mismos, como fuente de bondad para otros. Desde esta perspectiva sería posible reconsiderar el sentido del bien común. La pluralidad de personas es una riqueza de bienes. Su co-existir es el bien común fundamental. Sobre esta base, sería posible revalorar todos los bienes, reconsiderar su escasez y matizar el sentido de la precariedad del bien personal y colectivo.

El bien es precario porque escasea en el mundo, siendo todo él un desbordante conglomerado de todo tipo de bienes. El mundo pide más bien y se lo pide al hombre, su destinatario. El bien, tan precario como es y aparece, se vuelve sobreabundante cuando el hombre se reconoce capaz de él y se dispone a realizarlo. Un bien precario no equivale a un bien estéril.

La precariedad del bien nace de la incapacidad para valorar lo bueno. También de los límites que el ser humano es capaz de ponerse así mismo para fecundar al mundo por sus opciones y actos. Nace del dispendio de bondad que todo ser humano es capaz de realizar y que pasa desapercibido y está ahí, como simiente de todo lo gratuito, fecundo y hermoso. Frente al carácter precario y paradójico del Bien, al mismo tiempo sobreabundante y escaso, cabe preguntar cómo multiplicar y hacer efectivo los bienes concretos de que disponemos.

El hombre ha olvidado que es un bien. En la toma de conciencia y recuperación de esta experiencia no solo se pone en juego el sentido de la propia existencia. Si el hombre fuera capaz de volver sobre sí mismo, podría descubrir su bondad constitutiva como un modo de ser referido a sí mismo y a los demás, aprendería a valorar todas las cosas, a descubrir el bien que hay en todo.

 


[1]  El bien común es un concepto lastrado de una larga tradición metafísica y moral, incluso moralista. Se ha llegado a considerar el concepto de bien común como un ideal inalcanzable, vacío, que se definiría con independencia de contextos culturales específicos y cuya realización supondría cierta imposición, a veces violenta, sobre la diversidad de concepciones de la vida buena. En el intento de concretizar el contenido de lo que conviene a la vida de la multitud en el orden público, el concepto de bien común ha sufrido un fuerte descrédito en la reflexión filosófica actual. Se tiene la impresión de que su expresión sea el resultado de una abstracción. En lugar de “el bien” se habla de “lo bueno” o de los bienes (Rawls). En aras de lograr una visión que logre aglutinar dichas concepciones o estructurarlas bajo una concepción más amplia, se ha propuesto, por ejemplo, el concepto de justicia, más que el de bien común, dando lugar a un intenso debate filosófico en torno a la primacía de lo justo sobre lo bueno (Ricoeur).  El contexto propio en el que se define lo bueno es el de la diversidad o pluralidad de concepciones y representaciones del mundo y de la vida. El bien común aparece como una noción metafísica insostenible dentro de una sociedad pluralista. Los bienes son concretos, y están ligados a representaciones y valoraciones culturales y sociales (Walzer).

 

[2] Philip Nemo (1994)  Job o el exceso de mal, Caparrós, Madrid.

[3]  Cf. Luis Armando Aguilar (1999). El derecho al desarrollo: su exigencia dentro de la visión de un nuevo orden mundial, ITESO/Universidad Iberoamericana de Puebla, México.

[4]  En este sentido, el Papa Pablo VI hizo notar la importancia del fenómeno de socialización creciente en el mundo contemporáneo.

[5]  Sí mismo como otro es el sugerente título de la importante obra de Paul Ricoeur (1997). F.C.E., México. Sobre todo los estudios V a VII, que constituyen lo que el autor llama su “pequeña ética”.

[6]  Cf. Paul Ricouer “Notas sobre el anhelo de unidad” en Historia y verdad (1991), Encuentro, Madrid, pp.

[7]  Cf. Como advierte Abraham Joshua Heschel la insistencia unilateral en la libertad, desligada del sentido de obligación, puede socabar las bases de la convivencia social. Cf. Abraham J. Heschel (1975). The insecurity of freedom. Essays on Human Existence, Schocken Books, Nueva York, p. 17