Una opción preferencial por la humanidad
Por José Lara.
Alguna vez escuché de un amigo decir que el escritor José Saramago dijo en una declaración que los seres humanos no nos merecíamos el don de la vida. Ignoro si esta frase es atribuible a Saramago y de ser así el contexto en que fue dicha, pues la he buscado entre sus escritos sin encontrarla.
Sin embargo, me he preguntado con seriedad si esto es cierto ¿nos merecemos el don de la vida? ¿Nos merecemos encontrarnos entre los seres vivos de este planeta? ¿Cuáles serían los criterios para decir que merecemos o podemos merecer la vida?
Desde luego, una parte de mis creencias culturales me mueve a pensar que la naturaleza del ser humano es buena y que el don de la vida es eso, una gratuidad de un Ser Amoroso que nos concedió la vida sólo porque quiso. Y que son las acciones malas ejercidas en libertad las que hacen mala a la humanidad. Por otra parte, constato en mi experiencia relacional de vida y en el contexto histórico que me tocó vivir diversas acciones y acontecimientos que fracturan mi fe en la naturaleza humana como bondadosa y perfecta. Como humanidad somos unos seres vivos que a diferencia de los otros seres vivos del planeta vivimos despegados de la naturaleza de la cual somos parte. Hemos creado sistemas culturales, sociales y estructurales que nos ponen en una posición de dominación – explotación de la naturaleza. Es un hecho que no solo vivimos de los otros seres vivos sino que los consumimos e incluso los exterminamos. Hacemos cosas como tener rituales de caza en los que matamos a los animales para probar que somos hombres. Y bueno, sabemos también que hemos alterado los ciclos naturales de la atmosfera, la tierra y el mar.
Los seres humanos somos una especie de seres vivos que usa y abusa del poder en la relación con los otros seres vivos y no vivos de la tierra. Una especie dominante que ha creado sistemas políticos y económicos para usar el poder en contra de sí misma. En el paradigma del poder los otros humanos son “recursos”, “objetos” que se pueden consumir y desechar.
Los ejemplos son diversos: la explotación que realizan las grandes transnacionales en países pobres, la pobreza extrema de millones de mexicanos, la inseguridad en la que está sumida en País, los 207 feminicidios registrados en lo que va del año, entre otras. Y quizás algunas personas vean esto como lejanas, sin embargo, si miramos la cotidianidad de nuestras interacciones nos topamos con situaciones muy dolorosas en las que la violencia ha tomado mayores dimensiones en nuestras escuelas, casas y calles de la ciudad. Nuestros niños y adolescentes están inculturizando la violencia como una forma de vida: no se sorprenden ante la muerte y las acciones de acoso que conocemos como bulling y stockear que son acciones de violencia física, verbal, espiar la intimidad vía internet, facebook, etc. ¿No son los niños la mejor expresión de la dimensión amorosa de la humanidad? ¿No decimos que cada niño es un mensaje de esperanza en que Dios renueva su fe en el ser humano?
El escritor y poeta José Saramago era una persona con una profunda opción por la humanidad. Cuestionaba la política tanto a la derecha como a la izquierda. Era capaz de denunciar las estructuras e instituciones de poder políticas, religiosas y económicas. No tenía, o por lo menos así lo parece, un sentido de trascendencia, sin embargo, o quizás por ello, luchaba por la vida del ser humano. Era capaz de “estar al lado de los que sufren y en contra de los que hacen sufrir”. Cuando en 1998 le dieron el Premio Nobel, Saramago, reconocía “que él no tenía poder para cambiar el mundo, pero sí para decir que era necesario cambiarlo”. Y se preguntaba en su video relato “la flor más grande del mundo ¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tiempo venimos enseñando?
Y es que estar en un proceso de desarrollo humano y valores, nos implica constatar en cada uno de nosotros la contradicción humana, como dice mi amiga Karim Rivera:
“A veces, muchas veces, siento una culpa inmensa por lo que hemos hecho como especie en la tierra, que quiero redimirlo y resolver todo. Ayudar a todo mundo. Sacar a mi país del sufrimiento en el que está sumido, sacar a las otras mujeres de la situación de represión en la que viven, a los niños y niñas... En fin, se entiende el punto. No sé cómo la misma persona que a veces desea intensamente que nos extingamos, es la misma que todo los días piensa en cómo hacerle la vida más llevadera a otras personas”.
Quizás es el momento cultural de reconocer y asumir las luces y sombras de la humanidad. Comprender que nuestra creación humana de la cultura, es decir, lo que cultivamos puede ser inmensamente constructivo, o bien, destructivo.
Como seres inacabados, en posibilidad de, podemos generar procesos que renueven nuestra cultura desde el paradigma holístico y una ética del cuidado y la comprensión, que reconoce fundamentalmente que somos Islas habitadas, cada uno de nosotros viviendo su individualidad con – los – otros y para – las – otras – en – el - mundo. Vivimos en relaciones concretas y nuestra naturaleza consiste en vivir comunitariamente. Y sólo podremos subsistir si aprendemos a cuidar - nos y a comprender – nos.
Termino, una vez más haciendo referencia a un bello poema de José Saramago, especialmente dirigido a las graduandos de la Maestría en Desarrollo Humano y Valores.
En la isla a veces habitada
de lo que somos,
hay noches, mañanas y madrugadas
en que no necesitamos morir.
En ese momento sabemos
todo lo que fue y será.
El mundo se nos aparece
explicado definitivamente
y entra en nosotros
una gran serenidad,
y se dicen las palabras
que la significan.
Levantamos un puñado de tierra
y la apretamos en las manos.
Con dulzura.
Allí está toda la verdad soportable:
el contorno, la voluntad y los límites.
Podemos en ese momento decir
que somos libres,
con la paz y con la sonrisa
de quien se reconoce y viajó
alrededor del mundo infatigable,
porque mordió el alma
hasta sus huesos.
Liberemos sin apuro la tierra
donde ocurren milagros
como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros
es en este momento la vida.
Que eso nos baste.
20 de agosto del 2010.















