En un lejano lugar, un buscador se aventuró más allá de sus fronteras geográficas y culturales, andaba tras la verdad. Recorrió países, pueblos y bibliotecas, y en cada lugar visitaba a maestros, científicos, sacerdotes y chamanes; en ocasiones se quedaba largos años, escudriñando entre los libros, las palabras y los humanos, a veces, cuando parecía que toda su manera de mirar el mundo le daba las respuestas adecuadas, nuevas experiencias y descubrimientos filosóficos, científicos, simbólicos, religiosos y artísticos, le movían e inquietaban, y así, una vez más, se lanzaba a nuevas preguntas y diversos caminos que recorrer.
Cuando su búsqueda parecía no tener fin ni sentido, unos pueblerinos le contaron que entre las montañas vivía una mujer vieja, tan antigua como la tierra, que tenía en su haber todas las verdades a todas las preguntas… y una vez más emprendió el camino. Se adentró en las montañas, cruzó ríos y veredas, y en cada lugar preguntaba por la sabia mujer a los ancianos, a las mujeres y a los niños, iba en una dirección y en otra, hasta que de rumbo en rumbo y de tumbo en tumba miró una cabaña y en sus afueras un letrero que decía: “Se venden verdades”.
Seguro de que había encontrado a la sabia anciana, se apresuró a tocar a su puerta. Enseguida la mujer le abrió, le dio el pase y sin más le preguntó - ¿qué clase de verdad deseas comprar? Y le mostró distintos cofres de plata engarzados con piedras preciosas, que contenían: verdades religiosas, cosmológicas, filosóficas, psicológicas, sociológicas, biológicas, literarias, etc.
El buscador ya tenía conocimiento de muchas de estas verdades, sabía que las verdades van cambiando de tiempo en tiempo y que lo de hoy estaba escrito ayer y se volvería a escribir de mil maneras nuevas, así que dijo a la anciana:
- Yo quiero saber cómo conocer la verdad, deseo encontrar cómo se genera el conocimiento, cómo se conoce lo que se conoce, y poder así discernir las verdades que me darán la llave del conocimiento de la realidad y de nosotros mismos como realidad que conoce. La anciana lo miró por unos momentos y lo introdujo a otro espacio de la casa y le mostró las llaves de oro: escéptica, racionalista, empirista, idealista, crítica, fenomenológica, positivista lógica, analítica del lenguaje, constructivista, zubiriana, determinista, lineal progresiva, cibernética, compleja, etc.
- En estas llaves encontrarás lo que pides. El buscador preguntó: - ¿qué clase de pago tengo que dar para comprarlas? La anciana respondió: - Con todo lo que te ha implicado la búsqueda, tú ya has dado el pago, puedes tomar las que quieras. Con alegría el buscador empezó a tomar las diversas llaves, comparaba unas con otras, las examinaba… se preguntaba ¿cuál de estas será útil para conocer la realidad?
En eso estaba, cuando vio un cofre de madera tosca en el que estaba tallada la palabra realidad, en sus costados se encontraban múltiples cerraduras. A sabiendas de que no había que despreciar la más mínima verdad le preguntó a la anciana - ¿qué clase de verdad contiene ese cofre? - ¡Ah!
Contestó la anciana, en ese cofre está la verdad completa, es decir, la verdad de todas las verdades, la que puede revelarte la realidad de todas las cosas. De inmediato, el buscador quiso abrir el cofre, pero la anciana se lo impidió: - Un momento, este precio aún no lo has pagado. – Dime, preguntó el buscador: ¿Qué tengo que hacer para pagarlo? La anciana respondió: - Para comprarlo has de probar una y otra vez las llaves, inventar nuevas y aún la que abrió en algún momento una cerradura en otro momento no te servirá… has de desprenderte de todas las verdades que conoces, vivir verdades sin certidumbres, dudar de todo lo que has encontrado, quedar en la ignorancia y en la inquietud constante para llegar a la sabiduría…
El buscador recordó todas las verdades que había encontrado, miró todas las llaves que tenía en sus manos, se acercó al cofre de madera y pensó: ¿Desprenderme de todas estas verdades? ¿Por qué dudar de todo lo que he encontrado? ¿Acaso no son trozos de verdad para llegar al rompecabezas completo? ¿Echar por la borda todos estos años de intensa búsqueda y conocimiento? ¿Ignorar a mis sabios maestros? ¿No me dejaría eso solo, sin quién compartir conocimientos? Y todavía más, ¿qué pasaría si lo que encuentro es nada? ¿Qué pasaría si la única verdad absoluta es que no hay verdad absoluta? ¿Y esta no verdad a qué otras verdades me llevaría? ¿No me conduciría esto a un camino sin fin? ¿Y si no hay nada que encontrar?... El buscador pasó dos días frente al cofre de madera y al final...
La llave epistemológica de la verdad
MTF. José Luis Lara Ramírez















