COMO CONQUISTAR LA FELICIDAD SEGÚN EL PENSAMIENTO DE GOETHE Y DE LOS MAPUCHE
Por Ziley Mora Penrose
“Al mundo sólo se le puede prestar algún servicio con lo extraordinario…Para poder hacer algo antes hay que SER algo” . [GOETHE, en sus conversaciones con J.P. Eckerman]
Quizá como ninguna otra pista, la clave más estratégica que viviera y practicara Goethe para ser feliz sea ese tan genial hábito –la capacidad intuitiva de distinguir las voces de los ecos- que él mismo percibiera y celebrara como la máxima virtud en el Archiduque Carlos Augusto de Sajonia-Weimar-Eisenach, aptitud que en él también resonara tan especialmente: “Junto a las diez voces que pudieran llegar a sus oídos sobre determinado asunto, él atendía a la undécima, la mejor de todas, que era la que resonaba en su propio interior. Todo lo que los extraños pudieran susurrarle al oído le dejaba indiferente…[…].Deseaba con toda su alma sólo lo mejor...” De inicio esto establece el marco o cota superior por donde lo humano debe autohabilitarse si es que desea conseguir el don de la felicidad: el ser feliz es una consecuencia de ciertas elecciones, preconcepciones que se imponen antes de cualquier práctica, las cuales siempre deben hacerse de acuerdo con el criterio anterior y predefinido de aspirar a los dones más altos, a lo que es supremo, eligiendo siempre lo óptimo dentro de las posibilidades que vienen con las circunstancias. Y lo que es mejor para una persona es aquella opción que mejor resuena con su interno sentir y percibir; es decir, atender aquella voz propia que casi siempre la intuición del sabio cuerpo le insinúa.
Este nos lleva entonces a uno de los grandes temas goethianos, el tema de la naturaleza demónica. Y a pesar que podemos traducirla como el escuchar la voz del ‘demonio interior’ (del griego daimon”: genio o demonio que cohabita nuestra alma y que equivale al gemelo invisible de nuestra alma), esta naturaleza en nada tiene que ver con la naturaleza malévola de un Mefistófeles ni con el concepto cristiano de Satanás, ya que lo demónico se manifiesta en una capacidad de acción decididamente positiva. Prácticamente equivale a la inspiración interior y anterior que traemos como don, carisma, tarea y misión y que es fuente de un dinamismo y de una inquietud ilimitados. Porque si queremos afirmar verdaderamente algo en el mundo, si nuestro objetivo es trascender en una opción dejando un tipo de legado en alguna parte, hay que unirle a esa pasión “un poderoso tercero, la fuerza de lo demónico, que suele acompañar a toda pasión y que en el amor se encuentra en su elemento”.
Es interesante señalar y hacer un paralelo explicativo entre el concepto griego de daimon, que tanto lo encandilara (Goethe debe ser el último intelectual occidental que lo ubica en el centro hermenéutico que explica el genio y singularidad de las personas) ese concepto de venir al mundo acompañados por un hado particular del destino, y relacionarlo con otras cosmovisiones. Es decir, apreciar cómo entra en tan perfecta sintonía con otras culturas aparentemente tan distantes del universo goetheano como lo sería la cultura mapuche del antiguo Chile. Y aquí correspondería al concepto de ngen, vocablo nativo que significa “dueño”. Tanto en el pensamiento de Goethe como en ésta y otras tradiciones nativas prehispánicas, todo tendría un “dueño”, todo en la naturaleza lo comanda un ngen específico. En general las personas nacen para servir a un “otro más poderoso” y traen o tienen sus ngen o daimon particulares, sus “dueños personales”. Vale decir, de acuerdo al desarrollo evolutivo de las conciencias (Goethe concebía el propósito de la vida personal como un ascenso hacia el autoperfeccionamiento y la calidad interna) de sus pellü o “espíritus”, ciertos individuos se diferencian de los que solo tendrían un “alma-humana simple”, ya que habría una jerarquía interna entre los seres humanos y una enorme diversidad oculta, pues habrían –como todo en la Naturaleza que se ajusta a órdenes altos-mejores y bajos-peores- niveles superiores e inferiores de ngen. Un ngen o daimon poderoso y especial sería el de las machis, por ejemplo, cuyo espíritu pasa a llamarse filew. Goethe se fascinaba con el daimon de un Napoleón, que le empujaba , en toda circunstancia, a ser siempre él mismo. O con el daimon del archiduque Carlos Augusto: “Cuando el espíritu demónico lo abandonaba y dejaba sólo su parte humana, no sabía muy bien qué hacer consigo mismo y lo pasaba mal”.
Este mismo espíritu asesora a un Emperador o a una machi, ya sea en la vigilia, el sueño, en determinados dilemas, trances o visiones. Desconocer o negar el propio ngen que cada persona sirve ocasiona, a la larga o la corta, desgracia. Pero la mayoría de las personas que se extravían de la felicidad se extravían en realidad de sí mismas ya que no se conectan con el antiguo daimon o ngen propio, sino que escuchan voces ajenas y parásitas (el “programa” de las de las familias o las de la cultura que se vuelven como grabaciones en off, obligantes) e insensiblemente adquieren otro ajeno, de un modo inconsciente y mecánico, por contagio, colonización o “invasión”. No disponer de comunicación fluida y cercana con el auténtico hado que uno trae, no escuchar su sutil (a veces evidente) llamado que invita –pero que a veces también obliga, como a ciertas personas claves del destino, shamanes como las machis, por ejemplo- no tener un vivir contactado con él, es exponerse dramáticamente al extravío, el sin sentido, la frustración amarga y a la enfermedad. La razón es que esa persona queda desprovista de propósito, desprotegida del influjo sutil del Cielo, para pasar rápidamente a ser “invadida” por el wekufe, el “mal” , cuya traducción literal en la cultura mapuche es “experto obrador de afuera”, ya que al no vivir alineado con éste, la persona queda expuesta a ser ocupada de otros ngen que no son de ella misma sino de otros que parasitan y comen sus energías. Ese mal, en el pensamiento de Goethe equivale a algo tan similar, como cuando dice “el miedo supone una debilidad desidiosa y un estado de receptividad en el que a cualquier enemigo le resultará fácil apoderarse de nosotros’. Para él , el mal , también era ese pacto mefistofélico con las fuerzas involutivas y alienantes que seducían a Fausto, llevándolo a rebajar su dignidad individual a la vulgar vida de placeres fáciles no acumulables. Es decir, a desdibujar su rostro propio en el alma común de la vida sin ese alto e “imposible” amor por el eterno femenino, que pasa a operar como ese “tercero que nos obliga a ascender”.
Digamos al final algo definitivo y rotundo que confirma a Goethe y a los mapuche en su genial intuición. Creemos que el genio de Goethe fue justamente explicar lo que era el genio, el daimon, y vivir conforme al suyo propio. Porque es admirable recordar que todas estas ideas vienen ya implicadas en la definición misma del concepto de felicidad. Felicidad es eudaimonia, es decir, literalmente “la vivencia del buen [eu] demonio [hado] o dueño propio”. El idioma griego, matriz de Occidente es inapelable: solo se alcanza la felicidad si uno es fiel a su buen daimon, cuando uno vive siempre de acuerdo consigo mismo, expresando el genio o hado de ese destino personal autoescogido antes de nacer…
Referencias bibliográficas:
(*)Todas las citas corresponden a J.P. Eckermann, estampadas en sus “Conversaciones con Goethe”, Editorial Acantilado, Barcelona, 2005 ]
Ziley Mora es filósofo, etnógrafo, experto en cosmovisiones indígenas de Chile y México y Consultor independiente en Procesos Humanos ( Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla )















