Espiritualidad: la relación trascendente

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ESPIRITUALIDAD: LA RELACION TRASCENDENTE

 Autor: Benjamín González  Buelta S.J.

INDICE

 

CAPÍTULO 1  

Espiritualidad: una palabra peligrosa.

CAPÍTULO 2

El respeto a lo real.

2.1 Las cercas de la injusticia dividen, excluyen y matan.

2.2 La fragmentación de la cultura

2.3 El pluralismo religioso

2.4 Las heridas personales

CAPÍTULO 3

La Integración siempre mayor.

3.1 La integración de la persona.

  • Un cuerpo atravesado por el Espíritu
  • El pensamiento que nos clarifica
  • La afectividad en el centro
  • La decisión por la vida nueva

3.2 La integración en la realidad.  

  • El cosmos está en el camino
  • El otro, la diferencia que nos acompaña
  • La historia que construimos
  • La comunidad que sirve a todos

CAPÍTULO 4  La cotidianidad ungida por el espíritu.

4.1     Contemplación de Dios en el abajo de la realidad

  • Dios nos habla de muchas maneras   
  • Contemplar su persona una y otra vez 
  • La contemplación en la tarea educativa

4.2     Discernir la inagotable novedad de Dios entre nosotros

  • Descubrir la novedad de Dios     
  • La oración del discernimiento  
  • La práctica del discernimiento en la Educación

4.3     Atravesar con la mirada contemplativa las cáscaras de la realidad

  • Dios nos necesita 
  • Contemplación en la acción     
  • Educar como acto creador       

4.4     La fiesta final de la historia ya empezó en medio del camino

  • El carácter festivo de la vida evangélica
  • La alegría de la cosecha 
  • La educación y la alegría  

CAPÍTULO 5  Tejiendo el tapiz del reino de Dios.

 

CAPÍTULO 1

 

Espiritualidad: Una palabra peligrosa

 

“¿Hasta dónde podrán volar el Ingenio, la Ilusión y los Anhelos?”

(P. J.M. Vélaz. Testamento)

 

La persona espiritual es la que vive abierta y dinamizada por el Espíritu de Dios que está en nosotros, y no sabemos hasta dónde podríamos volar en la tarea de inventar y crear el futuro más libre y justo para todos, si nos dejásemos impulsar por él.

Pero la palabra “espiritualidad” suena a muchos como peligrosa. Tienen razón. A nuestro lado vemos personas que acuden a buscar diferentes experiencias espirituales para aliviar las incertidumbres interiores, pero olvidándose del prójimo, especialmente de los más pobres a los que perciben como una amenaza para su bolsillo, para su tranquilidad o para su tiempo, y apartándose de las luchas de la historia que son necesarias para construir un mundo más humano.

Otras personas buscan entrar en el escurridizo mundo de “los espíritus”, para ponerlos de su parte, mediante rituales mágicos que les aseguren buena suerte, el dominio sobre sus enemigos y el control sobre las amenazas difusas que se ciernen sobre su futuro. Hasta en los países más desarrollados, en medio del vacío religioso que deja el ateísmo contemporáneo, han reaparecido innumerables videntes, brujos y expertos en rituales exóticos que tienen clientela de muy buena paga. Mezclando ornamentos que parecen sacados de viejas sacristías con adornos exóticos, exhiben su oferta de felicidad en pantallas y anuncios clasificados.

Muchos creen hoy que el único mundo serio y consistente que existe es el de la ciencia y la técnica. Lo que no pueda resistir el paso por los laboratorios y los estudios científicos hay que dejarlo porque no es más que un mundo mágico en la cabeza que impide que la humanidad se haga plenamente responsable de su vida y de la historia.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

• •

¿Qué ideas, imágenes, sentimientos te vienen a la mente cuando escuchas la palabra espiritualidad? ¿Cuál ha sido tu experiencia en este ámbito?

La espiritualidad cristiana es muy diferente. Nosotros creemos que el espíritu humano, de toda persona, está abierto al encuentro y al diálogo con Dios. Nosotros no estamos encerrados en este mundo en una cápsula blindada, sin comunicación con la trascendencia, con el Dios personal que se nos ha revelado en Jesús de Nazaret.

Jesús estuvo tan abierto al Espíritu de Dios, que no había ruptura ninguna entre él y Dios. Es el Hijo de Dios encarnado en un cuerpo humano, en una existencia como la nuestra, discerniendo en cada encrucijada de su vida lo que debía hacer, lo que conducía a la vida en plenitud, en lucha contra las fuerzas destructoras de las personas y causantes de las grandes injusticias en los pueblos.

Jesús vivió la verdadera espiritualidad, porque sintió y actuó según el Espíritu en medio de su pueblo, en plena solidaridad con él. En diferentes momentos de su vida, lo vemos orando, comunicándose con el Padre, para poder encontrase con él, sentir su cercanía, descubrir la propuesta de vida que le brindaba, y realizarla con alegría y fortaleza aunque tuviese que enfrentar grandes amenazas. Por eso, fue toda su vida un ser original y sorprendente, una imagen perfecta del Dios de la vida. Al verlo a él, vemos a Dios en medio de nosotros

También nosotros, cuando hablamos de espiritualidad, buscamos entender y asumir ese mismo camino de Jesús: vivir según el Espíritu, entrar en comunicación con el Espíritu de Dios que está en la hondura de nuestra persona, y que quiere mantener un encuentro sin fin con cada uno de nosotros, para que podamos ser plenamente nosotros mismos, y así aportemos nuestra originalidad irrepetible en la construcción de la justicia y de la verdad que este mundo necesita, superando todos los obstáculos que la amenazan.

Este es un gran desafío para toda persona, y especialmente para un educador, pues tiene que ayudar a los educandos a descubrir y dar a luz su propio ser original. Si el educador ha aprendido a dialogar con su propia profundidad, si ha logrado establecer un diálogo permanente con ese último y más afinado misterio de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, será entonces una persona con espiritualidad y podrá ayudar a los educandos a realizar también esta comunicación decisiva.

Como en toda comunicación, también en ésta se aprende, se crece, se perfecciona, o simplemente se ignora hasta convertir las propuestas de Dios que surgen en el corazón, en un ruido perturbador e ininteligible.

Sin espiritualidad no se puede comprender la historia de Fe y Alegría, ni se podrá comprender tampoco su futuro. Como el mismo P. J.M. Vélaz dice:

“Sin mística, sin audacia y sin generosidad, supliendo la pobreza de capital y de técnica, el camino de Fe y Alegría hubiera sido una quimera inerte... Pero esta vitalidad espiritual fue en todo momento el valor del pensamiento difícil y de la planificación austera”.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

 Se plantea que la espiritualidad cristiana es distinta. ¿En qué se basa esa diferencia? ¿Cómo se entiende esa espiritualidad, desde la vida y actuación de Jesús de Nazareth?

 

¿Cómo entendemos nosotros eso de que no se puede comprender la historia ni el futuro Fe y Alegría sin la espiritualidad?

 

Hasta ahora, ¿Qué cosas me van quedando claras y qué dudas me van surgiendo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

El respeto a lo real: “Un mundo roto”

 

Para vosotros los que vendréis,

(P. J.M. Vélaz: Testamento)

 

Nosotros tenemos que vivir según el Espíritu, dejándonos conducir por él, en medio de un mundo con profundas fracturas sociales, culturales, religiosas y personales, que no están simplemente fuera de nosotros para contemplarlas como en un escenario, sino que atraviesan por el centro de nuestra persona, de nuestras familias y comunidades, rompiendo y desgarrando.

El Espíritu de Dios es uno y el mismo en toda persona, entrando en cada situación y asumiéndola en un diálogo permanente con nosotros. El no crea relaciones de dominación ni de competencia sino de libertad, para que las diferencias que encontramos sobre la tierra, como expresión de la inagotable creación de Dios, no se enfrenten sino que se complementen.

2.1. Las cercas de la injusticia dividen, excluyen y matan

Dentro de nosotros llevamos con dolor las situaciones de pobreza que afectan a la mayoría de la población en los países de América Latina. Barrios marginados han crecido aceleradamente, sin planificación, disputándose metro a metro un espacio en los terrenos difíciles y peligrosos. Millones de campesinos siguen abandonados a su suerte en selvas, montañas y campos alejados de los núcleos urbanos que concentran los servicios básicos. No son sólo pobres, sino empobrecidos, con una larga historia de despojos alojados en su cuerpo y en su espíritu, relegados a una situación que hoy se deteriora cada día más.

Actualmente observamos cómo la pobreza crece en número y en profundidad. La “brecha digital” entre los más empobrecidos y las élites que acceden rápidamente a los beneficios de las últimas tecnologías se profundiza a ritmo acelerado. Los marginados han pasado a ser los excluidos, los que se han quedado fuera del proceso de enriquecimiento y acumulación que estructura la economía actual del mercado neoliberal.

La desigualdad creciente entre los pueblos, entre el Norte rico y el Sur empobrecido, ha generado, como si se tratase de vasos comunicantes, una emigración ilegal indetenible hacia Estados Unidos y Europa. La confrontación que genera este éxodo queda dramáticamente expresada en el muro que recorre la frontera de México con los Estados Unidos. Tratando de atravesar esa frontera, de alcanzar su sueño, más de mil personas mueren cada año expelido fuera de sus países por la miseria, y a los mismos tiempos succionados por la imagen que proyecta el Norte de una vida mejor para ellos y para su familia.

Entre los pobres hay muchas rupturas interiores, no sólo por las carencias materiales, sino también porque no cuentan, no tienen valor como personas, son tratados como gente de categoría inferior, son burlados impunemente por los sucesivos gobiernos, y quemados como leña para calentar las constantes campañas electorales.

Pero también hay muchas personas que han escogido la tarea de cambiar esas situaciones difíciles con nuevas organizaciones populares, fortaleciendo la “sociedad civil”, apoyando los procesos de educación formal e informal, apostando por un futuro más justo para los pobres. Podemos decir que son personas con espíritu, porque de una manera o de otra están abiertas al Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5), y no quiere que las situaciones difíciles se cierren sobre nosotros como la losa de un sepulcro. Las escuelas de Fe y Alegría, con toda su comunidad educativa, son unos de los ejemplos más luminosos para los pueblos de América Latina.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

¿Cuáles son esas rupturas internas y externas con las que nos vamos encontrando en el día a día? Intenta revisar las diversas dimensiones en las que te mueves (familia, escuela, alumnos, barrio, compañeros etc.)

 

¿Cuándo afirmamos que alguien es una “persona con espíritu”? ¿Cómo se nota que es una persona con espíritu”? Recuerda personas u organizaciones que viven y actúan como “personas con espíritu”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 2.2 La fragmentación de la cultura

 Hoy se extiende por el mundo entero, llegando hasta los últimos rincones perdidos en la geografía marginal, una cultura generada en los países ricos, que llamamos modernidad y post-modernidad. Trasmiten una idea de la vida humana que, en muchos aspectos, choca con violencia contra las culturas tradicionales y las rompe en pedazos.

Una persona puede haber sido educada en su niñez en una cultura tradicional, con una visión mágica del mundo y de la historia, creada a partir de narraciones trasmitidas oralmente en las reuniones familiares. Ha aprendido que existen espíritus mágicos que pueblan la naturaleza y actúan sobre las personas, bienes, cosechas..., protegiéndolas o haciéndoles daño. Más adelante, esta misma persona ha estudiado y ha encontrado en los libros y las aulas el mundo científico y técnico propio de la modernidad. Finalmente, a través de los medios de comunicación, del contacto con turistas, de amigos que han viajado fuera de su país, puede ser alcanzada también por la post-modernidad que, reaccionando contra la modernidad y sus frustradas utopías de construir un mundo más justo para todos, busca satisfacciones inmediatas sin preocuparse por la transformación de este mundo.

La persona puede pertenecer al mismo tiempo a diferentes características culturales que van cayendo dentro de ella como capas de diferente calidad, superpuestas unas sobre las otras, sin integrarse, contradiciéndose entre sí, creando una dolorosa lucha íntima que no sabe expresarse, y que va socavando la consistencia interior en un proceso desintegrador muy profundo. Cuando llega un momento especialmente conflictivo, los diferentes estratos culturales, que cayeron uno encima del otro pero no estaban bien trabados entre sí, se deslizan unos sobre los otros y la persona se rompe.

En medio de esta realidad cultural tan fragmentada, encontramos personas con una profunda espiritualidad, en comunidades cristianas vivas, con un alto grado de comprensión de los complejos mecanismos sociales y culturales que los quieren asaltar. Han aprendido a expresar con claridad la firmeza de las convicciones evangélicas que mueven su vida, y con gran fortaleza se comprometen y se organizan para defender su propia identidad y el futuro que buscan.

Estas son personas con una espiritualidad profunda, es decir, se están dejando conducir por el Espíritu de Dios, con el que vienen sosteniendo un intenso diálogo tanto personal como comunitario. Esta experiencia es más fuerte y unificadora de la persona que los mecanismos impuestos por la cultura dominante con todo su despliegue de medios fascinantes, para seducir y apoderarse de los sueños y los comportamientos de las personas, haciéndolas consumidoras compulsivas de sus productos, admiradoras de los ídolos artísticos o deportivos que promueven, y fieles fanáticas de sus espectáculos.

“...capas de diferente calidad, superpuestas unas sobre las otras, sin integrarse, contradiciéndose entre sí, creando una dolorosa lucha íntima que no sabe expresarse, y que va socavando la consistencia interior en un proceso desintegrador muy profundo...”

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Intentemos visualizar esta problemática en un ejemplo de la vida real. ¿Qué experiencias de “vida integrada” conoces? ¿En qué se nota esa integración? ¿Cómo es eso de “dejarse llevar por el Espíritu?

 

2.3. El pluralismo religioso.

Ya no vivimos en un universo religioso uniforme. Los nombres de otras religiones de las que habíamos oído hablar en otros tiempos como de personajes exóticos están más cerca, se asoman con naturalidad a nuestros televisores, pueden ser compañeros de trabajo e incluso pueden llamar a la puerta de nuestra casa ofreciéndonos la salvación y la invitación a participar ya en la comunidad de los salvados.

Durante los últimos meses, todos hemos conocido mejor el fanatismo religioso de los talibanes en Afganistán. Intentaron por todos los medios imponer a todos los afganos una visión muy estricta del Islam, sometiendo a recios castigos a los trasgresores. Eliminaron todo signo religioso ajeno, como sucedió con las dos estatuas gigantes de Buda, que habían sido respetadas durante siglos, a las que dinamitaron. Brindaron su territorio a la red de Al-Qaeda, de cuyo grupo salieron los terroristas que ejecutaron el atentado del 11 de septiembre en Nueva York.

Mucha gente anda desconcertada. En las librerías de los aeropuertos, en las ferias culturales, en las pantallas de los televisores, en las librerías de nuestras ciudades, nos encontramos con con un gigantesco supermercado religioso con todas las ofertas. Muchos se sirven algo de todo sin mucho criterio de selección

El fanatismo tiene una visión fundamentalista de Dios y del mundo, es impermeable a todo diálogo e intolerante con toda diferencia, y pretende imponer su visión a los demás con todos los medios a su alcance. Hay otros fundamentalismos menos violentos que los talibanes, pero también son excluyentes y se consideran a sí mismos como los únicos que alcanzarán la salvación dentro de su comunidad, que consideran la única verdadera.

También encontramos la tolerancia religiosa. Muchas personas creen que su religión es la única verdadera, y toleran que otras religiones también puedan desplegar sus actividades mientras no pongan en peligro la propia religión ni destruyan la convivencia ciudadana.

Estas dos posturas son insuficientes. Más allá del fundamentalismo y de la tolerancia, necesitamos el respeto religioso. El respeto tiene en cuenta las diferencias, las mira con interés y las acoge para entrar en un diálogo con ellas. De un verdadero diálogo puede salir el crecimiento para todos. Ninguna persona nos es ajena, porque en el fondo de todas arde el fuego del mismo Espíritu, del único Dios Padre creador de todos.

No todo es igual ni cualquier cosa vale. Pero se abre para nosotros una nueva utopía, la de un mundo pluricultural y plurirreligioso donde las diferencias nos estimulen al diálogo que trata de comprender al otro y a la profundización de nuestra propia fe, no a la exclusión ni a la descalificación. Desde las situaciones nuevas que nos presentan otras culturas y religiones, desde puntos de vista diferentes al nuestro, podremos mirar a Jesús de Nazaret con preguntas nuevas, y seguramente descubriremos en él nuevas respuestas.

En Jesús todo se nos ha dicho, pero nosotros todavía no lo hemos comprendido todo. Jesús es la palabra inagotable de Dios para todas las épocas y culturas, y necesitamos escuchar lo que nos dice para hoy. Jesús no es una palabra desgastada por la rutina obsesiva de un mismo discurso que siempre se repite, como esas monedas que de tanto pasar de mano en mano ya han perdido los relieves de las figuras y los números, sino una palabra viva que siempre nos ofrece una novedad de vida verdadera. Es este Espíritu de Jesús el que nosotros necesitamos dejar vivir hoy dentro de nosotros, para que se renueven nuestras preguntas, nuestras solidaridades, nuestro lenguaje y nuestra relación con cualquier persona, sea de la religión que sea.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

¿Cómo entendemos eso del respeto religioso?

¿Qué requisitos son necesarios para llegar a esa actitud?

“Jesús es el Señor, el camino, la verdad y la vida; “no todo es igual ni cualquier cosa vale”; “un mundo pluricultural y plurirreligioso donde las diferencias nos estimulen al diálogo que trata de comprender al otro y a la profundización de nuestra propia fe”.

¿Cómo podemos combinar todo eso? Qué relación puede existir entre esas propuestas? ¿Cómo es eso de que “en Jesús todo se nos ha dicho, pero nosotros todavía no lo hemos comprendido todo. Jesús es la palabra inagotable de Dios para todas las épocas y culturas, y necesitamos escuchar lo que nos dice para hoy”?

 

2.4. Las heridas personales

Ninguno de nosotros hemos nacido y crecido en un espacio aséptico. Junto con las cualidades que recibimos en nuestro código genético y en el entorno familiar y comunitario de nuestra infancia, también recibimos heridas y limitaciones que nos acompañan.

Todos tenemos algún punto débil, algún “punto flaco”, como diría San Ignacio de Loyola en los Ejercicios. Ya los griegos reflejaban esta realidad en el mito de Aquiles, que era invulne­rable porque lo introdujeron de niño en un líquido mágico. Pero tuvieron que agarrarlo por el talón para sumergirlo, y esa parte quedó seca, y por tanto vulnerable. Por ahí será herido y morirá.

La configuración actual de la familia se ve zarandeada por las olas de los cambios violentos y rápidos que vive nuestra sociedad. Estos cambios afectan a toda la sociedad, pero a veces se resienten de manera más dramática en las familias más pobres, más desprotegidas, por falta de estructuración interna y por la escasez de recursos humanos y económicos para enfrentar esta crisis.

Lo importante es saber que estas heridas están dentro de nosotros. A veces no sabemos darles nombre, porque llevan una existencia camuflada, y nos hacen la guerra desde la clandestinidad de nuestro subconsciente desconocido para nosotros. Pero, tarde o temprano, aparecerán. En ocasiones tomamos conciencia de repente, ante un hecho que nos desconcierta y que nos lleva a hacer la constatación tantas veces oída entre la gente: “En ese momento, no sé qué es lo que se me metió dentro”. En realidad, más bien fue algo que salió a la superficie violentamente, como la corriente de un río subterráneo que brota con fuerza incontenible en un momento en que la tierra a su lado se debilita y ya no puede contener la presión que ha almacenado durante tanto tiempo de estrechez y de oscuridad.

Estas heridas pueden desbaratar personas, familias, comunidades, si no son detectadas a tiempo y trabajadas con todo cuidado. Las heridas interiores se curan como los golpes del cuerpo. A veces, son tan profundas que no se pueden curar ni siquiera con la ayuda de los especialistas de la sicología. Pero siempre podremos conocerlas, dialogar con ellas, y reducir su poder destructor lo máximo posible. Saber relacionarse con los propios límites de manera creadora, sin dejarse abrumar por ellos, es una sabiduría fundamental en la vida.

Nosotros vemos en el evangelio que en el encuentro con Jesús algunas personas se sanaban de sus limitaciones físicas. Leprosos, tullidos y otros enfermos del cuerpo se curaron. Otros se sanaron de sus heridas interiores, como la Magdalena, que vivía con un desorden afectivo que le trastornaba su relación con los hombres, o Zaqueo, poseído por una codicia que le empujaba a enriquecerse por la fuerza y el engaño a costa de los pobres contribuyentes de Israel.

A veces nuestros límites se curan total o parcialmente al encontrarnos con Dios hoy. Pero, cuando no se curan esos límites, entonces recibimos de Dios una sabiduría especial para relacionarnos con ellos de manera creadora, y para buscar humildemente la complementariedad en las demás personas. Cuando Moisés le respondió a Dios que él no podía ayudar al pueblo para liberarse del Faraón, ni guiarlo a través del desierto, porque no sabía hablar bien, Dios no curó a Moisés de su dificultad, sino que le dijo dos cosas fundamentales. La primera, que Él, estaría con Moisés, en su boca de tartamudo, y la segunda, que buscase la ayuda de su hermano Aarón, que sí sabía hablar bien. Así se complementarían (Ex 4,10-17).

La verdadera experiencia de Dios es sanadora siempre. Dios ha puesto en nosotros el Espíritu de la vida. En la medida en que dejamos que actúe en nuestra hondura, sentiremos que vamos siendo curados y transformados por esa presencia activa de Dios en nuestra interioridad.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

“A veces, nuestros límites se curan total o parcialmente al encontrarnos con Dios hoy. Pero, cuando no se curan esos límites, entonces recibimos de Dios una sabiduría especial para relacionarnos con ellos de manera creadora, y para buscar humildemente la complemen­tariedad en las demás personas...”

 ¿Qué experiencia podemos compartir al respecto?

 

 Si “la verdadera experiencia de Dios es siempre sanadora”, entonces ¿qué señales nos indican que una experiencia espiritual es de Dios? ¿Cuándo podemos decir que una experiencia espiritual no es de Dios?

 

CAPÍTULO 3

La integración siempre mayor  

"Quiero inventar varias cabañas y refugios de talento amigo, donde la elocuente y tibia soledad reciba a los recién llegados como hermanos, y les enseñe a penetrar en el bosque de sí mismos”

(P. J.M. Vélaz: Testamento)

La sociedad en que vivimos produce en nosotros desintegración por los golpes contun­dentes de la injusticia, la fragmentación de la cultura que respiramos, las diferencias religiosas que se maltratan entre sí y la historia de nuestras heridas personales. El encuentro con Dios produce integración, porque nos va sanando por dentro y nos unifica cada día más al llegar hasta las dimensiones más profundas de nuestro ser.

Es muy bella y profunda la expresión de Pablo ante los atenienses cuando les habla de Dios: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hchs 17, 28). Desde el primer momento de nuestra existencia, Dios mantiene una relación muy intensa con cada uno de nosotros. Hasta cada persona le llega la vida en su dosis exacta, sin detenerse nunca, para que sigamos vivos. Salir de sus manos en el instante de nuestra creación no fue una despedida, sino que allí empezó un encuentro con él que ya no tiene punto final.

Este encuentro con Dios podemos vivirlo de manera anónima, o en pequeñas ráfagas de conciencia, como hace la mayoría de la gente. También es posible vivirlo conscientemente y con intensidad. Entonces, por esa presencia de Dios en nuestra hondura, toda nuestra persona queda afectada., y “nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente”(2Cor 3,18)

La relación con Dios no se realiza aislándose del mundo, sino en medio del mundo, profundizando en él, pues es ahí donde podemos encontrarlo, claro y manifiesto en la belleza, la convivencia, la justicia, o cautivo, solidario y doloroso en las situaciones antihumanas que hemos creado.

Por esto, vamos a ver cómo la verdadera experiencia de Dios es integradora de toda nuestra persona, y al mismo tiempo nos integra de lleno en la realidad.

3.1. La integración de la persona

Nos vamos a fijar en cuatro dimensiones por donde va circulando nuestro dinamismo interior: el cuerpo, el pensamiento, la afectividad y la decisión. Como dice Pedro Flinker en su libro “Comprenderse a sí mismo y comprender a los demás”: “Obramos como somos, somos lo que sentimos, sentimos como pensamos, pensamos como percibimos, de acuerdo con nuestras percepciones, y éstas dependen de los objetos que pueblan nuestro ambiente. Tal es el flujo espontáneamente evolutivo de la vida mental del hombre”. Por eso nos fijaremos en el cuerpo, el pensamiento, la afectividad y la decisión.

Un cuerpo atravesado por el Espíritu

El cuerpo es lo más exterior de nosotros mismos. La realidad llega a las puertas de nuestros sentidos, y allí desembarca una serie de datos que nosotros recogemos.

En nuestra sociedad de mercado, está muy estudiado el modo de impactar nuestros sentidos, fascinándolos con formas y colores, de tal manera que es muy difícil que puedan ser rechazados. Se introducen dentro, y después ya ellos se encargan de afectarnos para apoderarse de nuestras decisiones de la manera más sutil. Es el mundo astuto y brillante de todo tipo de exhibición y de publicidad. Cualquier espacio puede ser bueno para lanzarnos un impacto visual. Cualquier tiempo se puede aprovechar para introducirnos por el oído una cápsula con palabras certeras que lleguen directamente al corazón.

Por eso se privilegia la exterioridad. Nuestra cultura promueve el culto al cuerpo, de tal manera que la apariencia ha pasado a tener una importancia desmesurada. El espejo y la balanza son confesores insobornables, que maltratan nuestra autoestima y nos imponen las más severas penitencias dietéticas si nuestra silueta no se ajusta a los cánones de la elegancia establecida. Cremas y ejercicios, dietas y quirófanos prometen un rejuvenecimiento permanente. El narcisismo que se mira constantemente en las aguas inquietas del lago, y el hedonismo que promueve el goce corporal, las sensaciones placenteras, van conformando en la cultura dominante un tipo de cuerpo que se vuelve un envoltorio artificial y vacío.

Para que una minoría del mundo pueda vivir en esa cultura de la apariencia, la sociedad produce al mismo tiempo los cuerpos saqueados de los más pobres. Uno puede contemplar en el televi­sor los cuerpos de la élite del mundo cuidados hasta el escrúpulo, y los cuerpos famélicos que llevan una piel colgando que parece ajena. Víctimas de hambrunas y de guerras ocupan la pantalla segundos después del perfume más sofisticado. Estos cuerpos maltratados son la denuncia de un mundo injusto.

Pero esta cultura nos ha enseñado algo importante. El cuerpo no es malo, ni hay que esconderlo o castigarlo para que vuelva al buen camino. Tenemos que amar el cuerpo y cuidarlo para el amor, el servicio, el trabajo y el juego. Son muy relevantes los avances en medicina, dietética y ejercicios físicos. El cuerpo es nuestro amigo, y tenemos que dialogar con él, porque nos revelará cosas muy importantes de nosotros mismos. El es el pergamino donde se va escribiendo la historia de nuestra vida, desde la cicatriz repentina que nos recuerda el accidente en un juego infantil, hasta la arruga lenta que se ha formado en nuestro rostro a lo largo de toda la vida. También palparemos en él la tensión, la codicia, o la paz frente a las amenazas o promesas del futuro. Si sabemos leerlo, nos dirá mucho de nosotros mismos.

Nuestro cuerpo no es sólo un cascarón vacío. Está animado enteramente por nuestro espíritu y por el Espíritu de Dios. Por eso tiene una vocación de vida eterna, de resurrección definitiva al final de los tiempos. No podemos dejar en esta orilla de la existencia esta parte inseparable de nosotros mismos. Jesús también resucitó con su cuerpo, pero transformado en eternidad de una manera imposible de imaginar para nosotros.

Si la resurrección de Jesús nos revela el destino de su cuerpo y de nuestros cuerpos, la encarnación nos confirma que Jesús tuvo también un cuerpo como el nuestro, que se fue haciendo lentamente a lo largo de la vida. En su cuerpo algunos expresaron, al crucificarlo, el miedo que tenían a perder sus intereses. Otros lo acogieron en su casa y en su amistad con sus abrazos y sus besos.

Ya ahora experimentamos en algunos instantes de gracia la transfiguración, la claridad interior y el gozo verdadero que vuelven radiante nuestro rostro y ágil nuestro cuerpo, como el de Jesús en el monte Tabor (Mc 9, 2-13). Son atisbos que anuncian la resurrección. En esos momentos de gracia, sentimos que toda nuestra persona está unida, reconciliada dentro de sí, sin distancias entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, entre este mundo y Dios. Ahí se nos anuncia, de manera limitada, la vocación última de eternidad al que nuestro cuerpo está orientado.

Por nuestros barrios y campos, encontramos con frecuencia rostros, como el de la madre Teresa de Calcuta, surcados por las arrugas, con pieles desgastadas y sin lozanía, que son muy luminosos. Por los ojos radiantes y por la sonrisa sin trampa se asoma esa luz del Espíritu de Dios que los habita. Son rostros bellos y acogedores, no por la cosmética exterior, sino por la verdad interna que los recorre y los reconcilia. Esa verdad, nunca pasará. Estos cuerpos son realmente “morada del Espíritu”, cuerpos con Espíritu

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Para que una minoría del mundo pueda vivir en esa cultura de la apariencia, la sociedad produce al mismo tiempo los cuerpos saqueados de los más pobres. Estos cuerpos maltratados son la denuncia de un mundo injusto.

¿En qué consiste este culto al cuerpo? ¿Por qué nos seduce tanto esta tendencia?

El cuerpo no es malo, ni hay que esconderlo o castigarlo para que vuelva al buen camino. Tenemos que amar el cuerpo y cuidarlo para el amor, el servicio, el trabajo y el juego.

¿Cómo entendemos esta afirmación, después de analizar lo anterior? ¿En qué consiste eso de “cuerpos como moradas del Espíritu”? ¿Qué personas se nos vienen a la mente para comprender esta propuesta? ¿Por cuál tendencia me estoy moviendo yo?

 

El pensamiento que nos clarifica

Las sensaciones que tocan a la puerta de nuestros sentidos llegan a nuestro pensamiento. El las analiza. Si son positivas, les abrimos la puerta y les dejamos entrar. Si las percibimos como negativas, las enviamos a las listas de los peligros que nos acechan.

En nuestra cultura actual, es posible escuchar todas las opiniones sobre Dios, el mundo y el sentido o sin sentido de la vida humana. Los medios de comunicación nos presentan mundos insólitos y lejanos que tratan de explicarnos su propia cultura y religión. Un hindú o un musulmán, una mezquita o una catedral, un atleta japonés y otro africano, turistas de todos los continentes, el universo con todas sus variedades y diferencias pueden acercarse hasta nosotros.

Por otro lado, estas informaciones nos llegan rápidamente, sin interrupción. Todavía no hemos tenido tiempo de comprender la guerra de Afganistán, cuando ya estamos en la de Israel y Palestina. Nuestra reflexión calmada se ve interrumpida por los grandes escándalos de corrupción o de quiebra de países prósperos y ricos como Argentina. Siempre hay una noticia que eclipsa a las demás y acapara nuestra atención con intensidad. Pero, antes de que podamos asimilarla, llega la siguiente que también puede estremecernos.

Esta avalancha de información que no podemos procesar, de diferencias que no podemos comprender, se va acumulando dentro de nosotros, convirtiendo nuestro interior en una mesa llena de papeles a medio leer, que no sabemos colocar en ninguna parte, que no somos capaces de clasificar, rompiendo, seleccionando y tirando o acogiendo.

Por eso un peligro hoy es el relativismo, juzgando que todo es igual, todo da lo mismo. La consecuencia es que nada importa, nada merece la pena un compromiso de toda la persona y de toda la vida. Una confusión interior de nombres, de fechas de acontecimientos se mueve dentro de nosotros, convirtiendo nuestra intimidad en una especie de calle agitada llena de ruido, de lenguajes extraños, de creencias dispares que gritan y se disputan el espacio y la clientela.

El otro peligro es el fundamentalismo que, desconcertado por tantas diferencias, se atrinchera en sus creencias, sin dialogar con el mundo que lo rodea, y quiere imponer a todos su punto de vista, ya sea de manera violenta o en una militancia sin diálogo ninguno.

El pluralismo actual no es una fatalidad, sino una posibilidad de crecimiento, pues nos acerca a otras etnias, culturas y religiones, creadas por Dios y en las que también está vivo su Espíritu. Si las comprendemos, nuestra idea de Dios se enriquecerá.

Para que esto sea posible, necesitamos un conocimiento profundo de la persona de Jesús, una experiencia espiritual honda del Dios que Jesús nos revela, para que desde ahí podamos mirar con serenidad y apertura cualquier diferencia. Jesús mismo, du­rante su vida, supo mirar con una gran acogida al centurión romano (Mt 8,5-13), a la mujer cananea en el país de Tiro y Sidón (Mt 15,21-28), al endemoniado de Gerasa (Mc 5, 1-21), a la mujer samaritana (Jn 4,4), y a tantas otras personas que no tenían su misma visión de Dios ni pertenecían a su cultura. Y se acercó a ellas contemplando su fe, su búsqueda de la salud, de la vida, de la estabilidad afectiva, sin dejarse aprisionar por la etiqueta discriminatoria que ya tenían puesta sobre su rostro como perso­nas ajenas a la fe y a la pertenencia al pueblo judío. Y pudo experimentar que también por esas personas pasaba el reino de Dios, desbordando todas las expectativas de los dirigentes de su pueblo.

En Jesús todo se nos ha dicho sobre Dios, pero nosotros todavía no lo hemos comprendido todo. En una ocasión, le dijo a sus discípulos: “Me quedan por decirles muchas cosas, pero no pueden con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-13). Nosotros estamos abiertos a esa verdad que nos llega hoy. Al mirar a Jesús de Nazaret desde situaciones nuevas, sin duda descubriremos en él lo sorprendente y nuevo que necesitamos para entender este momento según su lógica siempre llena de sentido y de vida.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

“Necesitamos un conocimiento profundo de la persona de Jesús, una experiencia espiritual honda del Dios que Jesús nos revela, para que desde ahí podamos mirar con serenidad y apertura cualquier diferencia” ¿Quién es Jesús para mí?

 

Honestamente, ¿me preocupo por conocerle, amarle y seguirle?

 

¿Qué pasos o acciones realizo para conocerle?

 

La afectividad en el centro

En el centro de nuestra persona está el corazón. La realidad que entra por nuestros sentidos, pasa por el pensamiento y llega a nuestra afectividad. Lo que nosotros sentimos, nuestro corazón, tiene un peso definitivo en nuestra vida. Ante esta constatación, los amos de este mundo buscan crear impactos sensoriales de tal intensidad que se claven directamente en la afectividad sin pasar por la razón. Estos impactos se fijan en nuestra afectividad y desde ahí nos mueven sin que nosotros nos demos cuenta en muchas ocasiones

La cultura dominante está empapada por un sentimiento generalizado de desencanto, ante la constatación del fracaso de las grandes utopías sociales de la modernidad para construir un mundo más justo y humano donde los pobres de la tierra puedan vivir en dignidad. Muchos concluyen que no hay salida, que no vale la pena luchar.

Al mismo tiempo, se ha creado el consumismo como un intento de reencantamiento del mundo. Se buscan siempre nuevas sensaciones y nuevos impactos emocionales para evitar el tedio de un mundo sin esperanza, sin utopías por las que luchar. Así, mucha gente vive en la carrera loca de encontrar siempre nuevos productos, diversiones inexploradas, placeres exóticos y drogas de todas las especies.

Otra dimensión que se vive de manera desenfocada es la afectivo-sexual. Se promueve una sexualidad separada del amor, de la afectividad, de tal forma que la intimidad sexual se reduce a una serie de sensaciones placenteras, pero cortadas del compromiso y de la trascendencia. Más aún, en muchos casos el no compromiso es condición para la intimidad.

La afectividad está compuesta de sentimientos que son estados afectivos suaves y de corta duración, las emociones intensas y breves, y las pasiones que son intensas y se instalan dentro de nosotros por largo tiempo. Los estados de ánimo son durables y suaves.

Esta afectividad tiene un peso decisivo en la vida. “Lo afectivo es lo efectivo”, es decir, lo que está hondamente asentado en nuestro corazón, lo que amamos con intensidad, va inclinando poco a poco nuestra vida en esa dirección. A veces no sabemos bien el porqué de nuestras decisiones, pero “poderosas razones tiene el corazón que la razón desconoce”. Muchas de nuestras acciones esconden su motivación en las profundidades desconocidas de nuestra afectividad.

En algunas ocasiones de la vida, pocas e inolvidables, tenemos una “experiencia cumbre”. Son momentos de una claridad interior y de un gozo indescriptibles, que pueden iluminarnos la vida entera o largos trechos de camino. Pueden darse en la relación amorosa, en la oración, en la creación artística, etc. En esos momentos, todo parece unificarse dentro de nosotros con paz y gozo; por eso nos revelan posibilidades insospechadas de integración y nos señalan en qué dirección tenemos que movernos.

La más radical e inagotable fuente de integración es la experiencia de ser amados como somos y sin ningún tipo de restricciones. Y esa forma de amar sólo nos puede llegar plenamente desde Dios. Cuando nos sentimos enteramente amados, con nuestros valores y con nuestras deficiencias, entonces nosotros podremos amar, transmitir con nuestras palabras, silencios o acciones, el amor sin medida de Dios y nuestro a los demás. Dios nos ama siempre primero, como origen cotidiano de nuestra posibilidad de amar.

Esta experiencia la vivió Jesús y así nos anuncia a Dios como un Padre de bondad que nos ama sin límites. “Tú eres mi hijo muy querido, mi predilecto” (Lc 4, ). Sólo al sentirse amado plenamente, Jesús se entrega a la misión para la que es elegido. En contra de falsas expectativas y del desencanto de los que veían un imperio romano omnipotente, y una sinagoga que controlaba hasta el número de pasos que se podían dar en un sábado, Jesús anuncia el reino de Dios que intenta abrirse camino entre los pecadores y los pobres de Israel desde el amor creador del Padre que nadie puede detener.

Lo propio del Espíritu de Dios es dar ánimo y alegría espiritual. Al encontrarnos con Dios, sentiremos, lo mismo que Jesús, esa alegría que no desconoce las luchas y dolores de crear un mundo nuevo, sino que los supera al situarlos dentro del sentido que nos llega regalado cuando construimos el reino de Dios en nuestro mundo. No nos dejamos dominar por el desencanto, ni añoramos un consumismo superficial, ni andamos a la búsqueda desenfrenada de emociones excitantes y vacías, sino que acogemos el encantamiento que nos llega desde Dios. Esta es la oportunidad que nos ofrece la situación cultural que atravesamos. No podemos contentarnos con menos que con la experiencia pro­funda del amor de Dios. No podemos contentarnos con algo menor, pues para este encuentro trascendente estamos hechos.

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Releamos y fijémonos en lo que es una afectividad integrada desde la auténtica experiencia de Dios... ¿Cómo vivió Jesús esa experiencia? “La más radical e inagotable fuente de integración es la experiencia de ser amados como somos y sin ningún tipo de restricciones” ¿Cómo es tu experiencia al respecto?

 

La decisión por la vida nueva

La experiencia del amor no se agota sobre sí misma como un perfume que se evapora en el aire, sino que nos lleva a tomar decisiones para que el amor sentido sea un amor encarnado en relaciones humanas y en proyectos que crean vida nueva.

Decidir libremente no es fácil porque nuestra interioridad es muy ambigua y arrastra contaminaciones del pasado que no siempre somos capaces de precisar, pues se esconden en los repliegues más oscuros de nuestra personalidad.

Por otro lado, aunque no lo queramos, otros nos han puesto precio y nos consideran en venta. Todos estamos en las cuentas del mercado, porque formamos parte de los tantos por ciento que manejan los que manipulan este mundo para sus propios intereses, y organizan sus técnicas de apropiación, a veces sutiles como un halago y otras compulsivas y violentas como los militares que reprimen a los campesinos que reclaman sus tierras. Constantemente estamos como mercancía en las estanterías de los puestos de venta y tenemos fijado un precio. Sin receso, nos llegan ofertas de productos banales que hay que consumir, y otras ofertas más serias, porque afectan la vida familiar, el trabajo, la organización social o nuestra propia identidad.

Permanentemente tenemos que escoger, porque constantemente somos acosados con todo tipo de presiones. En cualquier dirección que volvemos los ojos, allí nos asalta una oferta, un paraíso prometido o una amenaza. Además, las situaciones cambian tan rápidamente que no podemos instalarnos en las decisiones tomadas. Y esto produce cansancio, porque sin receso tenemos que decir sí, no, o el indeciso “ya veremos”.

La oportunidad de nuestra situación cultural, es que estamos abiertos a más información y estamos ante más oportunidades. La fe y la familia, o la vocación de cada uno, ya no se sostienen por la inercia del pasado, ni ruedan por los mismos carriles de siempre, sino que tienen que ser valoradas y escogidas cada día con toda su novedad. Y esto es una oportunidad de darle más calidad a nuestra vida

Por otro lado, no sólo se trata de escoger entre las propuestas que nos hace este mundo, sino que en definitiva intentamos crear otras opciones no programadas ni enmarcadas en la publicidad ni en los programas públicos. Intentamos descubrir la novedad de Dios, la oferta que él nos hace, para ser nosotros mismos con nuestra propia vida una propuesta original y verdaderamente liberadora en este mundo.

Son dos las preguntas claves de toda decisión. ¿Qué es lo nuevo que Dios está realizando en medio de nosotros? Esto supone una atención a la realidad en la que vivimos, acogiéndola con todo respeto, creyendo que las situaciones están siempre abiertas a posibilidades nuevas. No hay ninguna realidad “dejada de la mano de Dios”. La otra pregunta mira dentro de nosotros. ¿Cuál es la colaboración justa y precisa que Dios me propone a mí para realizar esta novedad? Para responderla, necesitamos la capacidad de percibir en la propia intimidad las mociones que el Espíritu de Dios despierta dentro de nosotros, las inspiraciones que sentimos.

Una de las facetas más sorprendentes de la vida de Jesús es que hablaba con autoridad y traía una novedad que sorprendió a todos. La cultura religiosa de su pueblo, tenía todo tan programado que no dejaba resquicios para lo imprevisto. Pero Jesús ve que lo inesperado es posible. La historia está abierta a las inagotables posibilidades de Dios. Él las percibía, las manifestaba y las realizaba. Donde los dirigentes veían gente pecadora y maldita, Jesús veía hijos de Dios que esperaban el perdón y el abrazo de la comunidad. Cuando ellos creían que lo más importante era el rigor de los pasos contados en sábado o averiguar si los vendedores de vegetales del mercado habían pagado los diezmos al templo para no contaminarse, Jesús veía que la misericordia y la justicia eran lo que más agradaba a Dios. Mientras todo su cuidado estaba centrado en ser fieles a la ley del pasado, Jesús se concentraba en ser fiel al futuro que ya brotaba ahora desde los pecadores y excluidos del pueblo de Israel.

Cada uno de nosotros seremos verdaderamente espirituales, cuando en contra de mercaderes y desencantados, de violentos y de superficiales, descubramos la novedad que Dios nos propone, y concentrando en nuestra decisión todo lo que somos, cuerpo, pensamiento y afectividad, nos entreguemos para crear el futuro nuevo que Dios nunca deja de suscitar en medio de nosotros.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

“La experiencia del amor, nos lleva a tomar decisiones para que el amor sentido sea un amor encarnado en relaciones humanas y en proyectos que crean vida nueva”. ¿Cómo ha sido mi experiencia al respecto? ¿Qué es lo que ha marcado las diversas decisiones más significativas que he tomado en mi vida? ¿A qué queremos ser fieles? ¿Cómo me doy cuenta si estoy siendo fiel al pasado, las heridas, golpes, resquemores o a lo mejor de ese pasado y que me invita y abre hacia el futuro y se entronca con lo que Dios está haciendo?

 

3.2. La integración en la realidad

“Anhelo integrar en un solo valor la Selva, los Talleres y los Libros los Maestros y los Consejeros la Fe, el Paisaje y la Oración los grandes Proyectos del Futuro el Arte, la Esperanza y el Amor”.

(P. J.M. Vélaz: Testamento)

Hemos visto que toda la persona se recoge dentro de sí y se unifica para tomar una decisión concreta. Esta decisión marcará la realidad exterior. La verificación de la autenticidad de la oración se realiza en la entrega a los demás. Con razón, el P. Vélaz sueña con “integrar en un solo valor” toda la realidad educativa.

El pueblo judío reconoce en el destierro que a veces Dios es difícil de encontrar: “Tú eres el Dios escondido” (Is 45,15). Pero el Señor responde que es en la realidad donde deben encontrarlo: “No dije a la extirpe de Jacob: Búsquenme en el vacío” (Is 45,19).

La verdadera espiritualidad no nos enseña sólo a encontrar a Dios en la oración, para salir después a trabajar en el mundo donde Dios está ausente, sino a ir a la realidad cotidiana con esa sensibilidad para las cosas de Dios que nos crea la oración. Así podremos descubrir a Dios en todas las cosas, y se profundizará en nuestro trabajo la experiencia de Dios que hicimos en la oración personal.

El cosmos está en camino

El cosmos es la casa común que nos acoge a todos. Llega exacto hasta nuestro comienzo minúsculo, y ya nunca dejará de darnos la vida hasta que expiremos. No es simplemente el escenario en el que discurren nuestros días, sino que mantenemos una relación intensa con él. El mundo que respiramos, que nos sostiene y nos alimenta, se va integrando en nosotros, haciéndose parte de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, y como parte de nosotros va caminando al encuentro definitivo con el Padre. Las posibilidades del cosmos no las conocemos. Cada descubrimiento nuevo nos asombra más cada día. Nos encontramos ante un regalo que nunca acabamos de descubrir enteramente.

Este mundo, espléndido en su belleza y la sabiduría de su movimiento, provoca la admiración y la alabanza, pero también desenfrena la codicia. Por eso el cosmos está herido. La herida de la injusticia llena de cercas fratricidas la superficie de la tierra, cuando los poderosos se apropian de las mejores tierras, y excluyen a los más pobres en los terrenos marginales y peligrosos. Y existe también la herida de la ecología. Cada día enviamos a la atmósfera gases tóxicos sin ningún control, y contaminamos con basura ríos y mares. Como depredadores inconscientes, nos lanzamos a devorar los bienes de la tierra sin pensar en las generaciones futuras. Ante los intentos de mejorar la salud de la tierra y de la atmósfera, existen cumbres ecológicas con regularidad; pero países ricos, como Estados Unidos, Canadá y Australia, que son algunos de los que más contaminan, bloquean los compromisos comunes que podrían afectar sus intereses.

Dios mantiene cada día el universo vivo y nos invita para llevar con él la creación a su plenitud. Necesita de nuestra inteligencia y nuestros laboratorios. En un momento se dio “la creación inicial”. La creación surgió desde un núcleo que se fue extendiendo sin detenerse. Actualmente la creación sigue en movimiento. Las sondas espaciales nos revelan que los bordes del universo siguen extendiéndose a una velocidad de 72 kilómetros por segundo. Somos espectadores admirados de la “creación continua”, porque Dios sigue sacando el mundo del abismo y la tiniebla. También somos sus colaboradores. En Jesús resucitado, descubrimos ya la “nueva creación”. Un pedazo de cosmos ha llegado al encuentro con Dios en el cuerpo y el alma de Jesús, para ser incorporado definitivamente a la vida de Dios. Los colores que contempló, la brisa que le dio descanso, las frutas que lo alimentaron, la madera que trabajó con sus manos, los caminos recorridos por sus pies, toda la materia que llegó hasta su cuerpo y su espíritu, quedó eternamente incorporada a su per­sona.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Somos invitados a liberar el cosmos de cercas injustas y de contaminaciones, y desarrollar las posibilidades nuevas que hay que descubrir. ¿Qué tiene que ver todo esto con la espiritualidad? ¿Cómo es mi “acercamiento” a la tierra, a la creación, a la naturaleza? ¿Dónde se engancha la ecología con mi experiencia espiritual? ¿Con cuáles heridas ecológicas me encuentro en el día a día?

 

El otro, la diferencia que nos acompaña

No estamos solos sobre esta tierra en la que somos invitados a ser creadores. Nos encontramos con los otros, con los diferentes a mí, que de alguna manera van a alterar mi existencia.

Nunca como ahora hemos tenido delante de los ojos las diferencias del planeta. Etnias, culturas, religiones, clases sociales, toda la diversidad humana está más cerca, y estamos todos más interconectados. Pero también hay mucho miedo que cierra las puertas de la casa y los saludos. Hay mucha indiferencia. Mientras podemos hablar por teléfono con un amigo que está trabajando a miles de kilómetros de distancia, podemos pasar como sombras sin nombre ni domicilio al lado de nuestros vecinos. Mucha gente vive soledades profundas rodeada del ruido de muchedumbres que caminan rápido como un río desbordado e insensible. El peligro de esta nueva cultura es el individualismo, que se centra en sus propios intereses.

No podemos ser nosotros mismos sin el otro. El otro es un tú, una persona. El yo y el tú se refieren el uno al otro sin remedio. Cuando no considero al otro como un tú, lo reduzco a cosa que se puede ignorar, utilizar, matar. Sólo en el otro puedo encontrar dimensiones fundamentales que necesito para existir, y algo crece en mi que espera que el otro llegue a recogerlo. El abrazo no esta hecho para cerrarse sobre si mismo.

El otro puede presentarse como un don que me complementa, desde su belleza, bondad, inteligencia, fortaleza. Entonces es fácil abrirle el rostro y la puerta cuando se acerca. Por otro lado, en alguna parte acaban nuestras cualidades, nuestras destrezas, y tocamos el límite donde nos duele la vida. Entonces no hay más remedio que buscar al otro que me complementa. “Busca a Aarón”, le dice Dios a Moisés en el Éxodo cuando le expresa su dificultad de hablar para aceptar la misión (Ex 3,14). Pero aquí es fundamental la gratuidad en el encuentro, y no organizarlo como una estrategia sutil de inversión bien calculada.

El otro puede acercarse como una diferencia que desinstala mis juicios y mis posturas vitales más o menos acomodadas, y me pone en camino hacia una nueva síntesis interior. Personas de otra religión, de otra cultura, de otra raza, pueden desarmar mis construcciones de control y hacerme crecer de manera insospechada. El ignorante, el que va de camino en la ruta de Emaús y no sabe lo que ha sucedido, puede ser el que nos explique el sentido de las escrituras (Lc 24,18). Es Jesús que va de camino, que pasa y me invita a salir hacia nuevas comprensiones de la vida.

El otro puede ser una pobreza que me desapropia de mis balances calculados, de mi generosidad medida. Los pobres aparecen hoy por todas partes. Surgen en los países pobres, pero también en los más ricos. Jesús se identificó con los últimos de este mundo (Mc 9,36-37). Todo lo que hacemos a uno de los más pequeños, a uno de los que carecen de lo más elemental, se lo hacemos a Jesús (Mt 25,40).

El otro puede ser un ser amenazante, un Caín que lleva la sangre de su hermano en las manos. Puede ser un hombre poderoso o puede ser un pobre. Pero todo asesino lleva la marca que Dios puso sobre el rostro de Caín para que nadie lo matase (Gn 4,9). No basta con no quitarle la vida. En el seguimiento de Jesús todo otro es siempre un hijo de Dios al que hay que amar como el Padre que hace salir el sol y la lluvia sobre justos y pecadores (Mt 5,44-45). Desde este amor al enemigo, puede brotar una creatividad sin límites para crecer en la convivencia humana. Sin amor al enemigo, giraremos siempre en círculo en torno a los mismos conflictos, sin poder superar las dolorosas confrontaciones históricas.

Dios, el completamente Otro, es la comunión en la que podemos avanzar siempre. Pero también puede ser la diferencia, el desencuentro que me lleva a crecer sin límites. Este Dios se nos ha hecho otro en Jesús. También él necesitó de los demás para ser él mismo y para llevar adelante su misión, y no sólo de los cercanos que lo cuidaron y le dieron la mano desde niño, sino de toda la historia que le precedió y que elaboró la cultura en la que él se encarnó y nos trasmitió sus enseñanzas.

Dios nos salva “incluyéndose” entre nosotros al tomar “la condición de esclavo haciéndose uno de tantos” (Phl 2,7), mientras que los fariseos de todos los tiempos pretenden salvarse “excluyendo” a los que consideran pecadores o peligrosos. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. No amar es quedarse en la muerte” (1 Jn 3,14).

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

 

 

“El otro puede presentarse como un don que me complementa... El otro puede acercarse como una diferencia que desinstala mis juicios y mis posturas vitales... El otro puede ser una pobreza que me desapropia de mis balances calculados, de mi generosidad medida... El otro puede ser un ser amenazante, un Caín que lleva la sangre de su hermano en las manos... Toma cada una de estas frases y reconstruye lo que es tu experiencia de la relación con los otros y luego compárala con lo que plantea Jesús en cada uno de esos aspectos.

 

 La historia que construimos

Nos encontramos con los demás sobre esta tierra para construir juntos el reino de Dios. No estamos estancados en el desencanto de los que dicen que no hay nada que hacer o que se acabó la utopía. Muchos buscan hoy edificar un mundo más justo. El 11 de septiembre, junto con las torres gemelas de Nueva York, se derrumbó la tranquilidad de los que se sentían cómodamente instalados y seguros.

Coincidiendo con las grandes cumbres de los países ricos, surgen movimientos de protesta que exigen un mundo diferente, porque “otro mundo es posible”. Se rechaza la globalización ac­tual, que impone una cultura superficial y uniforme y promueve la totalización del pensamiento. La sociedad civil, que “no quiere gobernar sino ser bien gobernada”, se organiza ante el descrédito de los partidos políticos tradicionales. Los pueblos indígenas cobran cada día más protagonismo en América Latina, reclamando sus derechos fundamentales. Entre los más pobres de nuestros barrios y campos, surge una organización nueva con menos ideología y más respetuosa de la realidad.

En este contexto, cobran especial relevancia para nosotros algunas parábolas de Jesús en las que explica el misterioso surgir y crecer del reino de Dios en la historia. Empezamos reconociendo la presencia de Dios en el abajo de la historia, entre las víctimas.

“Yo, el Señor, que soy el primero, estoy con los últimos” (Is 41,4). En Jesús, los más pequeños y despojados pueden descubrir a Dios a su lado con sólo voltear la cabeza.

 El centro del reino, su nervadura fundamental, es el amor, sobre todo el amor a las víctimas y a los diferentes, como nos dice la parábola del buen samaritano. El herético samaritano cuida al judío asaltado, y lo ama con un amor “eficaz”, llevándolo a la posada, y con un amor “gratuito”, diciendo al dueño de la posada que gaste lo que necesite ese desconocido, que él se lo pagará a su regreso (Lc 10,25).

El reino es un don de Dios que llega hasta nosotros de manera impredecible. Nosotros no controlamos su misterio. Pero, para realizarse, tiene que pasar por nuestra creatividad comprometida y arriesgada. No hacemos nada con guardar celosamente en la tierra los dones recibidos para devolvérselos a Dios sin usar, viejos y devaluados (Lc 19, 11-18).

El triunfo del reino es seguro; llegará a la cosecha el grano de trigo sembrado en el misterio fecundo de la tierra (Mc 4,26­29). Si vivimos el eclipse de las grandes utopías, tenemos que mirar más lo germinal, los nuevos comienzos, porque la utopía ya está en lo germinal, como la cosecha está en la semilla sembrada.

El reino ya produce ahora muchos frutos llenos de vida, de justicia, de misericordia. Pero no siempre es tiempo de dar fruto. También hay tiempos de poda, en los que se cortan las ramas secas, y se podan también las que dan fruto, para que lo den más abundante y de mejor calidad (Jn 15,1-17). Se poda por donde duele, por lo sano. Hoy tenemos que aprender a vivir también la poda en medio de una cultura que huye del sufrimiento.

Vivimos en un mundo violento, lleno de conflictos. Los cultivadores de la viña quieren adueñarse de ella, y matan a los profetas y al Hijo que Dios envía para que anuncien la justicia. Si hay un tiempo para la profecía, también hay un tiempo para recibir el golpe y la herida por la fidelidad al reino (Lc 20, 9-10).

El reino nos quiere congregar a todos en la única mesa del Padre. Los que han encontrado algunos bienes reales tienen el peligro de quedarse entusiasmados con ellos y perder de vista el bien fundamental: la comunión de todos en la fiesta del Padre.

Somos invitados a liberar el cosmos de cercas injustas y de contaminaciones, y desarrollar las posibilidades nuevas que hay que descubrir. Jesús expresó simbólicamente el destino de los bienes en las comidas populares y de manera insuperable en la última cena. En esta cena, los bienes materiales, simbolizados en el pan y el vino, pero también en la mesa y en los bancos de madera, en las paredes de la casa y en la arcilla de los jarros, están enteramente ordenados para la comunión.

Nadie acapara por la fuerza los bienes para sí solo ni acude el primero para apropiarse de lo mejor. El mismo pan y el mismo vino se comparten entre todos sin exclusiones ni diferencias. La comida es el sacramento de la unión que nos llega desde Dios que da la vida para crear esta comunión desde dentro de nosotros mismos, desde la unidad insuperable de su vida dada que ya hemos comido, va dentro de nosotros y es la misma en todos.

El cosmos tiene una vocación de justicia: hay que liberarlo y compartirlo. Tiene una vocación de eternidad. No es una simple barca que abandonaremos en las playas del tiempo cuando arribemos a la orilla de esta vida, sino que irá dentro de nosotros a la eternidad.

Cuando percibimos las maravillas de la creación, y cuando trabajamos para liberarla, encontramos a Dios cerca. Si estamos atentos, tal vez podamos sentir el estremecimiento de percibirlo a nuestro lado.

Muchos quedan presos de bienes concretos, pero los pobres de la ciudad y de los márgenes, mutilados por todo tipo de carencias, acuden invitados a la fiesta de la plenitud humana. Ya ahora tenemos que celebrar comunitariamente esa fiesta definitiva (Lc 14, 15-24).

Este reino de Dios crece por todas partes, no sólo entre los cristianos. Tenemos que mirar el mundo entero con los ojos abiertos para poder afirmar que “nunca hemos visto tanta fe en Israel” (Mt 8,10). Si hablamos de un mundo sin Dios, es porque tal vez no hemos contemplado suficientemente los espacios donde se supone que Dios no está para descubrirlo ahí presente y activo. Entonces, no podemos extrañarnos de tener la sensación de que todo está perdido.

Jesús habla en las parábolas desde su propia experiencia, intentando ayudar a descubrir y a entrar en ese dinamismo que él constata. Las parábolas que formula nacen de su misma experiencia de servidor del reino, que comienza muy pequeño como un grano de mostaza que casi se pierde en las arrugas profundas de la mano campesina.

No se puede obligar a Dios a entrar dentro de nuestras miopes perspectivas o en el ritmo de nuestras impaciencias. “Ay... de los que dicen: Que se dé prisa, que apresure su obra para que la veamos, que se cumpla enseguida el plan del santo de Israel, para que lo comprobemos” (Is 5,18-19).

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Hay espiritualidades que nos aíslan de la realidad, la condenan o la desprecian. ¿Cómo nos lo presenta la espiritualidad cristiana aquí esbozada? ¿Cuáles serían los rasgos que tienen que caracterizar nuestro acercamiento a la realidad, desde una experiencia espiritual cristiana auténtica?

 

La comunidad que sirve a todos

Al trabajar por el reino de Dios, va naciendo inevitablemente la comunidad cristiana. El evangelio crea comunidad, y sólo desde una comunidad se puede anunciar el reino de Dios en medio de nosotros. Alrededor de Jesús, se va formando un grupo de seguidores que cada vez va creciendo en número y en la comprensión de la novedosa propuesta que él anuncia. Él es la novedad, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo” (2 Cor 5,19). La comunidad es ese comienzo de reconciliación, es la credibilidad en la historia de la salvación que nos anuncia.

La amenaza contra la comunidad viene hoy del individualismo competitivo de la modernidad. Ya desde la escuela, hay que competir con los compañeros para sacar mejores notas que los demás y poder estudiar las carreras universitarias más cotizadas. Después, hay que competir siempre para conseguir los mejores trabajos, para llegar primero y más arriba, aunque en ese esfuerzo se vaya dejando por el camino la propia vida y la de los demás

También se extiende el individualismo hedonista de la posmodernidad, que busca sentirse bien, llenar la vida de sensaciones placenteras, de telas suaves, de ambientes climatizados y perfumados, y, en resumen, estrujar el gozo de cada ocasión, como dicen los necios en el libro de la Sabiduría: “¡Venga! A disfrutar de los bienes presentes con ansia juvenil; a llenarnos del mejor vino y de perfumes, que no se nos escape la flor primaveral; ciñámonos coronas de capullos y de rosas antes de que se ajen; que no quede pradera sin probar nuestra orgía” (Sab 2,6-9).

Finalmente, el individualismo narcisista posmoderno se centra en sí mismo, gira alrededor de la propia perfección, y cuida la apariencia que puede ser confirmada por el propio espejo

Todas estas formas de individualismo que exhibe hoy nuestra cultura son un atentado contra la comunidad en la que unos se abren a los otros, y toda la comunidad mira fuera de sí misma y se hace servidora de los que no pertenecen a ella

Como reacción contra este individualismo, surgen grupos comunitarios de diferentes signos. Algunos están muy marcados por el integrismo en la doctrina y por la verticalidad de la autoridad, como reacción contra la disgregación que provoca el pluralismo moderno. Pero también constatamos el nacimiento de comunidades de fe y de sentido, abiertas a la realidad, que son capaces de asumir la fe en un diálogo libre y respetuoso, donde se celebra y donde se recibe la misión para crear un mundo justo y respetuoso de la pluralidad.

En Jesús, se acerca a nosotros un Dios que es familia, Padre, Hijo y Espíritu. Dios no se aleja del pecado y la injusticia, para no contaminarse como hacían los fariseos, sino que baja hasta lo más hundido de la humanidad, hasta los pobres, los descalificados y pecadores, para sacarnos de la basura donde estamos perdidos y ponernos con alegría en la palma de su mano (Lc 15, 1-10).

Jesús va creando la comunidad de los que acogen la salvación. La comunidad, lentamente, va creciendo a través de diferentes etapas, desde los primeros pasos de Jesús por las are­nas de la playa donde invita a Pedro, a Andrés y a los hijos de Zebedeo, para que lo sigan, hasta que, después de su muerte, se reúne en torno a la presencia del resucitado y al envío de su Espíritu.

Esta nueva comunidad sorprende a los judíos primero y a los paganos después, por su capacidad de compartir lo que tenían, por su sentir común, sus celebraciones festivas y la fortaleza con la que anuncian a plena luz del día, en plazas y calles, la resurrección del crucificado (Hch 2,42-47). En un mundo dominado por el imperio romano y por la estricta normativa de la sinagoga, la resurrección suena a insurrección y a denuncia, y asombra cómo un grupo pequeño y socialmente débil atraviesa todos los controles y amenazas y se escapa hacia el futuro, anunciando la buena noticia de Jesús y del reino de Dios, que se ofrece para todos sin distinción ninguna.

Este Dios que se revela en Jesús, creando comunidad al hacerse el servidor de todos, sigue sorprendiendo a los que quieren construir diferentes tipos de comunidades imponiéndose como amos y señores (Jn 13, 12-17).

 

Ocurrencias para la reflexión

 

Acerquémonos a cómo se viven y se manifiestan esos tipos de individualismos en nuestro entorno inmediato, y cómo participo yo en esas tendencias Individualismo competitivo Individualismo hedonista Individualismo posmodernista ¿Cuáles son las resistencias y prejuicios que tenemos para participar en experiencias de comunidad?

 

CAPÍTULO 4

La cotidianidad ungida por el Espíritu

 

“Quizá esta chispa llegue a incendio. Es una semilla no más, que busca la tierra de la multiplicación en el morir primero”

(P. J.M. Vélaz: Testamento)

Hemos visto que la experiencia de Dios nos integra como personas y nos integra en la realidad donde crece la obra salvadora de Dios. No basta con saberlo. Es necesario que nuestra cotidianidad esté verdaderamente ungida por esta experiencia, para que “la chispa llegue a incendio”. Para esto, necesitamos una práctica, ejercitarnos en una manera nueva de verlo todo, como si fuésemos una persona que ha escapado de un gran cataclismo y necesita aprender a mirar, a caminar, y a reaccionar de manera nueva.

La cultura dominante seguirá desembarcando un ejército poderoso de imágenes y de signos que chocan contra nuestras culturas y nos desintegran. Desde nuestras realidades marginadas, seguirán brotando cada día el desencanto y la violencia como expresión de las rupturas que no encuentran el camino de la integración y de la vida.

Para no quedar atrapados entre la dominación altanera de los poderosos y la decepción amarga de los sometidos, necesitamos construir pacientemente otra manera diferente de ser personas libres, diferente a la que nos proponen los dueños de este mundo. Sólo así podremos también educar generaciones diferentes, no sólo denunciando la realidad, que muchas veces está tan deteriorada que ya se denuncia por sí misma, o anunciando modelos lejanos como propuestas que llegan desde fuera, sino encarnando en nuestras personas, comunidades e instituciones la manera de ser personas hoy, alimentados incesantemente por el Espíritu de Jesús.

4.1. Contemplación de Dios en el abajo de la realidad

Dios nos habla de muchas maneras

Dios nos ha hablado de muchas maneras, pero la Palabra definitiva de Dios se ha formulado en toda la vida, muerte y resurrección de Jesús, que es la palabra definitiva, inagotable y siempre sorprendente de Dios.

En Jesús, Dios nos ha hablado desde el “abajo” social y religioso del mundo. La cueva de Belén, los pastores, vecinos naturales del recién nacido, su trabajo de artesano, su estilo de vida itinerante por los caminos de Palestina y la muerte en la cruz echado fuera de Jerusalén, son realidades que se sitúan “abajo”. Pablo resume este movimiento del descenso de Dios con un himno de la comunidad: “A pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6­8).

Éste es el descenso de Dios hasta la marginalidad, la exclusión, no sólo hasta la fragilidad que es propia de toda existencia humana, sino hasta lo más hundido, donde discurre la vida de los últimos. No puede existir otra palabra que la supere para explicarnos el amor de Dios por nosotros. Él no se contenta con salvarnos desde su eternidad, como se lanza desde la seguridad del barco un flotador de goma al náufrago que se debate entre las olas, sino buscándonos para un encuentro de cercanía sin intermediarios. Somos personas, y sólo podemos rehacernos y salvarnos en los insondables dinamismos de vida que se despiertan en los verdaderos encuentros humanos, cuando se realizan de tú a tú, en plena acogida, sin distancias ni prejuicios

Dios se acerca a nosotros en el rostro humano de Jesús, y nos ha revelado la verdadera imagen de Dios, un Padre de bondad y cercanía, al que nos enseña a decirle “Padre nuestro”. A él nos dirigimos constantemente con esta oración fundamental y con otras muchas compuestas en este mismo espíritu de confianza. Al final de toda oración, llegamos al silencio admirado de quien confía en ese misterio de bondad que es Padre.

Contemplar su persona una y otra vez

Para poder acoger toda la fuerza liberadora que nos llega del encuentro con Jesús, necesitamos contemplar su persona una y otra vez. Es una forma insustituible de oración. Al mirar a Jesús detenidamente desde distintas situaciones de la vida, iremos descubriendo en él facetas nuevas. Él mismo nos las revelará, pues no vino a este mundo sólo para el pequeño grupo de perso­nas de su tiempo que pudo contemplarlo en Palestina, sino para las de todos los tiempos, para nosotros que lo miramos hoy.

San Juan nos lo explica. “Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos..., eso que vimos y oímos se lo anunciamos ahora” (1 Jn 1,1-3). Basta con esperar en humilde atención durante nuestros tiempos de contemplación, que llegue a nosotros la sabiduría y la bondad que Dios nos ofrece hoy en Jesús.

Esta Palabra accesible a nuestros sentidos, desplazándose por nuestros caminos, nos lleva a no perdernos en un mundo mágico de sueños religiosos, sino a contemplar al Hijo de Dios en la carne mortal, y al mismo tiempo a contemplar toda carne mortal como la nueva corporalidad de los hijos de Dios.

Estos descubrimientos nos irán revelando también posibilidades insospechadas nuestras, pues él es el verdadero ser humano, la realización perfecta de una persona sobre esta tierra. Y no vino para decirnos: “Miren qué grande soy yo y qué pequeños son ustedes”, sino todo lo contrario: “Miren las posibilidades que están dentro de ustedes y que buscan convertirse en realidad”.

Contemplar a Jesús “abajo” y desde abajo, desde los pobres y excluidos, nos sitúa en un punto de mira privilegiado, pues, en gran parte, estamos en el mismo universo cultural en que él vivió, del que sacó las palabras e imágenes en que formuló su mensaje, y donde realizó los signos del reino respondiendo a situaciones concretas propias del mundo de la marginalidad.

Contemplar no es idealizar las situaciones y personas, pues es una falta de respeto a lo real. Con la misma pintura superficial con la que escondemos la realidad, ocultando sus límites, también ocultamos la acción de Dios que está actuando ahí. Cuando idealizamos, somos como los que pintan de blanco un magnífico edificio colonial para no ver la piedra espléndida sucia por el tiempo, en vez de quitarle la suciedad. Con la pintura que esconde la suciedad, esconde también la belleza espléndida de la piedra.

¿Qué nos dice la persona de Jesús cuando la contemplamos desde aquí? ¿No podremos descubrir hoy, en nuestras situaciones de marginalidad, los mismos signos del reino que él veía asomarse en la gente de su tiempo? La cultura dominante nos enseña a mirar arriba, donde están los triunfadores, los que llevan en el cuerpo y en su estilo de vida los signos del éxito reconocido. Dios nos enseña a mirar abajo, donde crece Jesús como una per­sona nueva para todos, la más grande e inspiradora.

La contemplación en la tarea educativa

En la tarea educativa, contemplar es el punto de partida. Cada alumno tiene una personalidad original. Lo contemplamos para descubrir esas posibilidades insospechadas que están en él y que Dios alienta como una continuación del misterio de su encarnación en la historia. Después vendrá el arte de ir configurando lentamente en el diálogo constante, cada existencia única.

En esta conexión íntima e insustituible de cada persona con Dios, se fundamenta toda verdadera autoestima, toda dignidad humana, que ningún mecanismo social puede triturar

No queremos reproducir en nuestros alumnos, como copias de ínfima calidad, los valores que la cultura dominante exhibe en sus símbolos mercantilizados, para propagar después los productos asociados a esa imagen de éxito. Nosotros no somos “asesores de imagen” para formar personas según nuestros intereses, sino educadores que ayudan a nacer lo mejor que Dios ha sembrada en cada alumno.

La contemplación de Jesús, desde las situaciones de nuestra realidad, nos puede dar una sensibilidad nueva, para descubrir en nuestros niños y jóvenes esa novedad evangélica que el Espíritu alienta hoy en cada uno de ellos, y en cada nueva generación.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

 Se nos propone contemplar a Jesús, manifestación plena de Dios,desde abajo, desde los de abajo…Pero antes conviene preguntarse:

¿Qué ideas o consideración tenemos nosotros sobre lo que es contemplar a Jesús, encontrarse con él?

¿De qué manera se llega o se acerca a ese tipo de contemplación y encuentro?

¿Qué reacción tenemos ante la invitación a contemplar y encontrarnos con Jesús?¿ qué pasos se nos ocurren para acercarnos a la contemplación de Jesús desde abajo?

 

4.2. Discernir la inagotable novedad de Dios entre nosotros

Descubrir la novedad de Dios

Descubrir la novedad de Dios en cada persona y en cada situación es uno de nuestros grandes desafíos. Nuestra mirada está muy condicionada por los amos del mercado, pues los camarógrafos son orientados la mayoría de las veces para que vean y nos muestren una determinada faceta de la realidad, la que interesa a los que pagan.

En cualquier situación, por difícil que se presente, está actuando el Espíritu de Dios. Ninguna situación está definitivamente estancada, paralizada, condenada, como si Dios ya no supiese o no pudiese hacer nada, ni nosotros tampoco.

Para explicar la acción de Dios en la historia, Isaías nos presenta una audaz imagen maternal de Dios. “Desde antiguo guardé silencio, me callaba, aguantaba; como parturienta grito, jadeo y resuello” (Is 42, 14). Como si Dios estuviese embarazado de futuro. Hay un tiempo de silencio de Dios. El mal parece fuerte e intocable. Pero en ese silencio de Dios, que no es de impotencia ni desinterés, él ya está sembrando el futuro que es tan pequeño como el comienzo de una vida en el seno materno. Aparentemente no pasa nada. Pero ese silencio esla protección de esa vida nueva, pequeña y frágil que debe pasar desapercibida para los que la amenazan. Más adelante, aparecerán los signos externos del embarazo. Durante este tiempo, es necesario estar atentos para ver qué es lo nuevo que se está gestando en medio de nosotros, para cuidarlo y comprometernos con él. Nada se puede apresurar con nuestra impaciencia, pues los procesos de gestación tienen su tiempo. La prisa puede abortar los procesos.

Más adelante llega el momento inevitable del parto, es el tiempo del dolor, del sufrimiento de todo lo que nace y rompe de alguna manera las costumbres inmóviles, las leyes injustas, las situaciones acomodadas. Pero después, viene ya la alegría de la vida recién nacida en medio de nosotros. Poco a poco se irá haciendo fuerte. Entonces, “retrocederán defraudados los que confían en el ídolo, los que dicen a una estatua: Tú eres nuestro Dios”.(Is 42, 17).

La oración del discernimiento

En la espiritualidad cristiana la capacidad de percibir lo nuevo que Dios va haciendo en la profundidad de nuestra per­sona y en la hondura de la realidad, se llama discernimiento. También incluye la capacidad de percibir lo que el mal siembra, que es destructor de la vida de Dios.

La oración de discernimiento es muy importante en la vida cristiana. Una parte de ese discernimiento lo realizamos en el “Examen de conciencia”, en el que nos hacemos conscientes de lo que sucede en nuestra interioridad, para ver lo bueno y lo malo que anda caminando dentro de nosotros, lo que las prisas y preocupaciones no nos dejan percibir con nitidez, para poder darle un nombre preciso. También es discernimiento la oración en la que nos preguntamos qué es lo que Dios nos está proponiendo de nuevo, para entregarnos plenamente a su propuesta, a su voluntad, que es siempre de vida. Pablo anima a esta forma de oración, a crear esta actitud interior: “No se ajusten a este mundo, antes transfórmense con una mentalidad nueva, para discernir lo que es la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto” (Rm 12. 2). Cada persona aportará su don, su originalidad, y en­tre todos construimos la justicia del reino de Dios.

 

La práctica del discernimiento en la Educación

En la educación es muy importante crear esta capacidad de discernir, de ver con claridad el don de cada persona y ayudarlo a crecer en las diferentes etapas del desarrollo humano. Sin duda ese don está orquestado dentro de un canto común, pues es único pero en armonía con los diferentes dones de los demás. Utilizando la imagen de Pablo, esta capacidad de ser plenamente uno mismo se complementa con la autenticidad de los demás, como los distintos miembros de un cuerpo para realizar una tarea común (Rm 12, 4-6).

También es necesaria la capacidad de discernir los “signos de los tiempos”, las señales de lo que Dios está haciendo de nuevo en las realidades excluidas. Normalmente, somos impulsados a mirar fuera de nuestra realidad, donde se nos presentan los “ídolos” de este mundo que nos seducen, pero no desarrollamos la destreza evangélica de mirar aquí, abajo y fuera, donde el reino de Dios se va gestando en el seno materno de comunidades y familias, organizaciones y escuelas, donde nace en medio de dolores de parto, y donde necesita de nuestro compromiso para que pueda crecer como salvación para todos.

 

 

Ocurrencias para la reflexión

 

“En cualquier situación, por difícil que se presente, está actuando el Espíritu de Dios”. ¿Cómo vamos descubriendo la presencia de Dios en las diversas situaciones que nos toca vivir? Recuerda y comenta alguna experiencia que hayas tenido al respecto. Volvamos sobre lo leído e intentemos aclarar lo que significa eso de discernimiento o discernir... ¿Por qué es importante discernir en la vida? ¿Cuáles son los “signos de los tiempos” que podemos percibir en el entorno de nuestras escuelas y comunidades? ¿Qué está naciendo ahí?

 

4.3. Atravesar con la mirada contemplativa las cáscaras de la realidad

Dios nos necesita

A la hora de comprometernos para realizar la novedad de Dios que hemos descubierto en el discernimiento, no podemos pensar que ya estamos solos en el trabajo, que es el momento de la acción y que nuestra comunicación con Dios se acabó. Todo lo contrario. Actuar juntamente con Dios puede ser un momento de profunda comunión con él.

Dios necesita de nosotros. Somos su boca para alfabetizar a un niño, su abrazo para aliviar a un enfermo o acoger a un amigo, sus pies para llegar hasta una persona solitaria y enferma. La nueva sociedad que debe nacer del evangelio nos necesita. La gracia de Dios se encarna en nuestra presencia y nuestro trabajo.

Jesús en el evangelio nos revela algo muy esclarecedor. En cierta ocasión, después de curar a un pobre hombre que llevaba veintiocho años tullido en una camilla, le preguntaron los fariseos por qué hacía esa curación en sábado. Y Jesús les respondió: “Hasta el presente, mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo” (Jn 5, 17). Jesús, al curar, se une al trabajo sanador del Padre; es una curación que realizan juntos. Están profundamente unidos en el mismo trabajo. Y sigue diciendo Jesús: “Un hijo no puede hacer nada de por sí, tiene que verlo hacer al Padre” (Jn 5, 19). Es decir, que cuando Jesús mira al enfermo, ve que el Padre está creando la salud. Y ese ver de Jesús es posible porque el Padre le muestra lo que hace: “El Padre quiere al Hijo y le enseña todo lo que él hace” (Jn 5, 20).

 

Contemplación en la acción

Cuando los dirigentes judíos miraban a ese paralítico, sólo veían un pecador enfermo. Cuando Jesús lo miraba, veía al Padre ahí presente, trabajando, creando vida nueva. Y esto es lo que llama San Ignacio “contemplación en la acción”. Cuando nuestra mirada es superficial, como la de los dirigentes judíos, no podemos ver en la profundidad donde Dios actúa. Por eso San Ignacio exhortaba a “ejercitarse en buscar y hallar a Dios en todas las cosas”.

La realidad se nos presenta de muchas maneras diferentes, como las frutas. Puede tener una cáscara colorida y brillante como los mangos, dura e impenetrable como los cocos, áspera como las piñas, espinosa como las castañas. Con la mirada contemplativa, podemos ir disolviendo las cáscaras de la realidad, para contemplar a Dios en la medida en que él se nos revele, para saborear su obra y recrear la vida juntamente con él.

Dios está presente y activo en toda realidad. Mientras pasamos por el mundo comprometidos para realizar el evangelio, el Padre nos revela su presencia, su modo de actuar, para que nos unamos a él en el trabajo. Cuando dos personas realizan juntas un mismo trabajo, y crean algo unidas, se va formando una unión de una profundidad indescriptible. Al hacer la obra del evangelio, no sabemos distinguir dónde empieza el trabajo de Dios y dónde acaba el nuestro, ni cómo se unen los dos.

La “contemplación en la acción” es una forma de oración muy importante, pues nuestra vida discurre por callejones estrechos y amenazantes o por tierras desoladas. Y cuando salimos a los centros urbanos, entonces nos encontramos con los grandes edificios de hormigón y de cristal. Tal vez podamos descubrir a Dios en los callejones como cercanía infinita, y en los altos edificios como denuncia de unas diferencias que hieren la creación de Dios con el poder y la vanidad.

Con razón se habla de “místicos de ojos cerrados”, haciendo referencia a esos momentos en los que nos encontramos con Dios en la intimidad. También es necesario ser “místicos de ojos abiertos”, para descubrir a Dios a nuestro lado en toda realidad, para unirnos con él en el trabajo creador o en la admiración agradecida.

Educar como acto creador

Educar es un trabajo eminentemente creador. El ser contemplativos en la acción puede darle profundidad y sentido. No estamos solos en la tarea creativa. Nuestra labor no es exclusivamente un acto nuestro. Las aulas y los patios deportivos pueden ser los claustros y los templos de nuestra contemplación en la acción, es decir de nuestra unión afectiva y activa con el Señor.

 En la narración de la curación del paralítico en la piscina, a la que hacíamos referencia más arriba (Jn 5,1-15), no se hace mención religiosa ninguna. Se realiza en un ambiente pagano, una piscina dedicada a Esculapio, el dios griego de la medicina, y Jesús no exige la fe explícita como paso previo a la curación. Sólo le pregunta si quiere curarse. Jesús no aparece para el paralítico como Mesías, sino sólo como alguien tan humano y con tanta capacidad de acogida que él se siente confiado en arriesgarse e intentar responder a la invitación de caminar. La explicación de todo lo que ha acontecido, de todo el misterio de comunicación entre el Padre y Jesús, vendrá después en la discusión con los dirigentes judíos que le exigen a Jesús una explicación de lo que ha sucedido. El paralítico curado comprenderá todo lo que ha vivido, cuando Jesús lo busque días más tarde en el templo y le revele quién es y la vida nueva a la que es invitado.

Jesús sí ha vivido la contemplación en la acción, y por eso se puede realizar ese acontecimiento tan sorprendente. La posibilidad de vivir esta dimensión de la relación con Dios en la tarea educativa la llena de trascendencia y de inspiración, aunque no siempre se pueda explicar a uno mismo y a los demás todo lo que está implicado en este encuentro

Ocurrencias para la reflexión

Tómate tu tiempo, concéntrate, ponte en presencia de Dios... Pídele que te dé la gracia de encontrarle en los acontecimientos de la vida, en el quehacer diario, en las personas con las que te encuentras, en las historias de tanta gente... Dedica estos días, esta semana a intentar mirar la realidad y el quehacer del cada día, de un modo contemplativo: encontrar ahí a Dios, hablarle, acompañarlo, escucharle... Cada noche recoge cómo ha sido este acercamiento a la realidad y Dios... y agradécele por salir a tu encuentro. Al recoger esta experiencia, quizá descubras la necesidad de una mayor práctica, de contar con medios y maneras de caminar en esto de la espiritualidad... Convérsalo con el grupo. Seguro que habrá caminos a transitar.

 

4.4. La fiesta final de la historia ya empezó en medio del camino

El carácter festivo de la vida evangélica

El carácter festivo de la vida evangélica es fundamental. En las diferentes escuelas de espiritualidad que han aparecido en el cristianismo, la alegría y la celebración ocupan un lugar fun­damental. San Francisco de Asís habla de la “perfecta alegría” que es la que se da incluso en medio de los desprecios y los golpes. Santa Joaquina de Vedruna la llama “la principal virtud”. San Ignacio explica la “consolación espiritual” como una experiencia de gozo y de alegría que es un don de Dios que hay que cuidar contra el “mal espíritu” que la combatirá de muchas maneras, de frente o con disfraces de bienes aparentes, para llevarnos a la tristeza paralizante y tenebrosa. Para Ignacio el “oficio” de Jesús resucitado es dar alegría y paz “como un amigo” a su amigo.

Ya la primera comunidad cristiana sorprendió por su alegría (Hch 2,47). El rostro histórico del resucitado es la comunidad que se compromete por el evangelio en un mundo adverso y que al mismo tiempo celebra con alegría. La alegría pascual no es la ingenua alegría de la inconsciencia, sino la fibra última de la realidad por la que se transmite un don y un sentido que no se deja apagar por los conflictos históricos inevitables.

Lo opuesto a la alegría es la tristeza, no el sufrimiento. Con frecuencia vemos personas marcadas por el sufrimiento en su cuerpo y en su espíritu, con una larga historia de golpes contundentes, de trabajos duros, de asedios y conflictos, que conservan una alegría fina y compartida llena de ternura.

 

La alegría de la cosecha

En la verdadera alegría y en la celebración comunitaria hay ya el sabor de la fiesta final de la historia, de la cosecha definitiva del reino de Dios, de la dicha sustancial de la humanidad que se encuentra con Dios.

En la verdadera celebración, cada persona, la creación y la historia, participan de manera reconciliada. Recuerdo muchas eucaristías celebradas “donde acaba el asfalto”, en comunidades cristianas vivas y bien organizadas. Cada uno acude desde su propia peculiaridad, llevando por sus callejones estrechos y tortuosos su original historia hasta la fiesta común. Los bienes de la tierra simbolizados en el pan y en el vino se comparten por igual sin competencias fratricidas, ni protocolos que discriminan. No es una comunidad ingenua. En sus manos endurecidas que marcan con sus palmadas el ritmo festivo de la música, hay las huellas de trabajos mal pagados; en sus oraciones, brilla con una lucidez de bisturí bien afilado la denuncia lúcida de la injusticia y el vigor de los proyectos nuevos. El abrazo de paz no es un rito rápido sino un lento abrazo que se va extendiendo con calma de persona en persona por los pasillos y bancos. Y en el silencio lleno y respetuoso, se siente la dimensión del misterio que nos acoge a todos.

Existen muchas otras formas de celebración en la religiosidad popular, como romerías, peregrinaciones, procesiones, horas santas..., en las que se expresa mucho más la creatividad de nuestro pueblo. Es importante que aparezcan vinculadas a la realidad donde Dios construye su reino con nosotros. Celebramos tanto el triunfo definitivo de Dios contra toda expresión del “misterio del mal”, como el consuelo que ya nos llega ahora desde ese futuro que de alguna manera ya está presente en nosotros a mitad del camino.

La educación y la alegría

Esta dimensión festiva es muy importante también en la educación. A medida que se va creando toda la comunidad educativa, también es decisivo celebrar ese triunfo de la comunión y de la vida contra la ignorancia y contra tantas fuerzas desintegradoras que pesan contra el pueblo que vive en el abajo y en el margen de la sociedad.

El aprendizaje, el crecimiento, el sentido de pertenencia y de participación en la mística de “Fe y Alegría”, se manifiesta en los alumnos y profesores en diferentes tipos de celebraciones culturales y religiosas. La fe y la alegría son inseparables en la espiritualidad cristiana. La alegría no se da como resultado final de una contabilidad satisfecha de sí misma en la que todo cuadra, sino como expresión de la fuerza transformadora del Espíritu de Dios que está en nosotros, que crea el futuro nuevo con nosotros, y de una manera especial con estas generaciones más jóvenes, abriéndose camino en medio de tantas fuerzas hostiles y amenazantes que nos combaten.

 

Ocurrencias para la reflexión

 

 

 

 

¿Cómo anda la alegría en nuestra vida? ¿En nuestro quehacer educativo, la alegría se mueve a gusto o, por el contrario, fue expulsada? ¿Qué está matando la alegría en nosotros, en nuestras aulas, en nuestras familias? La alegría no se programa, pero sí se cultiva ¿Cómo la vamos cultivando?

 

CAPÍTULO 5

Tejiendo el tapiz del reino de Dios

El reino de Dios es como el tapiz que una mujer andina va tejiendo lentamente. En su imag­inación, tiene el diseño final y los dibujos nuevos que van apareciendo entre sus dedos cada día. Utiliza cuatro hilos de colores diferentes que va combinando con destreza. Los cuatro hilos son necesarios, pero a veces es uno el dominante que llena casi todo el espacio. Tal vez es el azul del cielo. Cuando aparece una mancha negra en medio del azul, parece un error. Pero a medida que va creciendo el tapiz se ve que ese punto negro era el comienzo de un cóndor magnífico de alas desplegadas, que nos sorprende con su vuelo. Sólo al final podremos admirar el tapiz completo. Ahora podemos alabar la belleza de algunos dibujos, pero sólo al final constataremos cómo se sitúan en armonía con todos los demás.

El reino de Dios, en cada uno de nosotros y en nuestro mundo, crece como el tapiz. Sólo las personas que se dejan guiar por el Espíritu aciertan con el dibujo de cada momento, con la acción precisa que hay que realizar. Cuatro hilos son necesarios, cuatro formas diferentes de oración que se complementan y afianzan entre sí como los hilos del tejido, para dejarnos conducir enteramente por el Espíritu y realizar la obra de Dios.

En la oración personal contemplamos a Dios en su Hijo Jesús, y nos dirigimos a él con la oración que él nos enseñó llamando a Dios “Padre nuestro”, y con otras oraciones de la Iglesia o de nuestro corazón que expresan lo que sentimos. El don del reino de Dios llegará hasta nosotros como regalo suyo en esta contemplación personal.

En la oración de discernimiento, acogemos ese don nuevo que Dios nos ofrece para bien nuestro y de todo el pueblo, tratando de separarlo bien de otras visiones inhumanas que lo contaminan y lo devalúan.

Realizamos ese don de Dios sobre nuestra tierra con nuestro trabajo creador, sabiendo que la creatividad de Dios y la nuestra se unen en cada acción concreta, en cada nueva puntada del tejido. Contemplamos a Dios actuando en medio de nosotros, juntamente con nosotros, y también en otras muchas personas que trabajan a nuestro lado. Así vivimos la contemplación en la acción.

Nos reunimos en la comunidad para la celebración comunitaria de todo lo bueno que va apareciendo entre nosotros, sabiendo que vamos hacia un final feliz, hacia el reino de Dios, que ya empezó en su etapa definitiva y última con Jesús resucitado, y que ahora se va construyendo con nuestro compromiso creador. El tapiz llegará a realizarse en toda su belleza.

Como los hilos del tapiz, estas cuatro formas de oración no ocupan siempre el mismo espacio en nuestra vida. En momentos de encrucijada, la oración de discernimiento se intensifica, y en otros momentos puede ser la contemplación per­sonal la que llene más nuestra vida interior, la contemplación en la acción o la celebración comunitaria.

Lo importante es dejarse conducir por el Espíritu de Dios que está en nosotros, y que es el mismo en todos. Sólo él nos puede guiar como miembros de un solo cuerpo para ir construyendo la belleza armónica de ese tapiz que llamamos reino de Dios, tierra habitable, mundo justo en una naturaleza no contaminada y disponible para todos sin excepción ninguna, donde toda etnia, cultura y religión tengan su espacio y sientan miradas alrededor que las acogen en su diferencia con gozo y con respeto.

 

Ocurrencias para la reflexión

 

 

Cuatro hilos son necesarios contemplación personal la oración de discernimiento la contemplación en la acción la celebración comunitaria ¿En qué consisten cada uno de esos hilos? ¿Cómo podemos comenzar a tejer ese tapiz?

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA  COMPLEMENTARIA

 

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