Los santos inocentes
por LUIS ARMANDO AGUILAR SAHAGÚN
El día de los santos inocentes es el día de Jesús, atestiguado por la sangre de la parte más pura y santa de la humanidad masacrada por el poder adulto. La solidaridad de Jesús con el hombre corresponde la solidaridad de los niños asesinados, maltratados, violados, inmolados, víctimas del abuso de los mayores. Mayores que, como seres abusivos, acaban por ser menos que los menores, por no ser dignos de su humanidad. Pero también con ellos se solidariza Jesús niño, para rescatarlos de su malicia y crueldad. Niños mártires, los masacrados por las huestes de Herodes el llamado grande. Niños que dan su sangre por Jesús. Gemido hasta la eternidad de sus madres y sus padres. Rebeca…que llora, y Dios con ella, compadecido.
Dios es inocente, infinitamente. Al punto de lo indecible. En Jesús la inocencia de Dios es agua purísima que se mezcla con la inocencia humana. La pureza prístina de la carne de una virgen, ella también inocente. Sólo es culpable el hombre que rechaza la inocencia de Dios, que es el amor puro, absoluto, inabarcable.
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La inocencia siempre tiene rostro. Y aunque no es exclusiva de los niños, en quien la inocencia sea, como un milagro, tendrá algún como rasgo o dejo infantil. Pero la primacía de la inocencia es de los niños. Es espontaneidad sin malicia. Es puro ser, puro estar, puro reír, puro estar serio. La inocencia es pureza. Es lo directo. Lo que no oculta nada. O si lo oculta, no puede ocultarlo, no al menos por largo tiempo.
Un niño inocente se presenta por su nombre, aunque lo hayan enseñado a desconfiar. Una niña inocente acaba por regalar una sonrisa. (Los excesivos mimos no logran opacar la inocencia. Pero pueden llevar fácilmente a enturbiarla, por los gestos y deseos que, incunados por los mayores, los pequeños reproducen caprichosamente).
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El hombre busca recuperar la inocencia. Lo hace en el chiste sin malicia, chiste bobo. En poses, también en actos, actitudes y gestos. Se sabe culpable. La culpa acusa pérdida. Y lo perdido es el ser originiario. El ser no desplegado en lo que son sus apariencias, sus formas postizas. El hombre que aspira a la inocencia busca que no haya ya en él recovecos. Pero la misma búsqueda, pasa por ellos, o los crea… Se pierde en su laberinto. Inventa paraísos perdidos, proyecta utopías. Aspira a la reconciliación perfecta. Integridad, unidad. Se vive en deuda. El hombre es un ser en quiebra. Y hasta que no lo reconoce, hasta que es capaz de suplicar el auxilio, de pedir perdón, vuelve a sí mismo.
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El perdón es una experiencia fundante. Funda la humanidad del hombre por el hombre, porque el hombre no puede darse el perdón a sí mismo, no al menos, sin antes haber sido perdonado por otros. Porque es ser en relación, su ser culpable lo es ante los demás. El perdón que se da a sí mismo… ¿Es, en realidad, de sí para sí? Y si el hermano no perdona a su hermano, lo ata a su falta.
El perdón re-funda la humanidad del hombre por Dios. La experiencia bíblica es que la culpa pone al hombre en su lugar. Lo derriba de su engreimiento, de una ceguera, de la transgresión, del mal cometido. Pero sólo si reconoce ese su ser culpable como algo suyo, inherente a su insuficiencia, puede recibir el perdón como don de Otro, de Dios, que es bondad, compasión y ternura paterna infinitas.
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Jesús nació en el mundo, y no bien había nacido, ya el poderoso se siente amenazado y busca asegurar su soberanía en su acto supremo de violencia, sobre infantes inocentes. La ignominia mancha el nacimiento del Santo. La brutalidad no enturbia la inocencia del Hijo de Dios, ni de Dios Padre. Dios llora en Raquel, en todas las madres que se duelen por sus hijos desaparecidos y ultrajados. Dios se duele en María, que llora la muerte de los hijos de Israel. Dios gime con José, quien no se explica tanta maldad…
La fiesta de los santos inocentes es como una invitación a un nuevo éxodo. Salir de Belén con José y María, como un esclavito indigno, protegiendo al niño Jesús, rumbo a Egipto. Allí esperar hasta nueva indicación. Hasta que se escuche de nuevo la voz: “De Egipto llamé a mi Hijo”. De la tierra donde se gestó el Éxodo del pueblo elegido. Ahí Jesús escuchará de los atropellos del Faraón sobre los esclavos. De las ignominias de la esclavitud. De la infidelidad de los hombres que construyen dioses con pies de barro, que construyen tumbas de inmortalidad con la sangre de miles de esclavos. Allí crecerá en sabiduría y gracia, y se fortalecerá para volver a su tierra. Allí oteará el desierto y escuchará, de labios de José y de María, las historias de liberación. Las grandes obras realizadas por Yahvéh, y su fidelidad eterna. Las pirámides serán lugares de asombro y de indignación… El celo de la casa de su Padre se gestará en esa tierra extraña. Allí llorarán sus padres, y él buscará darles consuelo. Y conocerá a otros desterrados, y sabrá la suerte de los deportados. Allí crece Jesús por algún tiempo. Cuidar a Jesús en tierra extraña. Ahí donde la infancia de Dios es amenazada, donde hay quien busca abusar de los pequeños, explotarlos y los maltrata como a sus esclavos y objetos. En Egipto, donde se habla una lengua extraña, Jesús aprende a decir “Abba”. Acompañando a Jesús niño caminamos tras nuestro liberador, hacia la tierra prometida donde se ha de acabar de hacer hombre y dar su vida por nosotros.
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En Jesús niño el hombre ve su posibilidad de ser quien es. El perdón le es ofrecido en total exposición. El amor expuesto de Dios, en el niño Jesús, expuesto al abandono y al maltrato, y al cuidado y la ternura. El niño Jesús da a la responsabilidad del hombre su medida exacta: la responsabilidad de un padre por el bien de su hijo; de un hermano mayor por un hermano menor; de un amigo por su amigo… En realidad, en Jesús, el Cristo, se rompen las simetrías. El hermano menor difícilmente cuida del mayor; el mal amigo, del buen amigo. El Dios hombre puesto en manos del hombre. Entregado a los hombres, al punto de que puedan llegar “a hacer con él lo que quieran” (Ev. de Marcos), azotarlo, despreciarlo y darle muerte de cruz.
El niño Jesús es la promesa eterna del ¡Sí! amoroso del Padre, a pesar del rechazo. En Jesús todos los hombres hemos sido perdonados. En Jesús niño el perdón es realidad por adelantado y en retrospectiva, desde Adán hasta el Judas que se arrepiente. El hombre que carga y se encarga del niño Jesús –un pastor, una prostituta, un maleante, un tirano-, tal como él es y está en “cualquiera de los más pequeños”, recobra la inocencia y, en el día final, será llamado por Jesús Rey y Juez, “bendito de mi Padre”.
Ya no esperamos. Ahora somos responsables del niño Jesús. De cuidar de él. Cuidar que crezca el Hijo de Dios en nosotros, en los demás, en los niños, en el mundo. Cuidar de él en cada inocente.
Monasterio de la Madre de Dios, el Encuentro.
Ciudad Hidalgo, Michoacán 28 de Diciembre de 2012.















