Adviento 2011
Dr. Luis Armando Aguilar Sahagún
I
El anhelo del hombre es ser feliz. La historia es en cierto modo el entrecruzamiento de caminos que trazan las inciertas rutas por las que busca alcanzarla. Lo es porque los caminos de los hombres se cruzan, en ocasiones de forma muy dolorosa, al no coincidir en la búsqueda ni en los medios de alcanzar esa anhelada felicidad.
El tiempo del hombre está lleno de desgracias, dificultades, confusiones. Caminamos sin un rumbo claro. La historia es el tiempo de lo definitivo. El tiempo de nuestro país está marcado por la tragedia de la violencia. Manchado de la parte más oscura del corazón del hombre y de la barbarie que somos capaces de cometer. El adviento es la oportunidad de vivir abriendo en el corazón el lugar para que el acontecimiento que parte la historia en dos, Jesús que nace en ella, sea lo definitivo y así, inspire en nosotros el modo en que tendríamos que afrontar un momento histórico tan doloroso y lleno de sombras.
Para un cristiano la historia no es linear, no es un caminar hacia donde sea. La historia tiene un punto de llegada, que es Jesús. La historia es un tiempo de espera y un tiempo de gracia. Es el tiempo necesario para volver a Dios, para convertirse y aceptarlo en la propia vida.
Para un cristiano el tiempo está penetrado de una presencia. No es el mero transcurrir. Tampoco es un devenir lineal sin meta; no es la medida de lo que ocurre, ni el eterno retorno de lo mismo. El tiempo es gracia, es poder ponerse en la presencia del Dios vivo y eterno. Por más que parezca ausente, Dios está presente entre nosotros para toda la eternidad.
Desde la creación del mundo el tiempo es coordenada del escenario de la magna obra de Dios. Con la aparición del hombre, el tiempo es concurrir de la vida en el despliegue de todas sus formas. El hombre, al despertar a la conciencia, ha asumido su estar en el mundo como tarea; en virtud del tiempo y de nuestra referencia a los demás, esa tarea es empresa que se nos ha encomendado como comunidad de creyentes.
Para el hombre lo inesperado no es que Dios exista, sino que se muestre misericordioso. Y lo que creemos los cristianos es que no ha podido hacerlo en mayor medida que en Jesús de Nazareth.
Adviento quiere decir: alguien viene y lo estamos esperando. Vivir en la espera pone de manifiesto el fin único del hombre: Dios. Adviento quiere decir: Dios viene, para hacerse Dios-con-nosotros.
Adviento es poder esperar, reavivar la esperanza de que Dios se hace un niño. Un niño es símbolo de indefensión, de estar expuesto, al trato –y al maltrato-, al cuidado, a lo que los demás le dan para ser y llegar a ser…
El tiempo de adviento es el tiempo en que podemos abrir los ojos, pedir a Dios que nos abra los ojos y el corazón para verlo en Jesús. Pedir la gracia de alegrarnos porque podemos esperarlo. Demandamos ese Don. Adviento es cultivar el don de poder esperar.
Un niño es un llamado a la ternura y al asombro. Eso es Jesús, radicalmente. Lo es por ser quien es, y porque llegó a ser quien fue. “Os ha nacido un redentor”. Queremos que estas palabras suenen como por primera vez en nuestros oídos, y que nos llenen de una inmensa alegría y nos muevan a la adoración servicial.
II
El crecimiento nos va haciendo sentir nuestras necesidades, y en cada etapa buscamos su satisfacción. Nuestro ser temporal es más que crecer como planta o como animal. Hay en nosotros algo que pide que el transcurso del tiempo sea maduración, fortalecimiento de eso que en nosotros es lo más íntimo y que abarca todo lo que somos. Nuestra persona. El tiempo, para cada persona, en su oportunidad de florecer y, en cada etapa, de su propia plenitud. No sólo se es niño sólo para llegar a ser adulto (Goethe). Cada etapa tiene su sazón, su valor y su sentido.
Cada uno de nosotros espera una plenitud. Y sabemos que sólo lo podemos alcanzar de la mano de los demás. La experiencia nos va mostrando que, en realidad, sólo la alcanzamos cuando nuestra plenitud es ser para los demás.
Esto nos lo enseñó Jesús. Nos mostró que sólo siendo para los otros podemos vivir verdaderamente. Nos enseñó que ese proceso pasa por dolorosos desprendimientos de todo cuanto en nosotros es resistencia y cerrazón. Y nos enseñó que amar a Dios y al hermano es el fin único del hombre. No nos podemos pensar a nosotros mismos sin Dios y sin la referencia a los demás. Esa referencia tiene formas, adopta modalidades que le dan el tono peculiar al tejido de nuestras relaciones: La familia, la comunidad, la sociedad en su gran diversidad.
En el Evangelio está bien señalado que Jesús se ha identificado con los más necesitados (Mt 25, 31 ss). Jesús, que anunció el reino y a quien en la fe los cristianos reconocemos como rey, sabemos que lo importante para él es la misericordia. Por eso podemos ver en el tiempo de adviento una oportunidad para crecer en misericordia. Al mismo tiempo, sabemos que ese Rey comenzó por hacerse hombre y ser un rey en un pesebre. Allí fue adorado por igual por gente sabia y por gente sencilla. Su identificación con los más necesitados comenzó por ser él mismo un ser tremendamente necesitado de los demás. El adviento es un buen tiempo para dejar que crezca en nosotros el asombro ante esa humildad de Dios.
La ternura del niño Dios, a quien esperamos, mueve nuestras entrañas verdaderamente, si en ese niño llegamos a ser capaces de ver el rostro de todo ser humano, sobre todo del que más sufre. Y también, si en el rostro de cada ser humano, sobre todo de los más necesitados, llegamos a entrever un lugarteniente del Rey que ha de volver.
III
¿Qué puedo esperar?
Qué me es dado esperar. Es la pregunta que, según Kant, corresponde a la religión responder. EL ser humano es un ser proyectado hacia el futuro, futurizo. Vivir significa estar siempre en tensión. Como ser futurizo, el hombre vive en la espera…
¿Qué esperamos? Esperamos que haya paz y bienestar para todos. Esperamos que las instituciones se fortalezcan, se limpien de la corrupción que las erosiona y que mina la confianza social; esperamos que atrapen al Chapo Guzmán…
Como cristianos, esperamos más, mucho más que eso. Porque creemos que Dios tiene un plan y que al enviar al mundo a su hijo ese plan ha encontrado su punto decisivo de realización. Porque creemos que el Verbo se hizo carne, esperamos todo lo que en Él se hizo promesa para todos los hombres. Esperamos lo inaudito.
- En un clima de violencia, esperamos no sólo la paz, sino al Príncipe de la paz.
- En un clima de esperanzas fragmentadas, esperamos la salvación de todos los hombres, la comunión del hombre con Dios.
- En un clima de sentidos truncados, parciales, esperamos en Dios como el fin de todo anhelo, el autor de la redención y su verdadero protagonista.
- En un tiempo de desolación, esperamos que Dios se haga presente a todo ser humano como Padre de todo consuelo, como presencia paterna, filial y santificante, capaz de colmar los anhelos rotos, ocultos del hombre.
- En un clima de medias verdades, de explosión de la información que nos satura y confunde, esperamos la Verdad clara y pura, en un hombre concreto, en Jesús de Nazareth.
- En un clima de mercancías de sentido, esperamos que el Sentido nos sea dado gratuitamente, como nos fue dado Jesús.
- En un clima donde la historia parece fragmentarse, esperamos poder sumarnos a una única historia de la salvación, a partir de nuestra propia historia de la salvación. Dios actúa en nosotros y esperamos que siga actuando.
Esperamos el futuro impredecible e indisponible, Dios mismo, presente en el Reino inaugurado por Jesús. Reino al que se pertenece por servicio al Rey eterno en los más pequeños, en los desamparados, en los que tienen hambre, sed, los que viven a la intemperie, los afligidos, los encarcelados, las víctimas de la injusticia y de la crueldad.
Esperamos que el niño Jesús sea quien suscite en nosotros, en medio del gozo que da a nuestra vida la verdadera intensidad, la convicción profunda de los pastores: “En verdad, hoy nos ha nacido el Salvador”. Y la convicción profunda, conmovida, del soldado romano: “En verdad, este era el hijo de Dios”.
IV
El tiempo no es el transcurrir fragmentario de momentos. El tiempo, dice el teólogo Karl Rahner, ha sido salvado. Ha alcanzado su centro, que puede conservar el presente y acoger al mismo tiempo el futuro; un centro que dirige el presente, en lo que tiene de permanente y vital, a la eternidad. Pues en este tiempo, que todavía ha de ser salvado, ha venido el Dios hecho hombre, que es ayer, hoy y por toda la eternidad (Heb 13, 8).
Las escrituras pueden ser leído en la clave del presente, de nuestro aquí y ahora. Al mismo tiempo, remiten siempre al futuro. La última palabra de la Biblia es: “Ven Señor, Marana Tá” (Ap 21, 20). Lo ya realizado sigue siendo esperado, motivo de esperanza, y lo podemos vivir así, porque la fe siembra en nosotros esa tensión. Jesús es la clave para entender la historia, nuestra propia historia.
Nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro están impregnados de significado leídos en clave de relación personal, se seguimiento y vinculación. Nuestras vidas son un acontecer de Dios. Podemos decir que así como el mensaje del Antiguo Testamento es comprensible a la luz de Jesucristo, así también nuestras vidas, como una historia de salvación en la que lo decisivo no sucede sin nuestra libre participación. El adviento puede ser la oportunidad para releer nuestra vida en clave de Alianza, cumplimiento y promesa.
El cristiano puede esperar con gozo a Jesús si se sabe destinatario de una promesa por parte de Dios. Y si esa promesa pasa por la experiencia del dolor y los males del mundo. Hay una solidaridad con los demás, con su necesidad y sus anhelos, que aumenta la urgencia de un Dios que los atienda y colme.
El anhelo del hombre coincide con el anhelo de Dios. Pero tenemos necesidad de que él nos muestre que en Jesús ese anhelo encuentra su punto de llegada. Y en su seguimiento, nuestra posibilidad de ser hombres verdaderos y colaboradores de su gran proyecto.
V
Todo en Jesús es mensaje, es buena nueva. Queremos caminar con los hombres y mujeres que quizá han oído de Jesús o que quizá lo buscan sin saberlo, en una silenciosa espera, que prepare el gozo, para poder comunicarlo eficazmente. Nos queda sólo el tiempo necesario para volver a Dios, para disponernos al gozo de darle gracias con todo lo que somos y tenemos, por su gran misericordia al darnos la vida, y al dar su vida por nosotros.
Por Jesús hemos quedado vinculados para siempre unos con otros. Podemos decir que cada uno de nosotros es una alusión a todos los seres humanos. Somos un anhelo que despierta poco a poco a su propia verdad. Cuando eso ocurre, nos exponemos a lo que ella propone: salir, amar y ahí perdernos. Somos un miedo que busca el antídoto en la confianza, un cubrirnos que quiere ser desnudez, pero sin ser vulnerada. Exponerse del todo, y ser acogido así, puesto a ser aceptado y perdonado, dispuesto a perdonar, si hay correspondencia. Tememos la decepción y la impostura. Aun la que somos capaces de hacer nuestro escudo y nuestra posibilidad.
Nuestra verdad despierta, más allá del entusiasmo, más allá de lo que parece osado y loco. Porque no estamos hechos del todo, e intuimos que nos hacemos tomando de la mano a otros. Ellos son nuestra real trascendencia, nuestro “fin” si bien no el último, sí el que espera a la puerta de nuestro corazón frágil e impotente. Nuestra fuerza es la mano tendida, la comunicación, nuestro ser palabra hecho diálogo y, más, poesía (obra) para los demás. Ahí, como afirma Lévinas, despunta la luz del altísimo.
La fe nos mueve a creer en la promesa de que las bodas con una prostituta son parábola de un amor loco del Creador por su creatura, aceptación de la infidelidad, para hacer posible la fidelidad mutua, el perdón (Oseas), la capacidad de ser más que un torso imperfecto, de no perdernos en la desintegración que trae consigo la idolatría de los muchos amores que desgastan la energía interior de esa grandeza que esconde el corazón del hombre, que es nada si no es entregada del todo a quien pueda aceptarla y recibirla con gratitud. En los actos, en las obras, en la vida de amor humano se celebra la alianza, las bodas de Dios con el hombre.
Para reflexionar:
- ¿Qué significa esto para mí? ¿Yo que espero?
- ¿De qué manera la fe en Jesús vivida en este tiempo me mueve a esperar en mis hermanos y compañeros? ¿A promoverlos en sus posibilidades?
- ¿En mí mismo, en mis posibilidades de futuro?
- ¿En dónde descubro los signos del compromiso de Dios en mi propio futuro? ¿En el de mi comunidad? ¿En el de mi país?
VI
Adviento es abrir los portones del corazón y de la mente, para que entre ese Rey de la gloria. Es trabajar en la disponibilidad para que nuestra persona sea como una hospedería digna y amable para recibir a Jesús, a su familia y a sus amigos.
Creemos ya que Jesús es la respuesta de Dios a los anhelos del hombre y la luz que ilumina sus contradicciones. Necesitamos que eso se traduzca en nosotros en una comprensión, unas actitudes, unas acciones.
El tiempo de Adviento es adecuado para cultivar en el corazón la actitud de Juan Bautista. Estar esperando al Mesías. El bautista puede esperar con gozo, pero también con premura y con ansia la venida del Cristo, porque ha experimentado su propia necesidad de salvación, y porque vive de la conciencia de esa necesidad para el pueblo. Se sabe radicalmente incapaz de alcanzarla por el esfuerzo propio. Ha visto y sentido los límites de lo que los hombres son capaces de hacer por alcanzarla, y ha experimentado la amenaza de perderse en la que siempre nos encontramos.
Adviento es el tiempo de gracia en el que podemos preparar la disposición para que Jesús sea la gran noticia, la más grande y alegre que podamos imaginar. ¿Qué haré por ese Rey cuando nazca? ¿Cómo lo cuidaría, si pusieran su cuidado en mis manos? ¿Qué tengo que dejar para poder poner sólo en él la esperanza?
Estas preguntas nos las tenemos que plantear en el contexto de una historia en la que sentimos la necesidad de cambios en la política, en la economía, en las relaciones humanas, en nosotros mismos. El tiempo de adviento es el tiempo en el que podemos preguntarnos una y otra vez cómo mira Dios la historia humana. Cómo será su mirada de misericordia, su gozo por la vida del hombre, su compasión por tanta pena, maldad y privación. Hasta donde es capaz de llegar al mirar a sus criaturas con amor de Padre…
Adviento es compromiso de Dios con el hombre y del hombre con Dios. El Hijo de Dios ya ha puesto su morada entre nosotros y es el autor de nuestra salvación para toda la eternidad. Esperar la venida de Jesús no es mero rememorar, es esperar unos en otros, creer unos a otros, promovernos unos a otros, con humildad, con gozo y gratitud por ser gracia unos para otros, confiando, asombrados, en la dignidad, en la grandeza de lo que ha hecho Dios con nosotros, de nosotros y por nosotros.
VII
No hay nada más vulnerable que un niño. Jesús es el niño que llegó a ser el hombre (Ecce homo) por cuyas heridas fuimos salvados (1 Pe 2, 24). Jesús fue el niño que, al crecer en sabiduría y en gracia, fue abriendo caminos de humanidad, sembrándolos con por su solo modo de irse haciendo, por su mero ir pasando, sembrando así esos caminos y fecundándolos de alegría y de esperanza. El niño vulnerable, el joven fortalecido, el hombre vigoroso, hecho varón de dolores en manos de sus hermanos, por quienes iba dando la vida…
Jesús vulnerable, niño, vulnerado en sus miembros, en su ser. Es el hombre a quien esperamos, cuya venida es nuestra esperanza.
Para reflexionar:
- ¿Qué significa para mí comprenderme de cara al niño Jesús?
- ¿De cara a Jesús que crece, como yo, y va aprendiendo a relacionarse con los demás y con Dios, su Padre?
- ¿Qué podemos aprender de la vulnerabilidad de Jesús al experimentar nuestra propia vulnerabilidad? ¿La de nuestros hermanos?, ¿La de nuestra sociedad? La del mundo?
- ¿Cómo mueve para mi Jesús mi esperanza? ¿A qué compromiso me mueve?
27 de Noviembre de 2011















