Una reflexión masculina
sobre el paradigma patriarcal y la identidad de género
Por José Lara
¿Cómo es que llegamos a vivir ciertas tareas y moldes de imágenes mentales acerca de qué es lo masculino y lo femenino? Y ¿qué efecto tienen en nuestra relaciones hombres – mujeres?
Comprender este fenómeno de la experiencia humana requiere de una aproximación compleja de los diferentes campos explicativos: biológico, psicológico y sociocultural, desde una reflexión ética.
Sabemos que los roles y los estereotipos están en nuestros “huesos culturales”, es decir, en las creencias, valores y costumbres que nos dan identidad y que se han aprendido a través de las relaciones que nos socializan a través del juego, los premios, los castigos, la aceptación y el rechazo, que se dan en nuestros espacios de relación: la familia, la escuela, la iglesia, etc.
Así, a través de estas dinámicas culturales los hombres fuimos jugando a ser independientes, autónomos y fuertes; a mandar e imponernos o a obedecer y someternos ante los más fuertes; a expresar el enojo y luchar por lo que se quiere. Las mujeres, en cambio, fueron jugando a ser dependientes, dóciles y a mostrarse vulnerables; a ceder en sus opiniones o ejercerlas de manera indirecta; a expresar el llanto y sentirse culpables. Si observamos los juegos de los niños podremos captar estos aprendizajes a través de las acciones.
En cada cultura hay paradigmas, es decir, explicaciones y modelos de la realidad y de cómo debe ser vivida; discursos sobre el mundo humano: el yo, los otros, la naturaleza, la sociedad y la misma cultura. Estos paradigmas son una especie de programa, que modela nuestros pensamientos y acciones. Subyacen a la cultura, son como las tuberías que están por debajo de la ciudad. Los aprehendemos y reproducimos de manera acrítica, y sin embargo, desde los paradigmas justificamos nuestras ideas acerca de los roles de manera lógica, aunque tengan un supuesto ilógico que generalmente se los atribuimos a la naturaleza sin cuestionarlos de fondo. Ejemplos:
“Los hombres deben estar en puestos ejecutivos porque son más racionales”.
“Es que las mujeres están hechas para servir porque son más sensibles”.
El paradigma que subyace en nuestra cultura de la identidad de género: del hombre y la mujer, es el patriarcal. El supuesto ilógico que sustenta es un discurso de poder asociado a la fuerza, sea física, psicológica, económica, política, etc.
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Nos remite al concepto de poder. Que implica la existencia de “uno arriba” y “uno abajo”, adoptando la forma de roles complementarios: hombre – mujer, padre–hijo, maestro–alumno, patrón–empleado, joven–viejo.
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El empleo de la fuerza se constituye como un método de doblegar la fuerza de otro, sea en los roles complementarios o entre iguales.
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Así la violencia, son todas aquellas acciones que invalidan al otro como un legítimo otro en la relación con uno, ese otro puede ser otro o uno mismo.
¿Qué efectos tiene el paradigma patriarcal en la relación hombre – mujer?
Este paradigma se expresa en las diferentes conductas y creencias que tanto los hombres como las mujeres vivimos en la relación. Las diferentes formas en que los varones ejercemos la violencia con las mujeres van desde el golpe, el grito y la intimidación de manera abierta y frontal, hasta otras más sutiles; algunos autores le llaman la violencia invisible (microabusos y microviolencias) que se pueden distinguir en las siguientes acciones:
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Descalificar, ignorar y reprimir la manera de pensar, sentir y actuar: ridiculizar, minimizar o simplemente no escuchar con la creencia implícita de tener el monopolio de la razón.
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Limitar la autonomía, intereses y necesidades individuales de la mujer a través de la manipulación, el chantaje o la sobreprotección con la creencia implícita del monopolio de la libertad.
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Hacer a un lado a la mujer en la toma de decisiones respecto a lo económico, diversiones, disciplina de los hijos, control de la televisión, etc.
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Abusar de la capacidad femenina de cuidar a otros encasillando a la mujer a una dimensión de madre y esposa y dejando en ellas la responsabilidad de la relación y del otro; o en el espacio laboral, relegándola a roles de cuidado o de supuesta menor importancia como secretaria, asistente, profesiones de servicio. Y con esto, sobrecargando de trabajo a la mujer que sirve y exigiéndole total disposición en los diferentes espacios relacionales tales como el laboral y doméstico.
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No compartimos la vida, esto es, limitamos la comunicación acerca de nuestro trabajo y relaciones, haciendo silencios, contestando con monosílabos o negando la posibilidad de comprensión de las “cosas que no entienden”.
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Avaricia de reconocimiento y disponibilidad, negando a la mujer sus derechos, necesidades, aportaciones y necesidad de afecto; favoreciendo con ello la dependencia.
La violencia explícita o invisible está sustentada en un paradigma patriarcal que tiene dado por supuesto la superioridad del hombre con respecto a la mujer. La mujer también participa y reproduce este paradigma al invalidarse o invalidar a otras mujeres en la relación mujer - hombre. Hombres y mujeres hemos aprendido roles y estereotipos basados en un paradigma implícito y de fondo que no vemos y por tanto no lo cuestionamos
El problema de la inequidad en los roles y estereotipos de género no se encuentra en las tareas o funciones que un hombre o una mujer puedan desempeñar, se encuentra en el valor que le damos a esas tareas y a esas imágenes, en el valor que le damos a la persona por hacer esas tareas; en otras palabras, se encuentra en invalidar a la otra persona como una igual persona en la relación.
“El primer paso está en poder ver-nos como personas, no como roles y estereotipos de género, ya que ahí está planteado en sí el inicio de esta dicotomía y de la división” (1).
¿Cómo podemos los hombres establecer relaciones de equidad y respeto mutuo? A continuación nombro algunas líneas de reflexión que tienen por propósito promover la discusión y la acción:
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El paradigma, sea llamado patriarcal o matriarcado es lo mismo, lo esencial es el uso y abuso del poder que hacemos en la relación. En cualquier relación donde medie la autoridad existe el riesgo de abusar del poder.
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Poner al descubierto como abuso de poder las acciones y discursos encubiertos en nombre del amor como por ejemplo: “no te dejo que salgas con tus amigas porque me preocupa que andes en la noche”…”te pego para corregirte”…”lo natural es que la mujer se quede en casa”… “plánchale la camisa a tu hermano, sírvele comida”…
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Los hombres tenemos una deuda histórica y cultural con la mujer, hemos hecho uso y abuso del poder. Tenemos la obligación de reflexionar las maneras en que invalidamos a la mujer en la relación, a fin de minimizar y erradicar estos daños e influencias culturales. Esto implica reconocer el machismo que anida en nuestros “huesos culturales”.
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Los hombres podemos y tenemos que participar de las tareas y roles estereotipados de la mujer, con el fin de aprender en la experiencia el valor de cuidar y proteger desde el servicio.
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Cuestionar y modificar las estructuras de poder que agreden y limitan la participación, toma de decisiones, autonomía y reconocimiento de la mujer en los espacios públicos, políticos, religiosos y económicos. No sólo reducir la equidad a la relación de pareja en los espacios privados de interacción como es la casa.
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Nos implica a los hombres, por un lado: no dar oportunidades sino devolver los derechos humanos que hemos quitado social y culturalmente a las mujeres: el liderazgo, la autonomía, la autodeterminación, la razón, la fuerza. Y por otro: recuperar el afecto, el servicio, la ternura y la capacidad de comunicar los sentimientos que los aprendizajes culturales nos han quitado.
Concluyendo, el paradigma patriarcal o de poder no sólo está presente en nuestras relaciones hombre – mujer, sino en todas nuestras relaciones y espacios relacionales: casa, trabajo, iglesia, escuela, gobierno, comercio, naturaleza, etc. Esto nos implica reconocer las diversas expresiones de sufrimiento que surgen en una cultura centrada en relaciones de dominación y sometimiento a la vez que de desconfianza y control. Nos deja la tarea de reflexionar cómo la mujer usa y abusa del poder desde la posición de subordinación.
Nos deja la tarea de equilibrar y compartir el poder y el servicio en la relación mujer – hombre, de buscar caminos y valores que nos den un sentido de re – ligación, de interdependencia y común – unión, basados en los valores de amor, respeto, compasión, justicia y libertad; traducidos en conductas que habrán de darnos el valor de personas en la relación.
13 de Marzo del 2008.
Estudios de Filosofía por el Instituto Libre de Filosofía de los Misioneros del Espíritu Santo.
Licenciado en psicología por le Escuela libre de Psicología, A.C.
Maestro en terapia familiar sistémica, por el Instituto Regional de Estudios de la Familia.
Psicoterapeuta familiar y director académico del Instituto Agustín Palacios Escudero.
Referencias bibliográficas:
Este ensayo lo puedes encontrar en www.iape.edu.mx . Se puede imprimir y reproducir citando la fuente. Otras referencias para comprender el ensayo:
Magaña, Tislim. Reflexiones femeninas sobre el paradigma patriarcal y la identidad de género. 13 de marzo del 2008, www.iape.edu.mx
Morín, Edgar. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Ediciones UNESCO, México 2001.
Bonino Méndez, Luis. Micromachismos: La violencia invisible en la pareja.
Lara, José Luis. La vida es un cuento. www.iape.edu.mx , 2006.















