Por José Lara.
Los seres humanos, en la vida, ensayamos diferentes versiones de nosotros mismos en la relación con los otros. Ensayamos versiones íntimas como ser padres, pareja, hermanos y amigos; ensayamos versiones sociales como ser maestras, ingenieros, pastores, médicos…y psicoterapeutas. Ya se habrán fijado que digo “versiones de sí mismos” como si fuéramos algo que “puede llegar a ser de diferentes maneras”, estas palabras dicen lo contrario de pensar que “ya somos” y que tenemos una identidad definida. Pero hablo de esta manera por locura temporal y confusión. Y es que anoche, antes de acostarme, comí una torta que seguro agitó el sueño y se los comparto a continuación:
El sueño del tortero y el psicólogo
Por la noche, otra vez ese sueño se me atravesó por un instante, quizás todos tenemos ese breve anhelo de ser otro, de ensayar otra versión de sí mismo...pues bien, soñé en ser "tortero"... así es, puse un negocio de tortas y como a fuerza de hacer y del relacionar se hace el yo, pues en mi sueño soy un tortero. Me levanto por la mañana al súper a comprar pan, jamón, carne, champiñones; llego al changarro, limpio y abro; espero a la gente, miro sus ojos cansados y hambrientos...indecisos me preguntan - ¿Cuál me recomienda? ¿Qué tal está la de milanesa o la vegetariana? y yo les oriento en algo así, tan simple... hablo de trivialidades y sonrío. En los espacios sin gente leo un buen libro, cabeceo y me quedo dormido. Me agito en la silla, me levanto siendo psicólogo. Llego por la tarde al consultorio; espero a la gente, miro sus ojos cansados y hambrientos...indecisos entre el sufrimiento y la felicidad, les pregunto y toco su sufrimiento... como en un espejo. En los espacios sin gente leo un buen libro...cabeceo y me quedo dormido. Me levanto por la mañana y aletargado y confundido por el sueño, no sé si soy un psicólogo o un tortero...
Y es este sueño el que me tiene confundido. Pues alguna vez, por un tiempo breve, tuve un puesto de tortas y tengo claro lo que es ser tortero; sin embargo, llevo años de terapeuta y aún no sé si “soy psicoterapeuta” o estoy en camino de ser. Y es que esta versión de sí mismo: psicoterapeuta, como cualquier otra versión, nos implica retos acaso insospechados.
Un llamado
Es una vocación, un llamado a entrar y tocar el corazón del ser humano con los pies descalzos, es decir, estamos tocando una vida, una construcción del mundo única, que nos implica profundo respeto y compasión. Al mismo tiempo, cuando tocamos el corazón de un ser humano tocamos a toda la humanidad que comparte el sufrimiento, los egos, la ignorancia, la ilusión y el apego que nos separa de los otros deseando estar con los otros.
Y así como la vida humana conlleva sufrimiento también felicidad y posibilidades. La vida fluye, tiene su movimiento y se traduce en cada persona como en cada relación de una manera única, concreta y existencial ¿cómo aliviar su sufrimiento? ¿Cómo mirar la fuerza de ese movimiento con todos sus recursos y posibilidades? ¿Cómo permitir que encuentre su propio camino? ¿Cómo ver la manera que tiene el paciente de colaborar? Y es que muchas veces le llamamos resistencia a lo que no se da como pensamos que se tiene que dar…
Al tocar el corazón de la humanidad tocamos nuestro propio corazón y nos vemos en los otros como en un espejo, que refleja el movimiento de la vida humana con sus sufrimientos y felicidades. No somos tan diferentes a las personas que llamamos pacientes o clientes. Hemos vivido diferentes experiencias con las mismas mociones (movimientos). ¿Cómo hacer de nuestra experiencia humana un recurso? ¿Cómo instrumentarnos?
Nuestra vocación responde a un clamor de la humanidad: aliviar el sufrimiento y abrir posibilidades de felicidad. Sólo eso ¡imagínense! Claro, esta misión nos implica:
· Ser críticos, cuestionar y evidenciar una cultura de dominio y de consumo, que hace de los bienes materiales y de los seres humanos un recurso consumible no solo en las versiones sociales sino también en las versiones íntimas de nosotros. Estar atentos a todas las formas en las que solemos reproducir el sufrimiento.
· Revisar que nuestras posturas teóricas y metodológicas no estén siendo un instrumento de control que mantenga a las personas en la dependencia y con sus recursos dormidos. Esto de verdad, nos implica creer y constatar que cada persona tiene los recursos para salir adelante. Plantear nuevas reflexiones, estrategias y técnicas que estén a favor del bien – estar de las personas que nos y les permitan romper con interpretaciones que encasillan en el sufrimiento y ensayar nuevas versiones que nos y les permitan una relación donde se pueda dar el amor y la felicidad. Obrar de tal modo que encontremos mayores posibilidades de solución.
Espacio de encuentro
Me pregunto si esto de la psicoterapia se trata de eso, de crear espacios de relación donde el amor sea posible en las relaciones humanas. Desde luego, no el concepto meloso de amor que se traduce en acciones de dependencia, sometimiento y lucha de poder. Amor en términos de acción “el amor es una conducta que permite al otro surgir como un otro legítimo en coexistencia con uno” (Maturana)
· Y conducta de amor son acciones visibles donde se puede dar el espacio para escuchar y ver a ese otro como es, procurar que la satisfacción y la seguridad de otra persona sea tan importantes como las satisfacción y la seguridad propias, procurar que el otro encuentre lo mejor de sí mismo desde la aceptación, etc. Esto, requiere de preguntar y de preguntarse ¿qué acciones hacen sentirse y reconocerse como valioso en la relación terapéutica?
· Por último, esto de ser psicoterapeuta ¿nos implica como persona? ¿afecta todas las áreas de nuestra vida? Pienso que no podemos aliviar el sufrimiento y plantear nuevas versiones de sí mismos y de cómo relacionarse a los otros, si no estamos en proceso de reconocer y aliviar nuestro sufrimiento, si no estamos en proceso de ensayar y de creer que podemos ensayar otra versión del “yo soy”...
Desde luego, son reflexiones abiertas que dejan más preguntas que respuestas, todo por culpa de esa torta que comí.















